lunes, 9 de junio de 2014

Epílogo de feria. Soy leyenda.




Contraprogramó anoche La Primera de TVE con la película “Soy leyenda”, mas lo que se vivió ayer tarde  en la Primera Plaza de Toros del Mundo ( por dos días decidió Las Ventas cesar en su empeño de ser la primera de talanqueras y carromatos)  no fue ficción ni  remedo,  sino un capítulo inabarcable, prolijo, como la lista de los reyes godos, que aliña más de 150 años de Historia taurina,  y que por mucho que la ataquen ni los revisteros del puchero virtual ni las ganaderías con el “illo” como sufijo consiguen jubilar o enviarla al matadero.
No hubo billetes, que es como decir que sin figuras también se llena. Sí había algo más de solemnidad que el viernes de victorinos, donde cayeron algunas máscaras - también alguna sábana de fantasma- y más de uno de los de la chapa roja del toro en el pecho,  más papista que el Papa, tuvo su Sábado de contrición para meditar y reconducir eso de tan poco aficionado que es aplaudir el genio de  un manso encastado o ametrallar luego a almohadillazos a Ferrera o  Aguilar, que si enumeramos las ganaderías que ambos han matado daría más pavor que la mismísima lista de Schindler. Tutto revoluto. Manejar los tiempos también es eso, dedicar a cada uno su momento y dictar veredicto.  La plaza así lo entendió ayer, fue eso o que ciertamente el viernes asistió más bebedor de cubatas que conspicuo aficionado.
Ser generoso con la  memoria,  no abjurar de ella, mudar las prejuicios, incluso romper con ellos, no volver a las negras anécdotas –ese Curro Romero mascullando que de Miura le daba miedo hasta darle la mano a don Eduardo-, no echar cuentas  si salen más boyantes ahora, o si lo cárdeno delata un “asaltillamiento”.  Quedarse con las arboladuras, la presentación, esas badanas, los aplausos a todos al asomar por chiqueros, las palmas en el arrastre a tres de ellos.
Quedará de ayer el aura de Zahonero,  del que se llegó a demandar una vuelta al ruedo, mirlo blanco en esa polaridad venteña que hace saltar directamente de los pitos a la puerta grande, del que poco a poco, como encaje de bolillos, fue la cuadrilla de Castaño amasando un castillo de naipes –lo de que Adalid reciba ya siempre ovación por lo que hace el “mecánico” Sánchez y que Galán no se desmontere es para monográfico de Cuarto Milenio- que Javier una vez más (mira que JC es el único que aboga por la lidia completa, y mira que se le sigue adorando por eso ) desbarató  con tres soplidos en la muleta.
Honores de estado también a Rafaelillo, que sólo con venir para nosotros es más grande de lo que parece, y a Serafín Marín, que toreando dos corridas al año, y a pesar de cierta impaciencia ayer en los tendidos, consiguió articular cuatro naturales al guapo tercero, Aguilero, que hacen caer un mito, otro más, de una leyenda. Leyenda cuya ausencia -apunte la empresa, de nada- no es necesario ya que otros nueve años dure.



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