domingo, 2 de octubre de 2016

Últimas tardes con Taurodelta. Lo de Curro Díaz.









Hay una crónica de una tarde de Curro Díaz en la Maestranza, corría el año 2009, en la que se recrea la faena por la que le concedieron una oreja: “un trasteo que ha tenido pasajes de cierto encanto artístico, incluso el mérito de sobreponerse al dolor evidente de una espectacular voltereta. Claro que faena como tal no ha habido. Pases sueltos, sí, y muchos del "pingüi". La jerga taurina, de amplísima terminología, acuña muchos vocablos con significado contrapuesto a los que definen verdaderamente la importancia del toreo. Uno de ellos, "el pingüi", quiere decir más o menos el arte de lo inconsistente”.
A Curro Díaz en Madrid sólo le habíamos conocido ese endeble perfil, el del arte de lo inconsistente, el de un trincherazo aquí y un pase del desdén más allá. Pero al perro viejo, cuando todo se le vuelve pulgas, ya sólo le queda lamerse las heridas y perderse entre las penumbras en la noche de los tiempos. Por eso Curro ya sólo torea para él, sin pedirle cuentas a nadie, sin que se las pidan a él tampoco.
Puede que esta sea la temporada que más va a torear: puede que por la amable Puerta Grande en Madrid, por el asesoramiento de Joxin Iriarte… algo ha transmutado en Curro, y a la bizarría de su toreo va ensartado un yelmo de valor que antes no existía.
Hoy le salió un primero con el freno echado, las manos por delante, y cuando en la noche de los tiempos Curro Díaz no hubiese porfiado lo más mínimo, se plantificó en los terrenos del siete, despacioso y con aroma de un toreo casi difunto le fue ganando el paso a “Montesino I”, sometiéndole con un cambio de mano glacial, casi tan gélido como el temple en la muleta. Prueba en el tercio, pero ahí el toro se descubre reponedor, sin acople ni entendimiento el toro no rompió nunca palante, y con el aire molesto Curro no se da coba, que es de agradecer, como si fuese un preludio de lo que luego pasaría. La condescendencia de las palmas tapa que el toro ha estado por encima.  O Curro por debajo.
  
El tercero,  “Langosto”, de reata, es el que va a partir la tarde. Curro tiene pellizco, se le jalean sus maneras, pero el del Puerto únicamente sabe calamochear al galope, y poco a poco se hace el amo del albero. Campa a sus anchas en el tercio de varas, nadie se hace con él, y en un momento aquello es un descalzaperros de lidia: capotes de peones volando, Langosto buscando el camino de regreso a Tamames… Pero la gente quiere más de Curro, y  cuando se enfila ya con la muleta planchada todo sucedió tan deprisa que no dio tiempo ni a enlazarlo: articuló Curro tres pases por bajo, sometiendo a Langosto, y en un lánguido cambio de mano el pavo caza a Curro, lo zarandea por los aires como un guiñapo, nadie de las cuadrillas está cerca para sacar a Curro del infierno, salta desde el callejón Sebastián Ritter impolutamente vestido de traje a hacerle ese quite providencial, el alguacilillo que le llama luego al orden, y Sebastián, con el mismo instinto que le ha llevado a salvar a Curro le desairea la reprimenda al alguacilillo y con un manotazo casi le tira el chamelo - ¿sería por eso, y no por saltar al ruedo vestido de calle, por lo que quisieron multar, cosa que  luego el presidente desmintió?-,  en los tendidos ya sólo hay pavor y miedo cerval. Pero Curro se recompone, y engendra otra tanda de macho, y le intenta a hacer el mismo gesto (sometimiento y cambio de mano)  y ahí Langosto le navajea  como en una reyerta, y lo vuelve blandir por el cielo. Confusión, murmullos y aire denso de tragedia. Pero Curro, lo que queda de un Curro Díaz roto, se rehace, y  vuelve a la cara del toro. Tres naturales como tres cuadros de El Prado. Y nada más. Pincha 1,2.3 4 veces… en una de ellas Langosto le hace hilo, desmadejado y sin fuerzas Curro se llega hasta las tablas, otra vez sin noticias del peonaje… El albero en aquel entonces parece el camarote de los hermanos Marx, Se esfuma el trofeo, para los que cuentan las tardes por orejas. Pero, para los que miramos algo más allá, intentando entender, se desata una pequeña euforia en nuestro interior, que hace que el resto de circunstancias pierdan su sentido.
Aún dejó Curro Díaz para la hemeroteca un inicio en el estribo a su tercero, quinto manso y avieso de la tarde. Le endilga tres y le da salida al tercio, todo con la mano a la cadera -¿será esa silueta añeja lo que nos camela de Curro?-  y lo van acompasando en cada viaje. La gente está con Curro  -la solidaridad con la desdicha siempre ha funcionado- pero todo era empotrarse contra un muro.

José Garrido tuvo su vía crucis también. Puede que concretamente ayer la sombra de este Curro Díaz que aúna pellizco y cojones es realmente alargada, pero ayer a JG le dieron lo mismo los toros que al jienense, pero el reconocimiento de los tendidos nunca llegó. En su primero, “Joyito”,  648 kilos de zambombo, sueltísimo en el capote, haciendo trabajar a ambos picadores -casi descabalga al que guardaba puerta- con transmisión nula,  Garrido ahondó en el argumento del arrimón, pero lo tuvo que dejar por imposible. El cuarto brinca y rebrinca, siempre con la cara por los aires, aviesa y sibilina en todo lo que insinuaba, con este llegó el tropezón de Garrido, paralizando el corazón de todos de nuevo. Se yergue José como si tal cosa, pero luego ya todo es el tour del uno al cuarto pasando por el siete, para terminar el toro en chiqueros., y tras otra paliza al entrar  a matar Garrido termina en la enfermería.
Con una herida de 10 cm en el glúteo, y tras la impaciencia de algunos porque  Garrido no salía de la enfermería (¿?) acude el chaval a por el sexto. Pero la merma de ambos, renqueante Garrido como renquea “Langostero”, y ante la ausencia  de facultades del toro, el esfuerzo con sordina de JG deja en el aire la duda de por qué Garrido aún no ha entrado en la afición de Madrid.


Puede que algunos, los más, busquen algo distinto a lo de hoy, nobleza y obediencia en los toros, y arte y cultura en los toreros. Pero tardes cómo hoy subliman los más bajos instintos, hacen no perder la vista a lo que está pasando, y a unos cuantos les hace reconciliarse con un espectáculo que no conoce de segundas oportunidades ni ficciones.

Porque, al final, ¿no nos dijeron que se trataba de eso?


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