lunes, 10 de junio de 2013

Los tontos útiles (versión taurina)


Aledaños de la Plaza de Toros de Las Ventas

Cuando el mar vuelve a la calma, y la resaca se diluye otra vez en el océano, es entonces cuando más fácil resulta hacer el inventario de los restos del naufragio.
No se ha conocido en el último mes ni tertulia taurina ni cañas en un bar donde se haya podido encumbrar, de entre las casi 200 tablillas que han desfilado por el albero, la de ningún toro o novillo bravo, que no es más que a lo se va a la plaza.
¡Un toro bravo! Pero ¿tanto se pide?
Ha supuesto mucho menos esfuerzo contar los toros que se han ido sin las dos varas reglamentarias, los dineros que costó el anuncia de Tala (que si bien el día de victorinos no nos dejó ni triste detalle taurino, el día de su Puerta Grande hicimos como La Maestranza con Manzanares en su encerrona y le dimos tal reprimenda cariñosa que no pudimos por menos que aprobarle con un cuatro y medio, es decir, dos orejas a un manso vacío), el chándal madridista de Morante y su dumper nivelador, o la bacalá de Beneficencia, que ya no es extraordinaria en ningún sentido. Y en los bises, radiofónicamente hablando, el Stark del trono empresarial taurino redactando en vida el testamento de la Fiesta de los toros.
Hemos tenido, reglamento en mano,  nocturnidades y alevosías suficientes como para colapsar los juzgados de Plaza de Castilla hasta la próxima de Jandilla. Bailes de corrales, corridas no pagadas, cambios de cromos en las sustituciones, ganaderías no triunfadoras que repiten en Feria fletando caravanas enteras para completar media docena de dijes, toros no aprobados ¡por exceso de trapío!, subidas de hasta un 15% en abonos de grada, admoniciones de las fuerzas del orden público a pie de andanada…. y en la piedra los mismos feligreses de siempre.
Da la sensación, por espurio que suene, de que los aficionados algo tengamos que ver en todo esto. Hemos pedido a toreros, empresarios, ganaderos y apoderados que cambien, metiendo a todos en el mismo saco, pensando que nosotros estamos fuera.
¿Qué hemos hecho nosotros para frenar esto? ¿Hemos dejado de ir a nuestra localidad? ¿Nos hemos tirado al ruedo para hacer un Miguelín, como aquellos pioneros  y genuinos indignados que sí que saltaban, y dejar en bragas a la figura de turno?
Les estamos bailando el agua. 
El día de Beneficencia perdí mi entrada, y ya no sé si fue adrede o descuido mío, y pensé en el hipotético caso de que no hubiésemos ido ninguno de los que nos habíamos tragado San Isidro entero, no los que piden el cubata en el galpón del arte y la cultura o en el chiringuito del desolladero. Pero somos débiles, y seguimos yendo, toree quien toree.
Evolución no tiene por qué ser continuidad. Pueden continuar las cosas, pero eso no significa continuidad en las personas. Cuando Lenin denominó “idiotas útiles” a todos los de Occidente que apoyaban las ideas totalitarias que emanaban de la Revolución Rusa, como conejillos de Indias que propagaban la peste del incipiente régimen entre las democracias europeas como si un milagroso crecepelo se tratase, nunca se imaginaría que 100 años después, en otro escenario, con otras consecuencias, un cartel taurino usaría a portales web afines, a apoderados de foulard y tuit facilón, a ganaderos trileros, y a algún que otro profesional afiliado al partido como los nuevos tontos útiles de esta dictadura, de estas casas bajas de Baltimore donde como nos tiene dicho Lampedusa “cambiar todo para que nada cambie”. 

Y al fondo del todo, con la puerta entreabierta de un despacho a media luz, la silueta recortada de un sillón de sky donde Toño acaricia un gato con el dedo meñique…..


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