miércoles, 2 de septiembre de 2015

Cincuenta sombras de Roca Rey


Foto: Emilio Méndez, visto en la web de Andrés Roca Rey




Puede que no sean cincuenta, que sólo sea una, como la del ciprés de Delibes, una sombra alargada y silvestre, como la del toreo que disecciona en cuanto le dejas medio metro. Lo que sí abundó ayer en Cuéllar -compensan los kilométros si es así, como ayer-  fueron las siluetas recortadas de más de uno buscando disimuladamente el hechizo que emana de Roca Rey. Discretos los otros apoderados -por el callejón va Cutiño, cauto en el burladero Pablo Lozano- afilaban las miradas en busca de la de Campuzano, como se buscan las divas envidiosas en las cenas de gala a ver quién roba más flashes. Los grandes maestros junto a sus pequeños saltamontes. Y luego los cuatro aficionados que fuimos buscando el Dorado de los coquillas, cambiando sobre la marcha el foco de nuestro interés y, como en la rumba, a Ginés Marín unos le abrazaban, a Álvaro Lorenzo otros le besaban, pero era a Andrés Roca Rey a quien todos mirábamos.

Andrés no tiene muñecas ancestrales ni están hechas de minerales que brillan, pero ya queda menos para que le escriban un Evangelio. Su predicamento rebosa por delante la muleta, y la deja vacía justo donde está bien arrematado, más allá de la cadera. Y si Goya dijo que su pincel no debía ver mejor que él mismo, Andrés sabe que su muleta tampoco debe impacientarle, y que sean su medio pecho y los fustes de sus femorales los que sigan sustentando su fina estampa, caballero de fina estampa, de funambulista sobre el alambre, sin menoscabo de saber si hay red o no.

Aprovechen ahora a ir a verle. Ahora que nadie le hace sombra.




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