sábado, 16 de mayo de 2015

San Isidro desde una localidad de grada









De un tiempo a esta parte sabemos, y no sólo por los azulejos, que Parladé viene siendo ese laboratorio de I+D+I donde el joven Morenés reivindica su empírica y personal alquimia, el Quimicefa de las ganaderías juampedreras, donde a veces el cisne negro del toro encastado ha hecho que ya más de un torero sólo quiera lidiar el hierro matriz de JP. Ese Bulli que se fragua en Parladé, tan bien recibido por los aficionados, a veces no pasa de ser la marmita del druida Panoramix, donde todo el caldo es más de lo mismo, y no hay pócima mágica que nos redima del recuelo bodeguero.

Aunque desde la grada del cinco no se oye el resuello del toro, sí se puede diferenciar el peligro, tan subjetivo y abstracto, que lo interiorizamos cada uno de nosotros en función de nuestra sensibilidad; el peligro es un sesgo cognitivo, un parcialidad. La distancia para percibir el peligro no es física, sino emocional: cuanto más empatizo con el torero más riesgo me llega. Ese resuello del toro puede ser porque acomete con brío, o porque está agotado, o qué sabemos los que no le vemos los ojos. En cambio el cargar o no la suerte, un brazo codillero, una muleta en oblicuo, un toro aplomado o que embiste hacia fuera… todo eso es tangible, no opinable. Por una mera cuestión física y de ubicuidad existe, no depende de nuestra propia interpretación.

Toros bien armados, diferentes hechuras en su seriedad, como rezan los portales, rayanos en la extenuación de sus fuerzas algunos, inéditos en ese tercio en vías de ilegalizarse que es el de varas, enteros algunos para llegar en pie a la muleta. Podría haber sido peor, la verdad.

La tarde llegó con la condena del viento, imponderable climático que se nos tiene dicho es el mayor enemigo del torero, por encima de la lluvia y el aficionado de andanada. Con eso y con todo Abellán se llevó la segunda ovación de la tarde -hubo un primer clamor de palmas recién roto el paseíllo, pero allí nadie salió a saludar- en el momento que encaró la puerta de chiqueros y articuló allí mismo la primera de las dos portagayolas con las que inició su lote. La incertidumbre de la salida de chiqueros de Facilón y ese aire levantisco hicieron que Miguel perdiera el capote, con el vuelco emocional que eso acarrea en los que por primera vez fueron este año a la plaza. Ignoto en el caballo, donde Sandoval le endilgó una carioca a la que no nos tiene acostumbrado con otros toros,  brindó Abellán al doctor García Padrós, rememorándonos una vez más que, al igual que la literatura no termina escribiendo un punto final, los toros no concluyen cuando los toreros salen de la plaza. Feble y claudicante el castaño Facilón, expuso Abellán todo lo que sabía, y ante embestidas cortas que sólo daban para topar en la muleta recetó un buen racimo de pases sueltos que sí calaron en los tendidos, donde los aplausos se encargaban de tapar lo escueto del toro y sus carencias. Una estocada pelín desprendida y soltando el engaño hizo que, a pesar de lo que tardó en caer el toro, Abellán se llevase una primera oreja bastante protestada. Al dar la consabida vuelta al ruedo  con su trofeo alguien le arroja desde el tendido un palo de ciego. Irónica metáfora.
Consciente de tener la puertagrande entreabierta se va Miguel de nuevo a puerta de chiqueros: portagayola de infartar, tres verónicas pintureras y otra larga cambiada de rodillas hacen que Abellán tenga metido en el bolsillo a los isidros. Ya en el caballo calamocheó en la primera vara, dispone Miguel el dar más distancia en la segunda al garlopo, pero no llega con el celo necesario para emplearse. Queda enterito para la muleta este Fanfarrio, aflora el Miguel Abellán más bullidor y brinda al público, y aunque  sabedor del poco fuelle que tenía el toro Abellán construye -con el chorro de embestidas que le ofrece Fanfarrio- su faena, la faena que ha de calar en los públicos: tres tandas citando con la muleta en uve -ligando todas, mandando ninguna- y algún circular invertido  rematado con un fotogénico pase del desprecio  incendian los tendidos, como la Roma de Nerón. Las protestas desde localidades de abono fueron sofocadas por el paisanaje del que va un día a pasarlo bien, y como la venganza es algo tan español se redoblaron los ánimos para con Abellán, mas lo defectuoso de la espada y lo cabal del presidente hizo que más de uno de los que  ocasionalmente van a la plaza se fuese discurriendo por qué no vale todo al conceder una oreja, al menos en Madrid. Aplaudido en el arrastre Fanfarrio, y aplaudido también el torero.

