martes, 20 de mayo de 2014

Novillada (por David Gistau)

Generación Nini
HACÍA años que no iba a la plaza de toros de Madrid. O a cualquier otra. Es un mundo de calores al que no ha llegado el Pimm’s, inexplicablemente. En cuanto pasemos de los treinta grados, me negaré a ir a cualquier evento en el que no sirvan Pimm’s, y esto incluye las sesiones parlamentarias. Me pareció que en la plaza todo sigue más o menos igual. Los que estaban enfadados la última vez que estuve siguen enfadados. En los tendidos en los que olía a colonia y «couché» aún abundan esos atroces pantalones de colores chillones, como de un falso Saint-Tropez en la Castellana, que me traen el recuerdo de los «flashes» que poníamos a congelar en los veranos de cuando entonces, que diría Umbral. Tengo que pedir opinión a Fel al respecto, que para eso es mi árbitro de lo «It». Sí observé que entre los que van a los toros vestidos de ir a los toros proliferaban los sombreros cordobeses, que no sé si es por una moda de este año, o si los regalan al entrar, o si estaban rodando algo de Bizet. Como sigan complicando así el atuendo de los tendidos sociales, a los toros pronto habrá que ir a caballo y con espuelas de plata, como mexicanos de Peckinpah. En cualquier caso, soy un aficionado superficial, de los que se divierten con cosas como que un novillo salte dentro del callejón, cosa que ocurrió.
También estaba un grupo de personajes recurrentes que casi es lo que más me gusta mirar en las corridas de toros de Madrid. Resulta más fácil detectarlos cuando los tendidos de Sol están despoblados, como ocurrió en la novillada. Son estudiantes americanos que se instalan alineados en sus asientos, con las patorras en carne y camisetas de manga recortada. Son útiles para comprobar los estragos del choque cultural. Cuando comienza la corrida, algunos ven el primer toro con las manos en el rostro, dispuestos a taparse los ojos, como en una fila de butacas del cine cuando dan una de terror. Y luego van acusando bajas en la línea, se van marchando de a uno, derrotados por la primera sangre los menos avisados. Al final quedan uno o dos, supongo que los más comprometidos con las lecturas de Hemingway. A estos, superada la prueba de iniciación, habría que darles a la salida una chapita de españoles honorarios.
Me decía ayer Juan del Val, un taurino auténtico, que las corridas están amenazadas de extinción porque ya apenas se transmiten, porque cada vez es más difícil encontrar a un adolescente capaz de mencionar el nombre de un torero. La propia evolución social es más amenazadora que el más combativo activismo antitaurino. Pronto serán estudiantes españoles los que se levantarán con la primera sangre, como hizo una novia extranjera a la que llevé una vez y que, al huir despavorida en el tercero, tuvo la mala suerte de ir a dar con las tripas derramadas del desolladero. Pobre, el cariño que necesitó esa tarde.





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