lunes, 17 de abril de 2017

Vivir para contarlo, o contarlo para vivirlo




Foto de Ana Escribano (más en su blog pinchando aquí)


Aunque su cabeza se marchó mucho antes hoy hace tres años que nos dejó Gabriel García Márquez, pero antes tuvo tiempo de tallar con letras de yunque frases que martillean en la conciencia de uno cada vez que va a los toros. Verbigracia: “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda, y cómo la recuerda para contarla. La nostalgia, como siempre, había borrado los malos recuerdos y magnificado los buenos”. Ayer la vida que uno quiere recordar estaba en Sevilla, con entradas de sol y sombra a oncemil pesetas (de baratillo en Sevilla por Resurrección sólo queda el nombre del coso antiguo) y otro quite de Morante que, sumado a cada media que nos dispensa cada tarde suman ya una buena gavilla de verónicas en un año, quizá más), con lo que ese camino del “ya voy” condujo de nuevo a la casa del “nunca”.  Queda contar que uno estuvo allí, aunque no sucediese nada.
Y mientras en Sevilla se maquilla el recuerdo en Madrid celebramos  la nostalgia, que es lo que uno añora sin que llegue a suceder, y aunque  hace tiempo que divergen las dos fiestas –la de los toros es una, la del contar lo de Sevilla es la otra- aún queda  un finísimo alambre de funambulista al que uno puede agarrarse si lo que quiere es ver quién puede más, y no quién se rinde antes.  En Madrid todavía se puede opinar sin que te lleves el zasca de algún ocasional que con una mano te perdona la vida y con la otra sujeta el vaso,  y ayer en Las Ventas se pudo protestar los toros de Montealto – mastodónticos por fuera, vacíos por dentro que se movieron en los registros de la mansedumbre entre abanta y huidiza- y aplaudirle a Curro Díaz ese andarle a los toros, que es lo que selló ante “Campanita”, el jabonero que hizo quinto:  el prurito añejo de doblarse de inicio con el toro –el que a la postre más se movió y mejor obedecía- franqueándole la salida hacia el tercio, y esa intermitencia suya, tan telegráfica, ahora sí, ahora no, y esa duda eterna de qué sería de Curro si su cuerpo cruzase el Rubicón de su toreo.

De José Garrido nos quedamos con su gran capote -de bueno y de enorme-  y lo que hizo o dejó de hacer con “Bordador”, el castaño listón que lidió en su segundo acto,  que fue como una de esas chinitas que se te cuelan en el zapato y no te dejan ni andar ni estarte parado.  Es Garrido el paradigma del torero que viene arreando, que acumula méritos en plazas como Bilbao, pero cuando tiene que cantar en las oposiciones de Madrid se queda en blanco, o le ha tocado otro tema.  A Garrido se le espera porque maneras tiene,  en su mano está, como dejó dicho Gabo, borrar los malos recuerdos y magnificar los buenos. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario