domingo, 27 de abril de 2014

Volver




Corrida concurso Zaragoza: "Artillero" de Cuadri, antes de entrar por cuarta vez a la pica de Tito Sandoval

Tiene algo esta gente, un no sé qué, de viejo animal cosido a cicatrices, lamiéndose profundas y abiertas heridas. Dejó escrito Tolstoi que todas las familias unidas se parecen entre sí, mas las infelices lo son cada una de ellas por un dolor distinto. Zaragoza, su afición, fue una de estas familias, obligados a emigrar, que los echaron de su casa, sin rastro de una  adacolau que parase el desahucio. Una plaza  como ésta, devastada por los mismos políticos cuya fuerza -que se les presumía en la redacción de un pliego íntegro y proteccionista- la reciclaban  en codazos y carreras por llenar los reservados del callejón. Por una empresa que fumigó con su desidia  todo lo que antes estaba abonado. Con toreros y algún que otro ganadero que convirtieron los corrales en los cubiletes del trilero. Los Soprano en Pignatelli.
Pasó el éxodo; cesó la travesía por ese desierto de espejismos y serolos. Y los de fuera, sus parientes cercanos, volvimos con ellos. No hay familia más unida que la que  regresa al sitio donde fue feliz.
Volver a la plaza de Zaragoza es clausurar ese pequeño embargo que se había impuesto como arancel a todo el que renegase del taurinismo rancio, como nosotros, y para todo aquel que se quedó prendado con el aroma de Remendón y Maquinista, allá por 2011. Como nosotros, también.
Para saber de ayer, desmenuzado y con un criterio meridiano, debería leerse a El toro de la jota o a Toreo en Red Hondo, que es lo que yo he hecho.
Yo podría intentar compartir aquí lo rocosa y bella muerte en bravo del zalduendo ( si éste es de los que hace un año iba a ir al matadero aquí nos falta algún dato), de la presentación y trapío rotundo el cuadri que hizo segundo ( mejor pedir perdón que  pedir permiso, y hoy toca decir que Artillero estuvo a la altura del jurado, muy por debajo de lo que se esperaba de ambos), el buen son en las cuatro arrancadas al caballo del feúcho primer alcurrucén ( si la casta fuese dinamita, estaríamos en condiciones de afirmar que a este núñez le duró la pólvora menos de lo que lo tardó en prenderle la mecha), que el de Adolfo sí que empujó con arrestos en varas (el toro duró lo que tardó Grillo en desenterrarle la pica), que el fuenteymbro sí que romaneó en el peto y que el premio si se lo hubiesen dado nadie hubiese objetado nada ( a lo mejor el rajarse en la muleta buscando tablas a la primeras de cambio le penalizó en la concurso, a pesar del bullanguero comodín del público que pidió la vuelta al ruedo como el que pide cuatro cañas y una de bravas), o que el de Ana Romero era guapo de presencia y fue aplaudido de salida (pero no hubo opción a más, ni él ni el segundo de Alcurrucén).
Pero yo me quedo con los matices que no se escriben, los que a veces ni siquiera se tocan. La comida, donde nos juntamos unos treinta entre los de Zaragoza, Madrid, Valencia y Castellón. Las encendidas tertulias a pie de barra, donde seguimos preguntándonos si la vaca Chinarra fue salvada del matadero o no, o si los medios oficiales no se han dado cuenta aún que con tanto blog y tanto twitter de aficionados a ellos ya sólo el público ocasional les leen. Con Barquerito escribiendo su crónica, dos filas más allá, en su cuaderno de cuadritos sobre las piernas cruzadas, con la misma solemnidad, con la misma atención, que pone el niño cuando la profesora escribe el dictado en la pizarra. Porque a lo mejor para ir a los toros, o para volver a tu plaza, sólo hace falta eso, verlo todo con la ilusión de un niño. Y volver a ser feliz.




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