lunes, 23 de diciembre de 2013

La noche más larga



Hay una regla no escrita, casi de tradición oral, más poderosa si cabe que la de “entrenador nuevo, victoria segura”, que se inocula en el pensamiento colectivo de los equipos que juegan contra el Madrí, más si vienen de perder por goleada, y que se asemeja a esas danzas maoríes que tanto intimidan al contrario cuanto elevan la moral de la tropa herida. Esa haka imaginaria no se articula antes del partido, sino que se metaboliza a medida que los minutos de  juego avanzan, podríamos definirla como un homenaje al sobreesfuerzo. Estos equipos a los que se les ha hecho daño, cuyo nuevo entrenador revuelve todo para pasar pronto página, como el que quema las cartas de amor para no tener ni un recuerdo del pasado, siempre usan sus partidos contra el Madrí como una redención salvadora, una huida hacia delante que se logra corriendo y porfiando como si la victoria les hiciese eternos. Y si es el Valencia, y con el solsticio de invierno y un jeque malayo a punto de arribar, apaga y vámonos.
El Valencia hizo su partido de penitente, y el Madrí el suyo de aprobado ramplón. Es un fútbol el blanco muy de intenciones paradójicas, que es lo que nos dejó dicho el doctor Frankl tras sobrevivir al Holocausto: proceder conscientemente de la manera contraria a la que se está intentando. Cuanto mejor lo intenta hacer el Madrí más estrepitosamente le salen las cosas, así que no queda otra que provocar que la caguen más.  Esto, a primera vista, precipitaría el despido fulminante de Anchelotti, pero nada más lejos de la realidad, ya que es necesario que haya alguien que plantee cómo no hacer las cosas.
El diagnóstico más alarmante, el que antes hay que cauterizar, sería el de Sergio Ramos. Con la misma fuerza e ímpetu que un Aquiles, su inteligencia cada vez va teniendo más forma de talón. Es dificilísimo encontrar un jugador profesional ahora mismo que aglutine en un mismo cuerpo unas condiciones casi titánicas para la práctica deportiva aliñadas con ese déficit de autocrítica, soberbio, que anula toda legitimación para creer que éxitos pasados compensan momentos puntuales de autismo (“Cuando falla un compañero no hay que señalarlo. Aquí ganamos y perdemos todos. En lo personal, no me paro a pensar ahora lo que dice la gente. Me entra por un oído y me sale por otro. Las críticas no van a poder conmigo. Que nadie dude de que Sergio Ramos va a estar aquí durante muchos años
El resto de pronósticos son ya como de la familia, síntomas con los que vive el equipo pero que se remedian porque de momento no duelen.
Quedan para las diatribas de Twitter el gol de Di María (ese regate balancín, volcando el cuerpo de un lado a otro, como tumbando la moto en el sacacorchos de Laguna Seca), lo rápido que aprende Jesé la ley de la calle, mientras Benzema, una vez más, nos introducía en su particular interpretación de “La insoportable levedad del ser”.
Y luego está Xabi Alonso.

Cuando en 2008 iba a nacer su primer hijo Xabi Alonso decidió estar presente y  no ir a jugar a San Siro en cuartos de final de Champions con el Liverpool. Hay cosas que el dinero, ni el éxito deportivo, pueden suplantar, ni siquiera con una proposición indecente. Gistau ya vio en Xabi «quarterback» de Yale engendrado por Scott Fitzgerald, el mismo que afirmaba que si le dabas un héroe te escribiría una tragedia. 
Estamos echando de menos a Xabi incluso antes de su partida. Y ahora, antes de que suene el silbato del tren, estamos corriendo por el andén suplicándole que no se marche.
Tendremos que improvisar algo menos frío que un cheque en blanco si de verdad queremos que se baje,antes de zarpar, del vagón ya en marcha.


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