sábado, 3 de octubre de 2015

Mucho más que dos


Los focos directos al objetivo (¿quién si no Urdiales?) que arriba de Bilbao y Logroño  con el botín a cuestas. El fragor de los las redes sociales lubricadas desde días atrás, el telón mediático operado por los corifeos anunciando la función engendrada para el triunfo. La bienvenida, semejante a la que agasajó a Míster Marshall, alegría sin parangón, Curro Romero en el tendido del diez y la maquinaria de la “Operación Puerta Grande” en el pico álgido de ebullición. Los toros a modo para que no boicoteen la gesta, Madrid relamiéndose espera otra página reluciente de pureza. Todo en orden.

Y hubo triunfo. Y hubo Puerta Grande. Y hubo épica. Pero no de Urdiales. Cuando se acabó la fiesta y encendieron las luces allí sólo estaba Diego. Entre tanto río revuelto quien pescó, y de lo lindo, fue López Simón, que ha despegado desde  Barajas con destino donde se lo proponga. Epígono de Joseto, trasunto de Ojeda, destila este Alberto los malos vicios de los buenos toreros, en formación como persona y como compañero, y proyectan los mortales en él aquello que sólo son capaces de evocar en sueños. Cuando el resto se asoma al precipicio, López Simón vive aún en el filo. Arrobas de testiculina, de fondo la música de cuchillos afilados, como en “Psicosis”,  cada vez que compone la figura, el mérito de una tanda a cada uno de sus toros, y su teatralización del tremendismo dospuntocero hacen que López Simón ocupe en el imaginario taurino ese pedestal con derecho reservado únicamente a titanes y pirados.

Los toros, como ya se dijo, fueron a la manera que demandaba el evento: lisarnasios de aquellos que han acudido este año a Las Ventas en más ocasiones que muchos de los abonados de sombra. El Puerto de San Lorenzo y Valdefresno del hermano, que el orden de los tractores no altera la cosecha y como lo minoritario no embiste pues se apuesta sobre seguro. Sacudidos todos de carnes, con menos remate que Benzema en Champions, y unos remos como los de las galeras romanas, finos y flojos. Medrosos y descastados, mansedumbre a raudales. Manuela está aliviada, porque lo que era un problema otros se lo resuelven haciendo que parezca un accidente.

Así y con todo, cuando ambos saludaron desde el tercio empezaron a ondear en el siete pancartas implorando legítima defensa de todo esto. El sinsentido de pedir justicia para una actividad amparada en la ley. Tenemos lo que nos merecemos. 

Fue en estas cuando Urdiales ya pechaba con el primero, Pitinesco I , y el dije ya resoplaba por escueto de fuerzas en el capote; en el primer puyazo ni sangró, y en la segundo estuvo también inédito (qué poquito te queda en el convento, tercio de varas). Bajaba la mano Urdiales y este Pitinesco I se caía. Descompuesto en su embestida Dos pinchazos y media estocada sirvieron de entradilla a los pitos en el arrastre.

Sorteó López Simón de inicio una cabra que fue recibida con palmas de tango. Abanto y desentendido de todos los estímulos Cubanoso, Tito Sandoval lo pasaportó ya en la primera vara. Trámite la segunda. Sin fijeza, con las manos por delante, se gustó y  mucho, un  relajado López Simón cuando arteramente fue cazado por el marrajo, que le ensartó un puntazo que llegó hasta el recto. Mermado y aturdido, aún tuvo tiempo LS de tirar de arrimones suicidas, una arrucina espasmódica, y la emoción electrocutando los tendidos. Incendiado ya el ambiente, entra a matar Alberto -como William Wallace, dice el vecino de abono- y tras un pinchazo y una estocada pelín trasera se le concede una oreja caritativa por parte del presidente que al final definió, para abajo, la exigencia de la tarde. Injusto Polo en su veredicto.

Se bisbiseaba ya en las gradas que Urdiales tuviese que lidiar cinco toros cuando López Simón enfilaba el camino de la enfermería.  Nadie había para recoger la oreja, pero el propio Alberto deshace el camino andado, y retorna a por su pelúa entre vítores desde el negociado del doctor Padrós, asegurándose así llamear la tensión ambiental por si volviese del hule.

