sábado, 24 de mayo de 2014

14ª de feria. Un pequeño paso para el hombre, un gran paso para la humanidad.


Juan Pasmo en El Rincón de Ordoñez


Nadie debería darse por engañado en días como hoy, sabiendo que viene a rolex y no a setas, que es tanto como decir que uno viene a a la plaza a no ver toros. Si en la segunda venida de Victoriano del Río todos porfiábamos en que mejoraría lo del último día esta gama alta del surtido suyo la realidad fue que, como la noria de Camilo Sesto, siempre se repite la misma historia. Ese columpio que cada vez que sube caché de los toreros baja la presentación (se tapaban por la cara todos), las fuerzas (hubo alguno más feble incluso que el primero devuelto) y la casta (rajados todos, desentendiéndose de los estímulos, rompiendo a muletero el tercero, con teclitas que tocar –geniudo y marrajo- el cuarto). Para quien lo quiera entender, si esto se midiera con la escala de Richter el movimiento de placas tectónicas de ayer de Perera, con un toro de hierbas y trapío, hubiese sido un terremoto 8'1.
No deja de ser un capricho de la providencia que los tres toreros de ayer fuesen los que se levantaron en armas contra la empresa de Sevilla. Cada uno a su manera,  ayer expresaron su tauromaquia como en su día comunicaron su renuncia.
Sabemos por Torrente Ballester que el poder más peligroso es el del que manda pero no gobierna. Y eso es lo que le pasa a El Juli, que ya en su sermón de las siete palabras a los cuñados “toreó” para las afueras, escondiendo la mano mientras la piedra volaba, y hoy tuvo en su segundo una buena piedra de toque para desplegar ese poder tan cacareado y que hace años por aquí no ha venido. Salió el victoriano con carbón, esa desviación estadística en la selección de la nobleza que le sale de vez en cuando a esta ganadería, y por más que uno busque excusas ayer no hubo ni silbas ni palmas de tango que impidiesen recetar a este Impuesto algo distinto de lo que sí vale en Olivenza. Ni unos, nosotros, tan malos, ni él, Julián, tan bueno.
La tarde de Manzanares también se asemejó a su manera de comunicar la ausencia en Sevilla, escueta y elegantemente evasiva (“bajo mi punto de vista el toreo resulta de la interacción armónica entre la afición, la plaza, el toro y el torero, que son los cuatro elementos que hacen que una tarde de toros se convierta en un espectáculo mágico e inolvidable”). Así que de Josemari sólo  uno puede aseverar que si se ciñese y mandase en sus toros como los templa y los estoquea conseguiría en Madrid lo que ayer Ignacio Sánchez Mejías tuiteó muy agudamente (“esto en Sevilla son dos orejas, y casi indulto”). Y no es poco.
Me preguntó el anciano vecino de abono si era éste el Perera de los saneamientos de Bravo Murillo. Era seis se junio, dos mil ocho, y Perera, tras la sombra alargada de José Tomás el día de antes, estaba poniendo patas arriba Las Ventas. Se enteraron cuatro. Luego vino lo del mal tabaco en la encerrona de otoño, la complicación consecutiva en las operaciones y todos estos años  combinando actuaciones en bares de carretera con otras en grandes escenarios Ni fu, ni fa; más bien fa. Ayer el puro en la boca, alternando con la ingesta de gin-tonic, logró que nadie preguntase si Perera era el de los saneamientos. La taurinización de la sociedad. La socialización de los toros.
Hizo Perera con su primero el cincuenta por ciento del todo que eleva una faena buena a la categoría de Puerta Grande de ley. Cuando lo de Sevilla fue el único que dio fechas y nombres, y ayer fue el único que habló clarito en Madrid. Su disposición ya nada más salir, su capote incluyendo cordobinas y revoleras, la de su cuadrilla con un Doblado que fue el único que no simuló el tercio de varas ayer con un Juan Sierra que se desmonteró (decoro y majeza también en el quite de José María Soler y Fernando Pérez) sus consabidos estatuarios de inicio, esta vez sin enganchones, y esas dos tandas consecutivas citando y rematándolas. Precisión y gusto a partes iguales. Es en momentos así cuando me consiento cierta indulgencia, y crece en mí un atisbo de algo que me gusta porque hay técnica y hay empaque, pero no hay ni gobierno ni autoridad, y me impido el aplaudir, para no engañarme a mí mismo, y para no engañar a Perera. Porque para Pepe-Hillo “sin cargar la suerte, no se puede mandar”, para Rafael Ortega “el toreo bueno es aquel en que cargas la suerte y apoyas el peso sobre la pierna contraria; y la última parte del pase ha de permitir que el toro te deje colocarte de nuevo sin modificar el terreno, pues lo más clásico y lo más puro es que, en la faena, cuanto menos andes, mejor”, y que para Armstrong el astronauta "un pequeño paso para el hombre es un gran paso para la humanidad". Una pierna retrasada es un graffitti callejero. Una pierna cargando la suerte es una obra de arte en el Louvre.
Y sin quitarle mérito, lo rumio y me lo quedo para mí, y así espero al día de Adolfo para ver si me saca de mi silencio, dándonos el cincuenta por ciento que queda, y así aprovecho mi ocasión de robarle a Perera unos alamares, o mejor la hombrera, que parece ser es lo que se lleva ahora, socializar los toros.







Saneamientos Pereda, sucursal de la calle Bravo Murillo (fontanería también)



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