viernes, 23 de mayo de 2014

13ª de feria. Unos pidiendo justicia y otros pidiendo venganza.





Convengamos de partida que todo se desprestigia, todo se ve salpicado por un chapapote de relatividad, en el momento mismo que el trapío, las arrobas y la casta renuncian a asomar por la puerta de chiqueros. Hoy sólo hemos visto esa mansedumbre huidiza  -interesante también en sus matices como el incierto quinto- que tan poquito gusta y tanto cuesta lidiar. Como guassappeaba Josemi durante la corrida, hoy las figuras ya le han puesto la equis a Montalvo.
Luego está la porfía de cada cual, esa que siempre desnuda más vergüenzas que la impostura. Mientras Morante a su primero lo empadronó cerca de las tablas, sin probatura ninguna, sin echarse la muleta a la izquierda, sin testar otros terrenos siquiera, Tala al suyo sí dejó que hiciese, a su albur, eso que Joaquín Vidal llamó el “consentir”, y sin darse un pijo de importancia (esa tierna, hierática inconsciencia de Alejandro), a ráfagas, con esa mirada perdida, con ese deambular sobre vías de tren, después de tantear aquí y allá, termina la persecución donde todo debería empezar siempre: en los medios por naturales. Y es ahí y entonces donde emana lo más inconsútil y arrematado que podemos guardar hoy en el disco duro de nuestras frágiles memorias: citar con muleta alante, embroque ceñido y sin punteo alguno, embestida acompasada, que es lo más parecido al temple, y ese remate detrás de la cadera que deja todo colocadito para el siguiente natural. Tres versos libres. El toreo de ligazón de toda la vida, vaya. Sin complejos por zafarse con un manso. Sin alharacas. Sin alcayatas. Sin dar una vuelta al ruedo más merecida que alguna oreja de esta feria. 
Se desmonteró Trujillo en banderillas, pero su acto de más leal servicio torero fue en la brega de este tercero, donde con guantes de cirujano cuidó a este Saqueador, sin un mal gesto, sin una mala palabra. Algo tendría que ver en lo poco bueno que sacó después el toro.
Dejó dicho Aristóteles que algunos creen que para ser amigos basta con querer, como si para estar sano bastara con desear la salud. Algunos también creen que son leyenda por el aura que se crean, que les crean, como si para mudar el miedo en arte bastara con anunciarlo en un autobús. Adolece el éxito de Morante de uno de los dos antagónicos hitos que hacen que un torero prospere de figura a leyenda, a saber: el fragor de una gran bronca o la certificación de un gran triunfo. Puerta grande o noche en el calabozo. El personaje fagocitando al torero. Ese epígono de Rafael El Gallo, pero sólo de lo censurable, de las espantás y el Celeste Imperio (“artífice de bagatelas” decía el Bleu) de los déficits y las añagazas, el de una oreja y dos tandas en 6 años, el que nos lleva hasta aquella tarde en Sevilla en la que Rafael acabó cogido tras un par de banderillas, y a la pregunta, ya en casa, de la señá Gabriela de si el toro le había cogido (“Sí, madre, pero no es nada, apenas un varetazo en la pierna, pero me duele y me hace cojear”) su madre no pudo más que rezongar: ¿Pero es que el toro ha saltado la barrera? 
Y como un tiro al aire volvimos ayer a casa, unos pidiendo justicia y otros pidiendo venganza. En autobús, como el arte.


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