viernes, 5 de junio de 2015

Todo en orden

Al igual que  Platón en los diálogos con su maestro Sócrates, 

esta crónica se fraguó desde la grada del siete, de consuno con otro maestro, Dominguillos.







A Diego Urdiales, como cantaba Paquita la del Barrio, tres veces le han engañado. La primera fue por coraje, con la de Núñez del Cuvillo para ricos; la segunda por capricho, con la de Victoriano del Río para pobres. Y han querido engañarle una tercera vez por puro placer, con la de Adolfo. Pero Urdiales es uno de los nuestros. Al menos lo era, el de Bilbao y el de Vic de 2013. El de una oreja en Otoño con otro Adolfo. Honestidad brutal la suya, que ahora pretenden disfrazarle de marketing artista. Preferíamos al Diego que no le importaba ponerse a pintar cuando no toreaba, el que labraba su leyenda cada vez que pisaba el albero. Pero ahora, ya se dijo, le han escrito a Diego Urdiales un Evangelio en vida, incluso antes de cuajar todo esa pureza que se le presume.  Si a Diego, por su donosura y empaque, le han cincelado un retrato, a  Fernando Robleño, visto lo visto, le debemos  una exposición en la galería de los Uffizi de Florencia, o dos pasillos enteros del Museo del Louvre. Y de cuerpo entero,  nada de retratos. Diego nos lo están quitando de a poco. ¡¡ Ay si Urdiales nos hubiese saciado con su toreo todo lo que sus panegiristas le han escrito!! Así  que, con las crónicas cerradas incluso antes de hacer el paseíllo, Urdiales monopoliza hoy el grueso de los titulares. Todo en orden.

No hay decepción como la de una expectativa que no se cumple. La corrida de Adolfo fue eso. Lo que se tapa los días que salen alimañas y hocicos que surcan el albero ayer (con los toros echando el freno de mano, topando más que embistiendo) quedó en una corrida mal presentada y decepcionante. Flojos y deslucidos en sus comportamientos, se tapaban todos por la exuberante leña que les coronaba. Sacudidos y cenceños su morfología, tardos y marrajos en sus maneras.

De su primero, veleto arriba y vareado por detrás, Urdiales  le fue ganando de capa terrenos hasta los medios, dejándonos así lo segundo mejor que obró ayer. Tras una primera vara rectificando, acudió sin son ni empleo a la segunda. Soso y desazonado el primer Mulillero, sólo pudo el riojano articular dos derechazos, antes de ese unipasismo tan fotogénico suyo, pero tan poco útil... Frenado ya el toro, Urdiales sólo pudo tragar con él. Dejó una de sus trincherillas, tiesa y postinera, de photocall, mas el arrimón final no dio fruto alguno. La gente con él, nadie cuestiona la bula con Diego, con este Urdiales el nuevo.
Ya con el escurridísimo que hacía cuarto, tocadito de pitones, dejó lo otro bueno de su tarde. Tiene Urdiales el ADN del toreo de piernas, decimonónico, el que nos dejó dicho Corrochano que hizo Antonio Bienvenida la tarde de los Galache, el que nos dejó escrito el proscrito Joaquín Vidal que había que desplegar con estos toros: para mandarles hay que consentirles. Consentir y mandar. De eso Diego sabe tela. Y aunque este Aviador  topa en la primera vara y sale desnortado en la segunda, brinda al público Urdiales, porque se sabe que están de su lado. Quedémonos con lo mejorcito: un cambio de mano templado, yerta la muleta, que culmina con un pase de pecho a izquierdas, luego un  pase de las flores, dos en redondo hilvanados –lo de ligar no es el fuerte de Diego- y una trinchera de pura majeza.  Y ahí el toro ya no quiere nada, buscando fugarse. Queda claro que Urdiales está por encima del toro, pero  sin opciones. El estoconazo le vale una segunda salida al tercio a saludar. Este es nuestro Diego, Urdiales el viejo.

Como el ganador del Tour por los Campos Elíseos, lo de Castella fue un paseo triunfal, sólo le faltó la copita de champán. Ya tenía el esportón lleno, y lo que iba a ser un gesto con adolfos  al final quedó en que los automatismos modernos de Castella, y de tantos otros, no son eficientes para la lidia antigua de estos albaserradas. Protestado de salida Repollito, cinqueño, desparrama la vista y ausculta todo, alguien insinúa que es un pregonado de manual; regatea en varas, como si fuese Garrincha, metiéndose en la grupa del caballo. Marrajo en banderillas, seis pasadas en falso para cuatro rehiletes. La jindama enseñoreándose del albero. Castella tiró líneas, y aunque muy tapadito con el dije lo de torear en redondo sin cruzarse no valía. Tocó el pitón con la mano el francés y Repollito, como cuando apagan la música y encienden las luces, dio la fiesta por terminada.
De corte similar fue el quinto, y dubitativo Sebastián le sacó a los medios. Ni por esas: tras una carioca y una puya traserísima, brinda al público Le Coq, que le intentó macerar en terrenos del cinco-seis, pero fue puntearle las telas dos veces este Buscador y todo lo que vino después fue sordo y amnésico. A nadie extrañó el mitin con el estoque, viene de lejos.

El damnificado fue Manuel Escribano. Portagayola  en sus dos toros, su primero fue incierto de salida, y tras rematar en un burladero  parecía como si hubiese quedado descordado por momentos. Toro sin poder, a golpe seguro derrotaba el otro Mulillero. Manuel, queriendo galvanizar la faena en garapullos, y con el viento a favor desde el tendido,  juega Escribano la carta del “uy”, esa emoción amañada, con un toro feble y  topón. Agua de borrajas. Los pinchazos y descabellos asemejaron a una reyerta entre pandillas.
Fue entonces y con el sexto, Baratero, lo que nos sacudió de los bostezos. Recibido con otra larga cambiada frente a chiqueros, protestado (¿cuál no?) de salida, perdió los remos ipso facto. Lo avacado del perfil y lo inane de inicio no dejaron ver lo que luego en banderillas supuso lo mejor de la tarde. Ya le hizo hilo el garlopo en la primera pasada a Escribano, cuando le citó en corto y el adolfo hizo presa. Quiso, corajudo y descalzo el de Gerena, poderle en los dos siguientes pares, con vibrantes arrancadas del funo, y hubo hasta un cuarto par para desquitarse, para compulsar credenciales de querer ser algo en esto, que hizo resucitar al público, y cerrar en un puño el corazón de la mayoría. El showtime estaba servido, y el pitón izquierdo, de cortijo, le permitió a Manuel enjaretar  pases sueltos, casi aislados, a pies juntos, hierático, de mucho tragar y poco moverse. Una estocada honda mientras era desarmado permitió a Escribano conseguir el mismo premio que  muchos otros por menos.  El mejor Manuel hasta hoy. Pero, por favor, no le hagamos retratos, que no queremos perderle.. uno más.


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