sábado, 1 de octubre de 2016

Últimas tardes con Taurodelta. La de Fuente Ymbro.




Como César Vallejo de su muerte, nosotros de Taurodelta ya sólo tenemos el recuerdo. No se han ido aún, y ya sólo nos queda lo que pudo haber sido y se quedó en intento. Hoy, en los estertores de la actual empresa al frente de Madrid, ya estábamos todos más pendientes del socio de Simón Casas que estaba entornando la mirada desde su localidad en el tendido (¿encontró lo que buscaba?) y de la pancarta en forma de declaración de intenciones (“Simón prepárate. Seremos exigentes") que se estiraba en la zona de los 20-30 integristas que hay que echar de las plazas. Igual que pasa con el toro, cada plaza tiene su razón de ser, y en algunas se enseñorean los toreros, y en otras queda todavía la jerarquía del reglamento y el contrapoder de los abonados que demandan toro antes que nada. Alguien tiene que hacerlo. Un diagnóstico más que una amenaza, se ponga algún periodista como se ponga.

Para esta segunda de la feria de Otoño se vino otra de Fuente Ymbro, que cumplía el sofisma aquel de que uno repite en Madrid cuando pega el petardazo en San Isidro.  Pero estos pavos que se trajo Gallardo de San Juan del Valle  no tenían problemas con el maíz. La corrida de hoy ha venido con una presentación ejemplar, toros parejos en hechuras -como se dice ahora en la jerga actual- bien armados, con prominentes pecheras, bajos de agujas, rematada la estampa… pero todo lo que lucieron por fuera venía yermo por dentro, y sin llegar a ser ninguno la tonta del bote – el juego que ofrecieron fue desinflándose a medida que iban desfilando- el que no buscó las querencias de salida las reclamó cuando se rajaba en la muleta, los remos más flojos que lo de las barcas del Retiro, y ese déficit de fuerzas sólo era suplido con cierta movilidad bronca y mansa. Resumiendo, a Gallardo le irá muy bien con Casas, le veremos a menudo. Más todavía.

Puede que Eugenio de Mora haya argumentado hoy lo más parecido al predicamento taurómaco que los que venimos día sí y día también escudriñamos en una tarde de toros. Con su primero, un galafate con el morrillo montado sobre el cuello, y con leña para todo el  invierno, a pesar de la condición huidiza que desarrolló en casi todos los envites , y tras perder las manos tras un par de puyazos simulados, principió Eugenio la faena de hinojos, entre las dos rayas, bajo la presidencia,  con el hambre del que empieza, o del que acaba, y enseguida se percibe que a “Lanudo”, que así se llama  el de FY, puede meterlo Mora en el canasto. Cuando se yergue Eugenio, con un leve cite ofreciendo por delante la muleta, planchada al frente, y con la pierna de salida sin ocultarla, sólo con eso, ya se ha desmontado toda la hagiografía moderna acerca de alargar la embestida y expresar la tauromaquia. Una proverbial forma de hacer las cosas, huérfana de accesorios, un soplo de aire añejo que nos hace entender tanto con tan poco. Y a pesar de lo escueto de fuerzas que anda “Lanudo” aún acompaña en un par de tandas que hacen rebullir a los aficionados de su trozo de cemento, cuando el de Toledo le endilga dos trincherillas al dije que incita a algunos a levantarse a aplaudir. Pincha Eugenio  la faena ( la vecina de abono recalca cómo saca el pompis al entrar a matar) y tras un aviso, meter la mano y perder el señuelo el triunfo del torero se evapora, pero a nosotros nos queda ese relamernos con ese pan que tantos días nos niegan y hoy nos sirve Eugenio de Mora en bandeja. Luego la mesura en el reconocimiento,  la ovación desde los tendidos y el saludo desde el tercio, desempolvan una de tantas otras recompensas que se hallan entre la concesión de orejas y el taparse. 
Del cuarto ni Mora se acuerda. Suelto de todas las suertes, al relance en el tercio de varas, doliéndose en banderillas… A pesar de intentarlo de largo y en corto, al natural y con el pase cambiado… no hubo caso. Casi mejor así, y seguir paladeando el primero.

