miércoles, 14 de mayo de 2014

Quinta de feria. Fin de raza




Juan Pelegrín, en Twitter



La primera vez cayó la muleta a plomo, como si un súbito estremecimiento se hubiese apoderado de él, quedando desnudo y asustadizamente inerme. Los unos, en las gradas y en los tendidos, sujetaban del brazo a los otros, aplacando ese alarido que a punto está de hacer vomitar el corazón por la boca. Nadie entiende nada. Arranca el toro, a calambrazos de casta, y Rapiñador hace por Fandiño.  El pánico resopla sobre los hombros, y suelta ese bufido agrio que pesa y huele, como las navajas de reyerta. Entonces Iván lo recorta. Recoge del suelo esa coraza roja de paño y compone de nuevo la suerte. 
La segunda vez, mecánicamente, se repiten los hitos del primer desarme: cuadrar al toro, fijar la distancia y enfrontilarse. Ahora sí que la muleta cae alevosamente, con el desprecio con el que se deshace uno de lo inútil. Lo que antes atufaba a pánico ahora trasmina embriaguez y gloria. Huérfana la mano izquierda, el estoque en la derecha y el corazón, y la Puerta Grande, en el medio. Elogio de la inconsciencia. Marca Fandiño los pasos, atisba de nuevo al pavo, le reta sin provocarle, y al tiempo que cuadra, eleva el codo a la altura del pecho, el estoque alineado.  Huye hacia delante el primer verso de la leyenda de Iván. Y él detrás. El puño entero en los rubios, y el resto del cuerpo levitando sobre Rapiñador.
Si alguna vez existió en todo esto una estirpe a punto de extinguirse y que honra el legado de todos esos hombres, inmortales en vida, custodios de una quimera, si hubo alguna vez un fin de raza, será Iván Fandiño su último eslabón.

*Hubo más, pero como dijo Trulissa “la  gente ya no se fía de la campana porque conoce al que la toca”. A saber, cada uno que lea donde pueda, lo que le apetezca, y que recapacite. A nosotros nos ha gustado lo de Dominguillos: coherente, sin estridencias, y bien explicado. Aquí hoy no se intelectualiza más sobre lo de esta tarde.



Blog de Sergio, Toros Matesanz


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