lunes, 10 de abril de 2017

Lo de Victorino el Domingo de Ramos. Ni lo bueno de Saltillo, ni lo bravo es Ibarra.



Foto de Arjona para Las Ventas



No todo el mundo lo sabe, pero el minuto de silencio es por Adrián, al que le han robado el mes de Abril, el que guardaba en un cajón, con una foto de Rafaelillo de la mano dando la vuelta al ruedo, y un corazón infinito que, como en la canción, deja esto más triste y yermo que un torero al otro lado del telón del cielo. Queda también otra lección no exigida: hoy Adrián nos enseña que en los toros no sólo uno se juega la vida en el albero.

La corrida en sí ya se había lidiado en Twitter, que es donde uno sabe si los toros han dado juego mucho antes de que salgan por toriles. El afiche de Jerome Pradet circulando por las redes sociales hace días, las fotos de los toros rulando como moneda de cambio en la tauroesfera (a Bosquimano, anunciado hoy, le sacaban un parecido razonable a Domadito, lidiado en 1968) y la resaca de los dos primeros festejos venteños hacían pensar, sin más fundamento, que La Orson tendría  que volver a editar un Monosabio con la (nueva) corrida del siglo. Pero la que Victorino trajo hoy estaba tan bien presentada como fuera de tipo -ni hocico de rata, ni badana degollada, con prominentes morrillos-  y lo único que nos recordó a los albaserradas era el copyright del cárdeno en sus capas y lo tocadito de pitones que vinieron algunos. Boyantes en su juego hasta que se les intentó engañar, fue entonces cuando desarrollaron esa listeza marca de la casa que hace que pasen de hocicar el albero a buscar alevosamente los tobillos.
Gómez del Pilar se doctoró a portagayola con Estaquero, cornivuelto, hecho cuesta arriba, que se mostró remolón en el capote y en varas, donde entró al relance primero y fue masacrado después. Desentendido de los toques, Gómez del Pilar al cielo, a Adrián, incluso sabiendo que hay no había nada que rascar.  Cortito en los viajes, orientado a la salida de los pases, Estaquero tenía echado el freno, y el toricantano se decidió por machetear de pitón a pitón. Tras la honda la estocada, y una antiestética ronda de peones, saludó Gómez del Pilar tras los pitos al arrastre a Estaquero.
Con su segundo, Gardacho -cinqueño, ancho de  sienes, el menos albaserrada del lote- que fue protestado de salida, y tras una sinfonía de estribos en el tercio de varas, nos dimos cuenta que Gómez del Pilar estaba debutando en la primera plaza del mundo con victorinos, y la verdad el Tourmalet nunca fue el mejor sitio para aprender a montar en bici. El pundonor del chaval no eclipsa su falta de colocación, que no es otra cosa que déficit de oficio. Aun así le endilga dos naturales de mérito, pero luego ya todo fue ratoneo y peligro sordo. Desengañado del todo ya en la suerte suprema nuestro rookie da su particular mitin pinchando dos veces, descabellando otra dos. 
Iván Fandiño era el otro enigma de hoy. El que fuese dueño de esta plaza no hace mucho, ahora nos tiene en vilo como un hijo descarriado del que nunca nos llegan buenas noticias. Hoy Iván, como decía Piza, tuvo un lote más que potable, un lote que el Fandiño de antes del Domingo de Ramos de hace dos temporadas se hubiese hinchado a McFlurry. En su primero, Barbacano,  que en su primera vara no empuja pero que en la segunda va con todo, un toro que hace hilo en banderillas. Brinda al cielo también Iván, y tras un par de tandas de reconocimiento dejó otra de enjundia con la zocata, tragando por ahí otras dos tandas. Pero cuando Fandiño pondera su oficio  por delante del alma que los tendidos anhelan, cuando Iván no porfía como solía ante toros como este Barbacano, es cuando el eco de lo que está haciendo se ahoga entre los pitos de la gente y la indolencia de Iván.
Bosquimano, que hizo cuarto, el consentido de los tuiteros, fue aplaudido de salida. Remangadito de cuerna, enmorrillado y de generoso cuello, junto la romana que dio (631 kilos) hicieron cavilar a los viejos del lugar si, a pesar de lo lustroso que lucía, era éste un victorino. Enciscado en la primera vara, la segunda sí fue bien cobrada, aunque sin emplearse el cárdeno. Luego Jarocho saludó tras un meritorio parsito. Bosquimano resultó ser el de más calidad,  con fijeza en las telas, noble en sus intenciones. Siempre a media altura Fandiño, obliga Bosquimano a reponer al de Orduña cada poco. Tiene una movilidad pronta, colocando la cara como dicen los revisteros ahora, y lo que nos queda es la sensación de que Fandiño no quiere más. Se viene la bronca para Fandiño y los pitos no silencian la ovación en el arrastre de Bosquimano.
El tercero Buscador, hecho hacia arriba, protestado de salida, fue el primero de Alberto Aguilar. Buena vara la primera, puro trámite la segunda, asomó Alberto en terrenos del cuatro, don nunca se acopló con el victorino. Avieso Buscador en todo lo que desarrolló, Alberto le pudo sacar tres muletazos que insinuaron más de lo que luego fue, ya que cuando se empieza a gustar se le tira Buscador al cuello  a Aguilar, y le placa como si fuese Tom Brady en la Super Bowl. Desiste Alberto de dedicarle más tiempo y lo despena sin más historia.
Tras correr turno por haber entrado Aguilar a la enfermería, y habiendo sido devuelto el último victorino, salió un sobrero de San Martín, Cadencioso, que para empezar pierde las manos al salir del caballo –siendo mucho más protestado que el último victorino-. Un toro sin fuerzas y sin ideas, del que Aguilar aprovecha las inercias para sacarle lo más aplaudido de la tarde. Boyante en su trote, dándole aire Aguilar en cuanto se la ponía planita Cadencioso obedecía sin una mala contestación. Ni un extraño el toro, todo a favor de obra. De alabar la predisposición de Alberto Aguilar, que ni aun así logra tapar los desplazamientos claudicantes de Cadencioso. Todo despacio, que no lento. Cuando titilaban los focos  de la plaza y ya se presumía que Aguilar se llevaría una pelúa, con dos pinchazos, una estocada y dos descabellos se evaporó el triunfo que Alberto había brindado al cielo.

A Adrián, que estaba viéndolo todo. Que la tierra te sea leve, torero.



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