lunes, 3 de junio de 2013

San Isidro 2013 en dos párrafos


Tito Sandoval  con "Marinero", de Adolfo Martín  ( las-ventas.com )


Después de casi cuatro semanas bajando desde Manuel Becerra –que es donde empieza todo- camino de nuestra grada, únicamente soy capaz de recordar los doce minutos de Fandiño en el ruedo. Recuerdo también haber oído ovaciones en el arrastre a mansos de Parladé, Victoriano del Río y El Ventorrillo, que es la celebración de la ausencia de casta, que es tanto como premiar la extinción del toro bravo, que es tanto como decir que no hacen falta que venga nadie de fuera a acabar con esto, que ya nos esmeramos nosotros.
Lo que no podré recordar, por muchos 400.000 euros que costase el anuncio, será ningún mínimo gesto torero de Talavante el día de los victorinos, que en lugar de hojear antes de la corrida algún tomo de esos encuadernados en piel de “Los Toros. Tratado técnico e histórico” de Cossío, sí que leyó para el día de Victoriano del Río, de una sentada, “El amigo manso” de don Benito.
Acudirá también al rescate de mi memoria dos tardes imperfectas, adolfos y cuadris, que posiblemente por esa imperfección misma las recordaré incluso sin proponérmelo; dos tardes a las que al socaire del toro de lidia fueron las únicas que vino gente de fuera, adrede, cuando verdaderamente se oyó hablar de reatas y toros, y no de carpas y toreros, días en los que no hay billetes ni para el apartado.
Fueron esas dos las únicas tardes en las que nos fue servido en puridad  lo que se incluía en el precio de la entrada, y donde no nos sisaron dos tercios de lo que religiosamente una y otra vez abonamos. Aunque siempre la emoción de unos pocos es la sarna que pica al resto, por mucho que quieran que adoremos las orejas del día de Victoriano del Río cuando en Otoño volvamos a nuestra localidad, o algún despistado domingo de Verano volvamos a alguna corrida sólo para enfermos de esto, sólo ahí y entonces volveremos a hablar de que sí que hay vida mucho antes de la muleta, y que si no nos ha sido mostrada no es porque no exista, sino porque la mayoría no saben enseñárnosla.

Pero ya hemos visto de nuevo que existe otra manera de hacer las cosas, que no es excepción, que no es añoranza de un pasado que sólo hemos conocido por libros antiguos. 
La pelota está en su tejado. En el de los amigos mansos.

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