domingo, 26 de marzo de 2017

Siempre así







De todas las dudas razonables que sobrevolaban el inicio de la temporada venteña (la materialización o no de las promesas de Simón, el carrusel previo de indultos que intenta tapar los complejos de vida y muerte que aún maniatan a ciertos sectores del taurineo,…) era el maíz de Gallardo el que menos preocupaba. Y no es que Madrid sea la catedral ni el último bastión que hay que poner a salvo de todo y de todos, simplemente Madrid tira o afloja cuando unos piden justicia y otros piden venganza. Simón sabe, como los buenos camellos, que la primera es gratis, y este primer año a los adictos de esto nos va a dar lo que nos gusta, y más. En Zaragoza saben de esto un rato: el primer año con SCP es champán, el siguiente ya no todo es oro y burbujas.
Madrid, ya se ha dicho, es una quimera donde no hay lugar para dudas ni cambalaches, donde aún emana el último rescoldo de la épica que tanto se soba y tanto se repite acerca de los toros, donde Pablo Aguado, en el primer novillo de la primera tarde de la primera plaza del mundo, ha disipado todas las dudas (¿cabe alguna aún?) de que el toreo es arte y gustarse únicamente cuando antes un hombre ha expuesto su inteligencia frente a la fuerza bruta de una bestia. Y le puede. Pronta recuperación para Pablo.
Algún francotirador hoy se la ha tenido que envainar cuando ha salido la de Fuente Ymbro, y haciendo caso a Cayetano -quien nunca actuó de novillero en Madrid-  los novillos rondaron los quinientos kilos; de hecho el último fue postulado como merecedor de vuelta al ruedo. Era eso como epílogo triunfalista o la salida del mayoral  a saludar. Novillada bien comida, rematada, con caras de señores mayores, nobles pero no tontos, codiciosos sin ser leviatanes, novillos que han recibido más en varas que toda la feria de Fallas juntas, hoy hemos visto una de esas tardes que ahora mismo firmaríamos para que San Isidro así por lo menos. Tres novillos de los que ponen en circulación a cualquiera, de orejas más de uno, y con las dificultades propias de animales criados para luchar. El segundo ha sido de montar el taco, el MVP de la tarde, el que después de desangrarlo en el caballo ha llegado a los siguientes tercios pronto y alegre, con movilidad suficiente para articular todas esas series de muleta que ahora hacen falta para ser tenido en cuenta. Ovación el arrastre para “Adulador”, y palmas para Leo Valadez, que tanto en este segundo como en el quinto (boyante y con clase, como se dice ahora, un bombón para lucirse) desplegó un repertorio de novillero ya fogueado, corriendo la mano en varias series de mérito que aun así no le sirvieron para solventar las demandas de su lote, y sin llegar a tirar de ventajismos faltó ese pasito para cruzarse y tirar de los novillos. Sendos pinchazos supusieron la evaporación de los trofeos.
La pega que tienen los novillos con movilidad, más si ésta no es bobalicona, es la necesidad de no desplegar la típica faena traída de casa, que cuando hay teclas que tocar uno ha de cavilar y ejecutar. Desde hoy eso lo sabe Diego Carretero, que venía con ambiente después de su paso por Valencia, que ha pechado con tres fuenteymbros de los que el botín al final ha sido una oreja en ese último, “Pintora”, del que se ha pedido una amable vuelta al ruedo, más por el conjunto de la tarde que por el propio juego del novillo. Diego tiene superávit de pundonor y, como Valadez, si hay algo que celebrarles es cómo han venido a Madrid,  avisados quedan de que aquí se aplaude cuando se intenta hacerlo bien, y se pita cuando uno intenta tirar de artificios. De Carretero mencionar dos tandas de genuflexos hondos y ayudados que a la postre han sido la guinda de su premio esta tarde. 
Ojalá fuese así siempre: salir de la plaza con una sonrisa torcida, sacándonos las manos de los bolsillos para no parecer que la tarde ha sido una ruina.


Quedan cosas por mejorar, matices: las fotos de la web son buenas, hechas por profesionales, pero no viéndolas como un aficionado; el macro-botellón de la grada joven, y que los muchachos que venden las cocacolas han cambiado las chaquetas rojas con la lista de precios serigrafiada en la espalda por unas sudaderas color fucsia, como las de Amarras de los pijos en los ochenta.


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