martes, 28 de enero de 2014

Memorias de Sevilla. Mi comunicado







Dejó escrito Paco Espínola, periodista y relator uruguayo, que sin haberse entregado nunca al fragor del fútbol, actividad irrelevante para él, una tarde de ésas que uno se queda a solas, mate en mano, sintonizando la emisora local escuchó cómo narraban el derbi capitalino. Nacional ganó por goleada a Peñarol. No le dio más bola al asunto, hasta la noche, cuando saliendo de casa camino donde quedó para cenar empezó a sentir “una tristeza bárbara. No sabía qué me pasaba”. Para no amargar la noche a nadie el bueno de Espínola decidió cenar consigo mismo, en soledad: “Me fui hasta el Parque Rodó, cada vez más triste. Pedí una tirita de asado y en el momento que me la trajeron, me di cuenta de que estaba triste porque yo era hincha de Peñarol, vaya a saber desde cuándo”.

Y así es un poco como yo me siento: siendo consciente de ser algo cuando ya no estaba en ese sitio. Recuerdo que fue allí y entonces, la primera vez que fui a los toros de una manera autónoma y consciente. Las anteriores fueron ocasiones de una mezcla entre el compromiso que no te atreves a rechazar y la amistad generosa. Si yo alguna vez me vi atrapado por el virus taurómaco, como lengua de iguana que te enreda igual que a la mosca desorientada, fue sin duda allí. Si alguna vez me hice aficionado fue en Sevilla Y allí no lo supe.
No fue el ministerio de Cultura, ni una entrada regalada por El Juli, ni siquiera el silencio maestrante –tan solemne en los tendidos entonces como el que dan por respuesta a los comunicados ahora- lo que me llevó hasta allí. Porque ir a Sevilla a los toros es casi una hazaña para nosotros, forasteros, que empieza en el barrio de Santa Cruz, cargando la suerte en Las Columnas – esa pringá, esa tiza eshando cuentas, y Josemi, Santiago, Paco y Bruno esperándonos para seguir hundiendo el mentón en la bodega Belmonte-, atracar en Casa Salvador  a comer, con sus barros helados para la cruzcampo y su pócima mágica de hierbas en chupito para irse uno contento a los toros.

De aquella tarde de conversión recuerdo de la plaza las columnas interiores, tan jónicas como molestas, los carteles de los baños donde rezaba “orinaderos” en una chapa nacarada, el inicio de “Nerva” en la segunda tanda de muleta. Retengo  también un par de banderillas que le recetó Tomate de Jerez a un cebadagago, aunque nunca sabré si fue para los adentros o al sesgo, a un Luis Vilches que, al igual que López Chaves, no había oído nombrar en mi vida. Recuerdo también rezongar para que no devolviesen ningún torito, no fuese a ser que perdiésemos el último AVE de vuelta a casa (juro que pasó). Sevilla empieza en Santa Cruz y termina en Kansas City.

Ahora busco en algún comunicado esa lumbre que me arrastre para volver a recuperar ese fuego que prende este vicio insano. De aquellas cucamonas de antaño, flechazo inocente, sólo queda mi pasión por los toros. Ni empresa ni toreros han conseguido hacer sonar de nuevo la flauta para que vuelva; muchos padres para tan poco Neymar.
                                                                                          
Igual que anunció César Vallejo de su muerte, yo de Sevilla ya sólo tengo el recuerdo. Me quedo con lo que  me traje, quédense allí cuñados y toreros enfangados. A mí no me timan más.





Interiorismo de Casa Salvador.
Azulejo sevillano.Techo de hueveras.


1 comentario:

  1. Yo sigo yendo todos los años a Sevilla, -los Toros son otra cosa- el año pasado cerro Casa Salva, Salva se fue al cielo de los cabales, una perdida irreparable, así como El Mantoncillo, José ha abandonao, ... y Las Columnas... pues cada día mas lleno de guiris... es lo que hay... http://youtu.be/BjnzkeRniy0

    ResponderEliminar