Escribía hoy Juan Pelegrín (Simón, cambia lo que quieras cuando aterrices,  pero el talento es irremplazable) que Juan del Álamo ha cortado ocho orejas en sus últimas nueve tardes en Madrid, pero –añado yo- es posible que casi nadie se acuerde de alguna de esas nueve tardes. Y eso que a Del Álamo es posible que, junto a El Cid, sea el torero que más potra tiene en los sorteos, o quizá también que su cuadrilla, como la de Manuel Jesús, le pone las cosas muy fáciles, y no sólo en el ruedo. Le tocó a Juan el toro de la tarde, “Hechizo”, aunque derrengado de su escaso poder tras la primera vara –esa duda eterna de no saber si el toro es inválido o sin fuerzas-  brinda el mirobrigense un toro protestado… Pero “Hechizo”  puede servir. Le recoge en el tercio, y la desdicha de Del Álamo es que Mora ha toreado antes, y queda en evidencia ese registro de muleta en uve y  piernas abiertas, ese pacto de no agresión y no cruzar los caminos de toro y torero,  y al echarse lo a la izquierda todo son punteos y enganchones. El toro es noble y con clase, esos eufemismos que maquillan la merma  y la falta de fuerzas, pero hay movilidad y “Hechizo” mete la cara, pero el torero no se hace con los mandos en ningún momento. Juan se pone pesado, y el eco de los aplausos del nutrido número de sus paisanos se ahoga lánguidamente con las palmas de tango del grueso de los abonados que ya se saben lo del gato por liebre.
Con el quinto, abantón  de salida, frenado y sin emplearse en varas, se cae en cuanto se le exige entre los dos puyazos. Endeble el negro listón, deja a Del Álamo sin opciones. Aun así llegó un volteretón del que el torero disipa el pavor que transciende su caída al reincorporarse por su propio pie. Pero es ponerse de nuevo, y otro amago de paliza del que se libra por los pelos. Como tuitea don Ignacio Sánchez Mejías: “aquí nadie duda del peligro sordo de todos los toros, Afortunadamente, el 5º FY no ha tenido fuerzas ni para herir a Álamo porque lo tuvo a su merced”. Y porfía Del Álamo, en vano, mas todo queda en que ésta será la segunda tarde de las diez últimas aquí en las que Del Álamo no toca pelo.

Y luego está Román. La inconsciente, risueña tenacidad de Román. Ya no es el barbilampiño novillero al que le ofrecieron un apoderamiento en el callejón de Valencia con la alcachofa del Plus como testigo; Román ya se afeita, y viene de cortar una oreja en el ferragosto venteño, y ya le van sonando los resortes que pueden ponerle en circulación. Aunque feble y vacío por dentro, brinda Román al público y se lo saca a los medios.  Le da una distancia y lo hace con provocado descaro, mas el toro, “Laminado”, carece de fijeza. Marrajo y geniudo, suelta gañafones sin parar, y Román  no se ha acoplado nunca con él.  Gazapea y se revuelve en mitad de cada viaje. Acorta las distancias y la emoción llega más por el “que le pilla, que le va a pillar” y no por el toreo de fundamento. Ni uno limpio, nos quedamos con su terco afán y entrega sincera, que es como se viene a Madrid, pero tiene que haber algo más. Cuando se le concede una oreja amable sin petición el debate no versa en si se la merecía o no. De lo que se trata es que no hubo mayoría. Mal el presidente, y esto no lo arregla ni Simón…
El sexto, levemente protestado de salida, es el más escurrido de los seis. Así y con todo propina una caída de latiguillo a Pedro Iturralde (qué buenas cuadrillas llevan algunos, y qué poco partido les sacan...), más por desgracia del piquero que por tracción del toro. Después de pedirle los papeles a El Sirio en banderillas parecía que valdría. Román se vino  donde le quiso llevar “Emperador”, entre el  cuatro y el cinco -justo donde más pañuelos se blandieron en su primero. Y ahí, con cierto gusto y sin exigencias ligó una tanda convincente, la segunda con la zocata  ya fue todo tornillazos y brusquedades. Llegó el secreto a voces del volteretón. Aunque parecía que Román enfilaría el camino de la enfermería, no quería dejar enfriar el tempo, sabedor de que estaba más cerca la Puerta Grande que la de García Padrós. Pero luego ya todo fue  ausencia de acople y puro arrimón: exposición innecesaria que le vale un puntazo. Un aviso, un pinchazo, la estocada y el descabello le valieron a Román para saludar desde el tercio. Y a nosotros para arrancar del calendario otra tarde más, un día menos, con Taurodelta...









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