sábado, 25 de enero de 2014

Las cuatro de la tarde




Era Pepe Luis Vázquez  -torero cuyos únicos comunicados  fueron con miuras en el albero de La Maestranza-  quien contaba con resuelta gracia sevillana la anécdota de su banderillero El Rojitas, que ante la afirmación de un contertulio de que en Inglaterra no había toros sólo pudo articular un “entonces,  ¿qué hacen los ingleses los domingos por la tarde?”.

Ya ni en España hay toros los domingos, al menos los de arrobas y trapío. Los sábados tampoco.  Hoy en día El Rojitas estaría enganchado al rojadirecta desde las cuatro de la tarde, como cualquier friki de bien, cercenando así el último hilo conductor que a los hijos inconscientemente emancipados nos tenía aún débilmente unidos a nuestros padres: la comida familiar de los fines de semana. Poner los partidos a las cuatro de la tarde está acabando con ese abastecimiento de subsistencia que son las fiambreras de nuestras madres con las sobras. Esa economía sumergida  que nos evita a más de uno ahogarnos del todo entre cacerolas y sartenes. Estos horarios intercontinentales están acabando con la sobremesa en familia y el tupper de callos con garbanzos. Son partidos como el de esta tarde los que confirman lo poco que merece la pena sacrificar un buen cargamento de croquetas caseras por ver el partido del Madrid. Del partido del Bernabéu poco que rascar: las  gradas más que un mosaico-homenaje parecían un Ferrero Rocher XXL. El bostezo sólo se interrumpía con el eco metálico de los disparos a los postes. La intensidad hoy libraba, más si cabe sabiendo que la alegría de la semana te la da el eterno rival.

Nunca un gesto tan desprendido por parte azulgrana, y mira que tienen,  sirvió a la sazón tanto para regocijo merengue como para la propia expiación culé. Nada más liberador que el propio reconocimiento de nuestra parte humana y equívoca.  El que mejor lo ha visto hasta el momento  ha sido Gistau, que nos  ha dejado dicho lo de “ser del Barcelona, en cambio, obligaba a cumplir con el ideal de conducta pergeñado por un pomposo narcisismo moral que ha regañado mucho a muchos”.

 Esa manía evangelizadora , casi milagrera, de enarbolar una única manera de ser y estar,  de llevar el mensaje más allá del paisito de ahí arriba, ese cepo sentimental  de ser los centinelas de un pensamiento misionero, que incluso ha secuestrado de manera injusta a jugadores de fútbol que pasaban por ahí, sin más seny que el de jugar como los ángeles al fútbol, consiguiendo ser odiados incluso por muchos con los que coinciden en las fiestas de su pueblo natal, incluso alguno veladamente madridista  –el peaje que el Madrid debe abonar por haber robado a Di Stéfano en los despachos-, ya pasó. Ya pasó.

Esto va a venirles bien, sin duda, salir de esa jaula dorada de valores  difíciles de defender, dejar de ser los sísifos de la caridad y la paz en el mundo.  Ya no más tener que fingir, no hay tanta diferencia  con los otros cuando eres tan grande. Porque parecía que lo reprochable era gastar dinero (porque si se dice que hemos pagado un Potosí por Bale se dice, y no pasa nada) o querer ganar a toda costa, cuando lo que se ha demostrado es que lo que se recriminaba no era el hacerlo, sino el no saber ocultarlo.

Dormimos líderes, sin más misión que soñar con fiambreras de la mamma y con miuras como los de Pepe Luis.

Fundación Qatar


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