viernes, 16 de mayo de 2014

Séptima de feria. La fiesta del chivo.



Conversación en la catedral (Foto Juan Pelegrín)



Dejó escrito Joaquín Vidal una semblanza, vigente como hay pocas, sobre el isidrerío, esa tribu urbana que solazaba en Las Ventas el día del patrón: “En realidad los isidros aplauden siempre. Un isidro, en los toros, es uno que se pone a aplaudir cuando las cuadrillas hacen el paseíllo y no para hasta que las ve marcharse otra vez, da lo mismo si salen a hombros por la puerta grande o por la chica, andandito y con las orejas gachas. Aplaudir quizá constituya una fórmula idónea para disimular el aburrimiento mortal, para ver visiones, para convertir el desastre en triunfo y dar envidia a las amistades que no tuvieron la ocurrencia de acudir ese día a los toros. Aplaudir es, en definitiva, como el tres-en-uno, que vale para todo..."
Hoy el aplauso se vistió de Enrique Ponce. Su ausencia de más de un lustro, su eterna última tarde en Madrid, lo arreando que venía después del cornalón en Valencia, el savoir faire que dejó en Sevilla, traer un Nobel hasta el callejón de la plaza…
Si hubiese que buscarle título literario a la vuelta de Ponce a la primera plaza del mundo, parafraseando a Vargas Llosa, a ese brindis por la cultura, a este retorno podría llamársele perfectamente “Conversación en la catedral”. Y si hubiese que buscarle título literario al ganado de hoy, parafraseando a don Mario,  la corrida podría llamarse resueltamente "La fiesta del chivo". Auténtica escalera de pesos, edad y hechuras, avacados como el quinto de la tarde… La marca blanca, el outlet de lo que debe venir el día 23: sin nota en el caballo, saliendo distraídos de las suertes, ni siquiera llegaron con ese medio depósito a la muleta que sí vimos el día de Parladé.
Volviendo a Enrique, hoy ha cumplido tanto las expectativas de los forasteros de la plaza, los isidros, como la de los empadronados del abono. Hoy ha sido Ponce un poco Julio Iglesias, todos esperando sus grandes éxitos, su "Hey, no vayas presumiendo por ahí", su catálogo conceptual y su inmarcesible clasicismo. Y todos saciados, porque era lo que esperábamos: lo genuflexo al inicio de las faenas de muleta, esa gimnasia del arte, seguidas de un primoroso cambio de mano, rematando las tandas con trincherillas de postal. Y aquellos rompiéndose las manos a aplaudir, y estos recordando que con Lironcito en 1996 Enrique ya hizo lo mismo. Fue en su segundo donde Ponce casi consigue cortar oreja, pero qué puedo importarnos eso si las expectativas, por ambos frentes, ya habían sido cubiertas.
Lo mejor que trajo hoy Sebastian Castella (nos confirmaron nuestros corresponsales franceses que se pronuncia sin acento el “Sebastian”) fue a Javier Ambel, que hoy se desmonteró y que ya le tenemos en ese taco de cromos que son los hombres de plata que honran éste su oficio en la sombra. Porque Castella volvió con su cortar y pegar su última faena, y su penúltima, y… cierto es que se comió un tercer toro de la tarde que necesitaba más un reposo en corrales que placearse por el albero. Y luego Sebastian, sin acento, sin recursos, sin imaginación, rememoró esas pedresinas de inicio, esa inercia de un toro desfondado para embarcarlo, sin mandar, una primera tanda. Y ya. Lo demás es indolencia y acercamiento peligroso a ser el Daniel Luque francés, que ya no recordamos el taco que debieron de montar en su día para estar en las ferias. Y mira que me gustaba al principio, con Campuzano, este francés que ahora ya no tiene acento.
Y de Galán nos llevamos la primera parte de sus dos faenas -mejor en su segundo toro- una  buena primera tanda con la derecha, cambio de mano incluido, con el isidrerío aplaudiendo y viendo en él un epígono de Ponce, y una segunda parte en la que fue echársela a la zocata y apagarse todo, tirando de toda esa retahíla de despropósitos modernos, cortándole el viaje al burel, con pierna cambiada, despidiéndolo hacía las afueras….Se agradeció, y de qué manera, que fuese conciso y sin exprimir todo su repertorio. Así Galán fue despedido con una resaca de aplausos que allí y entonces tenían un dueño. Porque, Enrique, el aplauso eres tú.

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