viernes, 22 de mayo de 2015

The Walking Dead y un sobrero



Foto de Álvaro Marcos para Las Ventas


La corrida que vino en dos camiones de El Grullo  parecía un domingo en el Rastro: cada uno de su padre y de su madre. Diferentes todos en hechuras y pelajes, escalera toda ella, hermanados en la ausencia de fuerzas, cenceños todos, perdiendo los remos en cuanto eran exigidos. Más cerca del descalzaperros del Octubre pasado que de la castita que se vio este año en Sevilla. O sea, que el veredicto ya es clarividente: otro tazón de Cuvillo en la feria de Otoño. Además, vemos cómo ya estamos en ese impasse de la feria donde las corridas son de dos tercios. El primero no es que se extinga, es que nos lo sisan. Y para glosar la faena de muleta hay que hacer ciertos sacrificios. El no picar es uno. Hablar ya del toro de Madrid, como vara de medir, es una quimera. Hablar del trapío del toro de San Isidro, una quimera.

Lo último que escribió Antonio Machado se lo encontraron en el bolsillo de su abrigo, cuando ya no tenía nada que reivindicar. Un verso: “Se canta lo que se pierde”. Lo primero que le han escrito a Diego Urdiales ha sido un panegírico enciclopédico, incluso antes de cuajar todo esa pureza que se le presume.  A Urdiales, otro verso libre como los de Machado, también se le canta todo lo se pierde. Nosotros y él. A Diego, los suyos, le están empujando a desfilar, como a los malos bucaneros, por esa tabla que te condena a ser pasto de los tiburones de la crítica. Quijada en filo, tupé a lo Grease, corte y confección de otro tiempo, lo tiene todo Urdiales para camelar, más si cabe, al aficionado que ya le seguía. Los públicos que ahora nos quieren meter en las plazas, no. Lo que el temple de Urdiales ha unido,  que no lo separe la mercadotecnia.
Con su primero, que ya perdía las manos en el recibo capotero, nada pudo hacer Urdiales, torero poderoso, para toros con poder. Una vara debajo del peto y una segunda al relance, y luego doliéndose en banderillas. Se oyen protestas uniformes, pero de muy baja intensidad. Nos han birlado un toro sin psicomotricidad mínima para la lidia. Su segundo - acapachado, escurridísimo, zancudo, casi sin ijares- al que bautizaron Guerrita, cubrió expediente en varas, y viendo que el chance se le iba raudo fue Urdiales a brindar a Curro Romero (“¿pero cómo voy a torear una corrida de Miura si me da miedo darle la mano al ganadero?"). Esboza Diego algo de lo que algunos ya supimos, clasicismo puro. Se dobla en terrenos del seis con él, doblones a la antigua usanza, mano en la cadera, y se saca al tercio. Liga un par de tandas sin sordina, de poco eco. Si no es el de mejor condición el toro, es el de menos mala. Ya en la tercera tanda pierde de nuevo las manos. Lo bueno de Urdiales es que siempre lleva la muleta planchada y por derecho, lo malo es la pierna de salida escondida siempre detrás. Exhausto Guerrita, con el combustible ya en la reserva. Muy espaciados ya los cites, de uno en uno, como en fila india. El unipase. Nada y  menos. Queda un consuelo: si algo perdurará de aquello, si algo nos aboca a volver a Urdiales, fue una serie con la zocata encañonada, a pies juntos, exposición insobornable, y una trinchera de mano arrastrada, estampa de La Lidia con un siglo de retraso. Un aviso, cuenta atrás. La gente inoculada en la pureza de Urdiales, pero la estocada a través, contraria, y un descabello en el segundo aviso hizo que volviésemos a cantar, una vez más, lo que nos perdemos de Urdiales.

