viernes, 11 de julio de 2014

Céret de Toros




Acaso sea en Céret donde más fielmente uno ha contemplado en directo lo que antes había leído para así luego,  como un mecano de  tratados, toros y faenas contadas por otros, componerlo en la propia imaginación. Ese cajón de la memoria donde los recuerdos no se apolillan. Toros que no siempre caben en la muleta –Francia no es país para villasusos-, caballos ligeros que citan y torean –Bonijol no va este año, ya en Vic sirvió en frío su venganza dando vuelta a “Desatinado” el día de la corrida de La Lola-, callejón sin atascos ni overbooking, corrales que más parecen joyeros donde aguardan los toros cual lustrosos diamantes…. Es ése, y no otro, el reclamo honesto y vívido que hace que año tras año uno vaya  deshojando fechas en el calendario como deshoja el pretendiente enamorado su margarita.  Y uno quiere sentirse como se sentía  Quintiliano al hablar de su hogar (“vivo en un sitio pequeño y no me voy de él para no hacerlo más pequeño").  De todos los movimientos migratorios y éxodos forzados puede que sea éste el menos doloroso, y el que más compensa.
Cuando no hay propaganda ni intereses creados no es posible mangonear, de ahí que no merece publicarse nada. Haría falta un observador de la ONU para certificar que el espacio dedicado a Céret en los portales taurinos, en el caso de que le dediquen algo de espacio, es inversamente proporcional al del recuadro donde se venden las pulseras de tela de capote y resto de merchandising taurino: cuanto más grande son los banderas de España en las camisas más pequeños se ven los toros en el albero ceretano .De todos los que allí se reúnen, de todo lo que allí se maneja, no hay ni un resquicio para la impostura.
Luego están los jurados populares, esos que de ambos extremos se unen para atacar frontalmente: que si Bonijol es un canalla (este año ya en Vic con la vuelta al ruedo “Destinado” el día de la corrida de la Lola) que si Carreño mete mano, que si los sobreros bajan el listón de las ganaderías titulares… oprobios y críticas, como en todas las familias, pero nada de negligencias o alevosías. Si hay algo que allí sobra eso es criterio, honestidad y respeto.

En el libro “Las ciudades invisibles” su autor, Italo Calvino, en boca de un imaginario Marco Polo detalla todo un surtido de ciudades mágicas que el mercader ha ido encontrando en sus expediciones orientales.  Fuentes de oro y lapislázuli; taraceas de marfil y ébano; astrolabios y amatistas; pináculos de vidrio. Ciudades  invisibles porque son  edificadas en nuestras mentes, como aquella donde los forasteros con sus sueños construyen las costumbres y las rutinas, las veredas  y las azoteas, la mampostería de los muros y las torres de vigía.
Hay una ciudad que a ojos de mapas y portales taurinos oficiales es una invención literaria, como una Arcadia de talibanes toristas. Oculta para el régimen, vívida para la resistencia. Lo que nosotros sabemos de la ciudad invisible es esto: cuando uno cruza el puente que conecta  la senda  principal con los extramuros de Céret, sólo ahí y entonces el que arriba reconoce  que la última vez que estuvo no fue ayer, como sus recuerdos le dictan, sino hace un año, como las hojas arrancadas del calendario atestiguan. Cada uno de los párrafos de Tauromaquia que hemos leído como tradición heredada, cada uno de los recuerdos de toros que nuestra memoria guarda como fotograma, han perdurado en nuestro imaginario no por invención deliberada, sino porque han existido. No hay teoría que 200 años dure si no ha habido práctica que la hubiese perpetuado con hechos. Volver a Céret es vindicar durante 3 días la existencia de algo que nos han querido vender como obsoleto durante el resto del año. Un lugar donde no se obliga a elegir entre toreros y toros, donde el silencio es el de la Maestranza, la exigencia la de Las Ventas, mas la integridad es casi autóctona. Sitio éste donde los toros se pueden ver días antes de la corrida -el único baile es en las rués y plazoletas del pueblo, no el de los corrales- ; donde no hace falta defender nada porque en cuanto sale el toro por toriles no hay Cristo que ose dudar de esto. Donde, como nos dejó dicho Corrochano, nadie se conforma con ver dos puyazos de muerte, sino varios puyazos de castigo; donde lo estético que tanto se menciona ahora es ver cómo se alegra la embestida de un toro a 20 metros, y no cómo se escacharra un reloj,  o se retuerce tanto la figura que en lugar de alargar un pase lo que simula es un ejercicio aeróbico de Pilates.

En Céret cuando se cierran los ojos no es para soñar –cuando las cosas las has visto no hace falta imaginarlas-  sino para retener, como si del click de una cámara fotográfica se tratase, ese preciso instante que perdurará en nuestra conciencia cada vez que busquemos en nuestro disco duro un ejemplo taurino de eso que llaman emoción.
Quizá no haga falta ir a Céret para capturar y dar forma a lo que uno entiende como ciudad de Toros (Cenicientos, Azpeitia, Sahagún bien podrían ser nuestras otras ciudades invisibles) y puede que todo lo que verdaderamente buscamos sea esa excusa ideal para compartir con cuatro amigos un ron añejo tirados en el porche del bungaló de un camping esperando a que vuelva a ser de día.



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