El tercero fue Campanito, toro en ciernes, cuatreño sin hacer. Ya en el primer puyazo se duele y se empadrona en la querencia. En banderillas se da otra vez a la fuga, y aunque Urdiales principia con unos doblones llevándose donosamente al tercio, entre ponerse y colocarse se le pasó la tanda a Diego. Un derechazo guapo, de los que rulan en Tuiter nada más producirse, fue afeado por los continuos enganchones y desacoplamiento indolente. Gazapeaba a veces, otras arreaba. Al final agua de borrajas, y Urdiales lo pasaporta con un bajonazo contrario. Nadie entendió luego cómo intentó salir a saludar al tercio, y así se le hizo saber en forma de pitos y silbidos, lo que hace que se tape.
Se vislumbra que Diego ha quedado ciertamente resentido de este mal tropezón, y ya con el cuarto, exhausto por tener que apechugar con una tarde que no remonta, se vio a Urdiales que no porfió ya con el cuarto, Pitinesco II, devuelto, ni con el primer sobrero, Campeador . Se cae ya el valdefresno en el preludio capotero. Picado contraquerencia, con trote porcino, pierde las manos cada vez que se le exige. Desconfiado Urdiales, ya no sabía si tirar la moneda o la toalla. Y es que es posible que a Sísifo Urdiales le pese más la piedra de expectación que tiene que subir una y otra vez, esa campaña que le publicita y que vende algo que él no es, puede que cuando le dejen torear vuelva a salir el matador impoluto que tanto encandila al aficionado venteño. Inmaculado, sin Lamparones ni Mancha.

Cuando ya temíamos por el amor propio de Urdiales irrumpió López Simón en escena, segundo acto de su performance, y sale a los medios desde la enfermería, como Clint Eastwood entrando en el salón, flemático y seguro. Con el aparatoso vendaje y el saludo que articula consigue que los decibelios se disparen. Sale el  quinto, Caratuerta, suelto de todas las suertes, huidizo y a golpe seguro. Tras una vara en la paletilla sale a los quites Urdiales, como a resarcirse de un mal sueño, pero arracima unas  chicuelinas dispersas y  amontonadas, lo que hace enquistar más su  situación. Entonces López Simón monta un manicomio con la muleta. Se lo pasa lejos, pero la cojera y el vendaje elevan la épica, y él sabe que la Puerta Grande la consigue con poquito que haga. El público está con él, pero los aficionados le demandan toreo. Unos pidiendo venganza y otros pidiendo justicia, y mientras LS se pone donde asusta pararse. Hace de la muleta un imán y talonea en terrenos que anuncian minas. El toro que sólo quiere tablas, y Alberto que sólo quiere reventar Las Ventas. Despegadamente ventajista, con más agallas que toreo de poso, nos dejó, de tres, una tanda de suerte cargada y largo aliento en el embroque, aguantando la respiración al tiempo que templaba y el dije se zampaba la bamba. Fue una, pero fue de cánones y tiempos. Yo no voy a pedir más. El toro buscó el camino de regreso, se instaló en la puerta de toriles y ahí, recibiendo, consagró López Simón una insobornable oreja que vale más que la primera. Mucho más. Dos tandas,  una por toro le han bastado para abrir la Puerta Grande por tercera vez en seis meses.

Lo del último, Bailador, que parecía que se dejaba, hasta que perdió media vaina contra el burladero, prometía buenos mimbres, más después de una eficiente lidia, con dos lúcidas varas de Alberto Sandoval en el sitio, sin saña, y banderillas con guapeza de Vicente Osuna, mas cuando LS brindó a Calamaro y al público, remata en el burladero el garlopo y se rompe la mano. Nada se puede hacer sino descabellar.

Mejor así. De la Puerta Grande a la enfermería. A veces no es tan doloroso el camino contrario.


No hay comentarios:

Publicar un comentario