De Castella no sabíamos si iba a venir en Castella o en Roca Rey, que es como nos gustaría: el Castella de los albores, como cuando empezó. La silueta hermética y lánguida de Sebastián, el que de tanto clonar sus faenas hemos restado méritos a la clonación de sus estatuarios y pases cambiados. Su primero, el almendrado segundo de la tarde de inválidos, se tapaba por la cara. Suelto y abantón, despistado al salir de las suertes, fue derribado en la primera vara, sinfonía de estribos y el ojo avizor, de manso, vigilando más que otra cosa. El segundo encuentro fue casi peor, no hubo sangre ni para una donación. Salió convaleciente de banderillas. Castella no brinda, y todos nos imaginamos que lleva puesto debajo su niqui  del Che. Su faena en  el cinco, de introductorios y estatutarios, termina con la joyita derrotando arriba, cabeceando siempre. Le baja la mano y rueda Oropéndolo por el albero. Lo saca al platillo, pero entretanto  el toro decide ya quedarse corto y sin viajes. No way. Ni una opción, rebrinca que te rebrinca el morito. Testarudo Castella, empieza a exasperarnos. Frenado ya al final, una estocada caída y sin penetrar del todo nos reverbera al Castella el malo. Pero todo resurge con el quinto bis, cinqueño de “El Torero”, recogidito de cuerna, mientras el cuchicheo en los tendidos -que es una raspa, que si parece un novillo-  ya en la primera puya le tapan la salida, y en la segunda sucumbe en los bajos del peto. Pero Castella, ahora sí, busca al Rey, y lo que sonaba a chanza republicana -nadie entendió el brindis de un toro tan cochambroso- a la postre fue lo único que se salvó. El guión es de sobra conocido. Distancia a Lenguadito. Flash-back. Castella a la boca de riego. Deja vú. Pedresinas. El día de la marmota. Lo hemos visto tantas y tantas veces…Pero el famélico Lenguadito tiene  prontitud, mucha, y fijeza, suficiente, además de ir surcando el albero con el hocico. Salió el Roca Rey que todo epígono de Campuzano lleva dentro. Largos, abisales los pases. La antítesis, no por ello censurable, de Urdiales. Prontísimo el sobrero, incluso sin citarle acudía. El cortijo estaba en el pitón derecho, y la finca en el izquierdo. Un aviso y la estocada en el Rincón de Ordóñez diluyeron lo que verdaderamente nos vale a los que seguiremos yendo a la plaza el día que venga Paco Ureña o Víctor Barrio. La oreja no fue de los talibanes, sino de los que tuvieron que soltar el cubata y el paloselfie (yo lo vi) para sacar el pañuelo. Aplaudido en el arrastre, y abierto ya el debate de si este Lenguadito fue mejor que el Agitador de Gallardo, con permiso del Fanfarrio de Morenés.

Y de Talavante poco que rascar. El que hacía tercero fue agasajado a base de mandonas verónicas, los vuelos al aire, y una media que hacía entregarse a la clá en los preludios. Otro toro suelto. En varas un arponazo en la paletilla para empezar, y en su segunda venida levanta la vara, ni llega a marcar Manuel Cid. Ya en el tercio que importa, en terrenos del cuatro despliega Tala su performance: enganchones en el celeste imperio de inicio, detalle enterrado tras una trincherilla para foto de las que regalan las cuadrillas a pie de furgoneta. El cambio a la derecha, ya en segundas y terceras tandas, por naturales, y como se dice ahora: coloca bien la carita Gavilán -ni un extraño, fijeza neta - hasta que en un instante preciso decide que se raja. Luego ya fue todo más deslavazado: Tala no se da coba, va a por la de verdad y entre metisacas y pinchazos no sabemos ya si fue Gavilán o Paloma. Y en el sexto se esmeró Tala con un donoso recibo mexicano, genuflexo y con el envés del capote, pero ya con los picadores en el primer encuentro claudica y en una segunda cita acude sin emplearse.  Luego ya todo fueron tornillazos por abajo del Arrojado, siempre derrotando en el palillo. Y tras un parón seco del toro en medio de uno de los viajes, un cruce de miradas de duelo, y Tala ni titubea. Tras otro tanteo improductivo y el mitin de pinchazos y descabellos salimos todos con varias preguntas (¿cuánto queda para diferenciar corridas de toros como hoy, y corridas de toros bravos? ¿nos gusta Urdiales con estos muertos vivientes? ¿entonces, Talavante, es republicano?) mas sin ninguna certeza, pero con un taco de entradas de corridas como ésta en el bolsillo.

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