martes, 3 de junio de 2014

23ª de feria. Sólo algunos sueños se cumplen, el resto se roncan.




Llevábamos días, semanas podrían asegurar algunos, tachando en el calendario de San Isidro fecha tras fecha, anhelando llegar a este primer Lunes de Junio, con el 2 encerrado en un circulito, y volver a sentir eso que dicen que es como se siente el niño con zapatitos nuevos. Sin llegar a llenarse se colma la plaza de aficionados conspicuos, a reventar los altos de los corrales para ver el apartado. Las mismas caras que en las arenas de Céret, que en la Semana Grande de Bilbao, que en la corrida concurso de  Zaragoza.
Los tendidos rezuman un aire de interés por los toros, de saber a lo que uno viene; se nota que hay más gente tomando notas y retratos,  y menos cubalibres y habanos.
Peregrinos de todas las latitudes, y sabemos que no es por los toreros. Hoy venía Cuadri, y tras su llamada fuimos muchos. Sabemos por don Fernando que él lo que busca es un toro que tenga una base que es la casta: el afán de lucha. Si la saca acometiendo entonces sale la bravura, y si lo hace con el torero es cuando sale la nobleza. Porque la nobleza sola no existe: hay bravura con nobleza, sin embargo el retruécano aquí no se aplica (un toro simplemente noble es un toro simplemente tonto).
Y si esto de los toros fuese como la arquitectura, diríamos que ayer la casa se empezó por el tejado. Apareció la nobleza, el almíbar, la clase, pero la casta y la bravura ni asomaron –acaso con cuenta gotas-  justo cuando más se las esperaba. Hoy volvemos a envainárnosla, y en lugar de hacer el panegírico de nuestras preferencias hacemos ese humilde acto de contrición que nos redima de gustarnos los toros con hierbas, arrobas y trapío. Se dice, se escribe,  y no pasa nada.
Ha sido el último en llegar, José Carlos Venegas, y también lo último de ayer que vamos a olvidar. Decía Jardiel que sólo algunos sueños se cumplen, y que la mayoría se roncan. Con el acucharado Ribete, de dudosa presentación, del que no se supo nada hasta la  muleta, se lo llevó Venegas a los medios, y fue ahí donde encadenó por la derecha tres tandas de  tres y el de pecho. Ya en la izquierda se paró Ribete. Fue la bisoñez lo que tenía ganas de agradar, y ahí ya su ímpetu se mezcló con ciertos conatos de tauromaquia contemporánea que no son aconsejables, contraproducentes con estos garlopos. Esa fue la parte de su sueño que casi nos pone a roncar.
Fue con los albores de la tarde, cuando ya la suerte estaba echada, cuando JC y Macetero nos volvieron a situar en la órbita de la atención y no perder detalle. Quizá fuese por el mitin dado en varas, con Tito Sandoval y Pedro Iturralde asesorando desde el callejón a Santiago Rosales, piquero de Venegas, que tras una caída de latiguillo -que nos llevó a la del Domingo con Lirio- terminó picando a este Macetero en terrenos del seis, quizá fuese ser de una condición incierta, de auténtico cabrón, tardo en varas, lo cierto es que tras un tenso, emocionante tercio de banderillas con El Levantino haciéndonos agonizar un poquito más, llegó crudito crudito a la muleta de Venegas, donde las cosas de la emoción se llevan por delante los avisos del raciocinio, arrasando con todo y con todos. Y con genio, calamocheando, con hachazos de marrajo, fue Macetero un ojo de huracán del que Venegas, más que evitarlo, se propuso ya desde el inicio, con la muleta ya en la  izquierda, arrojarse a su epicentro y soñar lo que antes roncaba. Luego ya todo fue inconsciencia, terquedad y confusión. Fue cambiarse la muleta de mano y todo pasó tan deprisa, tan peligrosamente acelerado, que tras un revolcón de aviso todo se sucedió entre nudos en la garganta y ojos como platos soperos. Entre pases de reolina y arrimones, sin pies ni cabeza, consiguió JC soñar su sueño y Macetero desperezarnos al resto.
Honra para José Carlos Venegas, ambrosía de última hora la de Macetero para la boca del aficionado.
Quedan también para la tertulia el expediente X en el que se ha convertido Javier Castaño, su toreo, del que haría falta un CSI entero para discernir su qué, su cómo y su cuándo. En su primero, Salero, protestado de salida incluso desde el siete -mal presentado, como tres de los seis- y tras un buen recibo  capotero, toma una primera vara al relance, y una segunda entre las rayas. Más protestas desde los tendidos. Luego ya en garapullos se riza el rizo una vez más, y se suceden más cambios en el orden. Fernando Sánchez, el tercero, parea dos veces, y Adalid el segundo…el orden de los tractores no altera la cosecha. Y si David estuvo superior, mejor aún el Sánchez, “el mecánico” como decían en la grada, que cada vez da más ventajas para el toro y menos metros para salir él por pies. Desmonterados ambos. Y luego ya el oficio de Castaño, buscando terrenos, perdiendo pies. De dulce este Salero. Ni un mal gesto, ni una mala cara, fijo y noble en cada pase de muleta. Pero Javier no se acopló, ni con el toro ni con él mismo. Tirando líneas, sin mucho más que recordar. Sólo que Salero fue aplaudido en el arrastre y unas voces de ultratumba por las galerías que mascullaban un “se van sin torear”...
Luego vino lo de Comandante, apenas sin ijares, que saltó de salida intentando trepar al burladero del uno. Ni siquiera Tito Sandoval, midiendo castigo primera vara, pudo darnos de eso que tanto nos gusta. Sin puntuación en el peto este Comandante. Y eso que Castaño, como acostumbra, hace por lucir el toro. Pero ni por esas. Aun así y con todo siempre nos quedará Marco Galán. El tapado. Tres capotazos, que si hicieron desmonterarse de nuevo a sus compañeros, todos sabemos que el aplauso unánime es suyo. Y otra vez espuma después de la ola de la cuadrilla. Castaño anodino, sin noticias del de la encerrona de miuras en Nimes, ni del de Remendón en Zaragoza. El viento de leves pitos se fusionó con la percusión de las palmas de tango. Se enfría el clavo ardiendo de Castaño, que es de lo poco que nos quedaba. Vuelva usted, Javier, vuelva.
De Iván García qué decir, qué pedirle. El peor lote con diferencia. Un Diseñador en tipo de la casa -badana prominente, acucharado- que tras dos varas empujando arriba con un pitón llegó a un mal tercio de banderillas, que ya en la muleta se frenó de inicio, reservón el pavo, sólo a golpe seguro embestía, con el que nunca estuvo cómodo Iván, nunca se acopló, incluso llegando a ahogarle justo antes del mitin en espadas. Y luego un Tejedor que a pesar de tratarle Iván de lejos, no iba ni por esas, y del que sólo podemos recordar que estábamos a esas alturas con más ganas de irnos que de quedarnos.
Quedémonos con ese pequeño milagro del que no tiene nada que perder, como Venegas, y esa gran afección del que sí tiene algo que cincelar, como Cuadri. Nos la envainamos una vez más, y no pasa nada.


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