Los papelillos arrojados al albero dictaminaron que las faenas deberían instrumentarse en los terrenos del seis. Así lo entendió también Perera, que con su poco rematado primero, tras dos varas sin insistir mucho, lo único que cogió vuelo fue su muleta que el viento no dejaba amainar (buenos pares, de sincera exposición, los de Joselito Gutiérrez y Guillermo Barbero, les obligaron a saludar). Los olés antes que el mismo cite, lo acrecentado que se le ve –motivos tiene- al propio Miguel Ángel, hartándose a circulares invertidos con este su primero, cortándole el viaje en cuanto podía, unido a  lo tardo que acudía Triguero a los toques de Perera, todo eso delataba una suficiencia tan poco emocionante que hizo que el de Puebla de Prior volviese, como hace años, a pasarse de metraje y de avisos. Aburrió al final, incluso cuando empezó a colocar bien la cara el toro, como se dice ahora, pero según insinuaron algunos ahogó Perera al toro al no darle distancia. Aunque eso, desde la grada, es difícil de discernir.
En su segundo las varas fueron puro trámite, doliéndose con un ojo puesto en el peto y el otro buscando en el palco a Cano el presidente, a ver si cambiaba el tercio. Entretanto hubo unos atropellados y peligrosos quites por Chicuelo de Fandiño que introducían lo que iba a ser su tarde. Brindis al público de Perera, y se va a terrenos del 4. Le intenta meter en el canasto, andándole de distinta manera que a su primero, pisando esa frontera que separa jurisdicciones del hombre y la fiera, mas cuando el toro es mero espectador de un cambio de mano por la espalda es prueba irrefutable de lo poco que le interesa al toro lo que ahí ocurre. El hilo, el cite en paralelo… poco de todo, y eso que el toro se meneaba cuando Perera se entrometía en su trayectoria. Emanó esa ambigua dicotomía de si otro gallo cantaría con otros toros que ya lidió  Miguel Ángel, ayer saciado, nada que ver con el hambriento que el año pasado cortó 5 orejas en dos tardes, y orejas no de cualquiera. Leves pitos a la tardanza y la estocada caída.

Y luego está Fandiño. La terquedad brava de Fandiño. A portagayola también él, más allá de las dos rayas, donde se puso David Mora hace casi un año. El viento seguía enseñoreándose de la plaza, y sin noticias de nada hasta el brindis de muleta al público (en el caballo sin nota, claro, una primera vara al relance, y una segunda donde Fisgador no dice nada) donde como dicen en Sevilla, hubo mucho pico y poco jamón; nunca se cruzó Iván en la rectitud del toro, quien rápido saco bandera blanca. La moneda al aire la tiró Fandiño en el sexto. Inicia la faena de muleta con dos alocados pases cambiados por la espalda, sin tener los pies en tierra firme. El uy como galvanizador. Muy efectista todo, poco efectivo casi nada. El más veleto de la tarde este sexto, Jirivilla.  Valor seco de Fandiño. Discontinua la faena, pero con la porfía indomable de siempre. El toro acude a toros los toques. Tres tandas aseadas emergen de la muñeca de alguien que vuelve a esa patria donde una vez dejó una promesa incumplida. La gente con él, la tormenta es perfecta para que se dé el siroco. Unas bernadinas suicidas, una fea voltereta al pinchar con el estoque, Fandiño pétreo y tumbado sobre la arena, el pavor en la plaza. Son diez segundos de suspense, de ese peligro que sí se proyecta hasta las gradas,  mas todo se queda un susto que  no hace otra cosa que volver a poner a Fandiño en la senda de los toreros que sí queremos que vuelvan.


Postdata, como las de Barquerito.- Hoy ha sido uno de esos días que hemos echado de menos a aquel aficionado añejo, que no anciano, que sentado próximo a nosotros siempre nos formulaba -entreverada con sus recuerdos de ver a torear a Pepe Luis o Camino- aquella pregunta de si este Perera que torea es el mismo que el de la tienda de saneamientos de la calle Bravo Murillo. Una prueba más de que no siempre la distancia es el olvido.


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