domingo, 10 de mayo de 2015

2ª de feria. Un toro, un picador y un torero









La poetisa Anne Sexton dejó dicho que un escritor es alguien que con unos muebles hace un árbol. No sabemos si Ricardo Gallardo quiso montar con sus muebles una ganadería, pero si Henry Ford levantase la cabeza a buen seguro que estaría orgulloso de cómo a día de hoy sigue de rabiosa vigencia –aplicado a las torofactorías actuales- ese invento suyo de la producción en cadena.
Hemos visto en Madrid cómo de esa gaditana cadena de montaje –en dura pugna por el trono con esos Lannister patrios que son los Lozano- ha salido una pieza defectuosa, un cisne negro, que a buen seguro pocos en San José del Valle desean que se vuelva a repetir. Se llamaba Agitador, y fue de lo poco  –algo más hay- que salvaríamos en caso de amnesia de la segunda de feria.
Este Agitador, que según los ínclitos tertulianos de ese tendido virtual que son “las redes sociales” aseguraban era más Cebada Gago que Jandilla, hizo mutis por el foro hasta que la veta de luz, el asomo de interés de este ensabanado/carbonero/burraco se manifestó en el pseudo-clandestino tercio de varas. Esta vez la culpa no fue del piquero, sino todo lo contrario.
Al igual que el que acude a una cita a ciegas Pedro Iturralde, como si la pica en alto fuese el vuelo de  una bandera de cuadros negros y blancos, provoca una lejanísima arrancada del fuenteymbro que andaba frecuentando los medios. Y, por alusiones, va el entrepelado al encuentro. Fue tan eficiente la manera de alegrar la embestida al Agitador, como la precisa, casi quirúrgica, el aterrizaje de la vara de Pedro en todo lo alto de la yema. Fue el esmerado desempeño de Pedro Iturralde lo que galvanizó la más sincera aclamación de la tarde. Y aunque acudió alegre, el empleo en el kevlar del peto fue desganado, así como la salida del mismo, tristona y floja. Fue un “marcar y peinar” de libro. Justa y ampliamente aplaudida la retirada de Iturralde, precisamente en esa suerte a punto de ser ilegalizada, abocada a la indiferencia para todos aquellos que sólo quieren, en el Olimpo de la tauromaquia, un pódium de arte, cultura y muleta. Se dice que alguno pidió una tercera entrada. Mejor así.
Ya en la muleta de Paco Ureña hubo otro repunte emergente de casta que alumbró cierto interés por ver cómo orquestaba el murciano la faena con el Agitador. Y como lo Del Álamo el día anterior, Paco cita de lejos, allí donde llaman platillo;  yerta y en vanguardia la muleta recoge con la misma una prometedora acometida del toro, que viene de lejos.  Esas inercias las aprovecha Ureña, y tragando mucho, firme en su resolución, le saca otras dos meritorias tandas con la derecha. Movilidad del toro: no es bravura, pero nos hace que estemos pendientes de lo que ahí y entonces sucede. Que no es poco. Mas cuando Paco chequea las condiciones del pitón  izquierdo todos vemos que no, que no vale. Y mientras vuelve a la mano inicial al Agitador se le va acabando el carbón, y todos los pies y la cierta fiereza del principio se pierde en la noche de los tiempos. Luego ya todo es amontonamiento y ahogo en las distancias cortas. La estocada caída y el mitin de descabellos siguientes desempolvan de un plumazo toda opción de premio para el murciano... Y el veredicto venteño es nítido: Agitador por encima del agitado Paco. Aplaudido en el arrastre el toro, tímidas palmas para Ureña. 

Se queda uno también, como aval para la próxima, la vuelta al lugar de los hechos de El Payo, (escalofriante la tafallera a ese novillo de La Quinta que le llevó al hule del doctor Padrós, justo cuando más nos había camelado un torero mexicano. Más borrosa su última presencia en 2012 con la de Torrestrella).
Un tercero bis castaño, de Ricardo Ford Gallardo también, del que nos hizo atender con pupilas dilatadas un soberbio recibo capotero abrochando la seria con dos medias de impecable factura,  para colgarlas en el Instagram. Luego el dosificado celo del castaño y la contumacia de Efrén Acosta junior en el caballo hacen que la primera vara fuera inédita, y en la segunda entrada fue al relance, aterrizando la pica en la paletilla.
Ya en la pañosa una primera tanda de derechazos de mando sobrio y un inmarcesible cambio de manos, consiguen tapar eso que ahora llaman “embestida abierta del toro”, que cuando eso ha sido el puntito huidizo de toda la vida. Le rebaña Octavio otro buen puñado de derechazos que hacen que este castaño, llamado Previsor, se interese de nuevo por lo que allí se negocia. Una también segunda tanda firme, otro fotogénico cambio de mano, y ya el resto para sustentar con alfileres el toro. El público solícito y  El Payo poniendo de su parte, pero la faena, iniciada entre las rayas del 10, termina junto a toriles. Rajado ya del todo en terrenos del 1, vienen a claudicar Previsor justo debajo del andamio de Molés y Caballero. De momento El Payo se cuela como el favorito en esa infinita lista de toreros mexicanos que nos gustaría que repitiese.

Hablar del resto de lo acontecido, sin paños calientes, es concederle demasiada importancia. Un primer calcetero, como César Jiménez, desentendido del tema, (como ecos de un megáfono por las galerías de la grada se oye un “se va sin torear”). El cuarto suelto también, otro más. Abanto y sin celo. Y ya del quinto, que salió de najas en todo encuentro que se le propuso, y del sexto, que tras un carpado con tirabuzón justo antes de banderillas quedó mermado para cualquier conato de lidia, lo único que nos interesó durante se jugaban en el ruedo, es discernir si, al igual que ya se abrió el debate de si los atanasios y lisardos son ya atanasiardos y lisarnasios, no tendremos que dar una vuelta de tuerca a lo de Ricardo Ford Gallardo y lo de Borja Domecq, y empezar a hablar ya de  jandillymbro y fuenteymbrilla. 



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