domingo, 14 de mayo de 2017

Lo bello de Otero







El teorema de Chappaquiddick de White lo desarrolla con precisión suiza: cuanto antes se anuncien las malas noticias y cuantos más detalles se den, mejor. Cuando el toro que hizo quinto, Huracán, llegó al final de los quince minutos de los que disponía David Mora para certificar su defunción, justo después de la impotencia afligida de Mora por despenar primero y descabellar después al toro,   justo entonces que es cuando nuestro presidente más carismático, don Jesús María Gómez, ya había blandido el pañuelo blanco por tercera vez confirmando la devolución de Huracán a los corrales, y justo también después de que los mansos de Florito ya brujuleaban por el albero de Las Ventas, fue ahí y entonces cuando con la duda razonable no saber si lo que allí ocurría pudiera ser antirreglamentario y punible, el puntillero titular de la plaza, d. Ángel Zaragoza, entre el “in crescendo” de la sinfonía de palmas de tango y silbidos atronó a Huracán desde el burladero. Intentar explicar la censura a uno y a otro, el nulo conocimiento de las gentes de cómo funciona esto, de lo tácito del rito y de lo expreso del reglamento, podría dar para una entrada en Wikipedia y dos grupos nuevos de whatsapp. Hoy no es el día.
Con David Mora llegó algo más que el escándalo, ya que con él vino también lo que hasta ahora es el highlight de los albores de esta feria. Fue al asomar en banderillas Ángel Otero en el segundo de la tarde, quien tras su primer par a un manso de libro encaró al bicho en su segundo par ofreció los veinte segundos, quizás menos, más hermosos de la tarde, eso que los mexicanos llaman “parsito”, cuando dejándole venirse hacia los medios, dándole todas las facilidades y ventajas al morito, haciéndole creerse poderoso en esos terrenos, ha iniciado Otero su sprint en curva, lo que nos enseñaron que es un par al cuarteo de toda la vida, y cuadrando en la misma cara del toro nos dejado Ángel el único momento en el que nos levantamos de la piedra al tiempo que entornábamos las cejas. Grande Otero.

Todo empezó como últimamente, al menos en Madrid, que veníamos muchos con la incógnita de si El Pilar echaría en nuestra plaza algo parecido a lo que salió en Sevilla, el “Sombrerero” manirroto o el “Guajiro” de Ferrera, incluso el gran “Bellito” de López Simón. Pero los registros en los que se movieron los toros fueron, como se dice ahora para todo lo que no cumple expectativas, de “perfil bajo”.

Había un dato ayer compartido sobre Diego Urdiales: desde 2009 ha cortado una oreja de los 53 toros que ha lidiado. Pero Diego antes molaba, mucho antes de estos dos últimos años en el que le construyeron su particular La Iliada, cuando lo pusieron todo perdido de lamparones en su toreo sucinto y añejo, de pases sueltos y donosos, cuando a Madrid veníamos a verle los que sabíamos de él y no de su hagiografía, cuando sus muñecas no eran ancestrales, ni cuando vieron en él al Ordoñez de Arnedo ni el Curro Romero de la España vacía. Parece que todo vuelve a su ser, y aunque en puridad Diego sigue siendo el torero que recordábamos de corte clásico, de trincherillas de cartel y de pureza en movimiento. Hoy a su primero, Sospetillo, tras el tercio de varas se lo ha llevado a los medios y la he enjaretado, con su poso y saber hacer, la gavilla de verónicas de la tarde, ganándole terreno a Sospetillo, a compás abierto y mano corrida. Eso fue lo mejor de este colorado, de buena cuna, el de menos romana, porque ya de salida perdió manos  y tras la primera vara también. En banderillas, tras varias pasadas en falso, Urdiales brinda al público, que como todo lo que hace Diego en esta plaza fue recibido con el afecto que aquí se le profesa. Se dobla con él por abajo se dobla, intentando remendar lo que la lidia anterior ha descabalado, y tras tantearlo le pega una segunda tanda a derechas que sí nos gusta, ligando la serie contradiciendo así su toreo de unipase, poniéndonos otra vez la miel en los labios. Pero es ahí cuando Sospetillo sacó bandera blanca, se rinde feble y sin fuerzas, y ya Urdiales nada pudo hacer.
En su segundo, Carapuerco I, uno de los cinqueños de la corrida, que de salida atisbó cierta viveza, se cayó también en un par de ocasiones durante la brega, pasando inédito por todos los estratos de la lidia, sin poder ofrecer otra cosa que un alto grado de inanición que nos privó de ver a Urdiales de nuevo, y a él mismo de volver reencontrarse.

De David Mora lo magro ya se ha dicho. El quinto, Huracán, pasó por el tercio de varas al relance en la primera y perdiendo los remos en la segunda. Y aunque llegó en la muleta gazapeando de inicio, regaló a Mora más de una embestida noble y fija, mas David se dedicó a tirar líneas  a Huracán, sin pisar ese terreno donde embiste el torero cuando no lo hace el torero, por lo que sólo quedó un torero articulando unos argumentos que en nada conmueven.
Con  Carapuerco II, su primero de la tarde, el  más cortito de cabos de todos, huía hasta de su sombra, barbeando de salida, logrando casi saltar el burladero del diez, y otra vez por la Puerta Grande. Quedó para las retinas únicamente el espectáculo paralizante de Ángel Otero con los palitroques.


Y luego está José Garrido. Del de Badajoz lo que más nos gusta es su capote –qué bien estuvo en Sevilla con la de Torrestrella- y su jefe de prensa –qué buen trabajo hace Carmelo-. Puede ser  Garrido, de todos los jóvenes del pelotón perseguidor de las figuras, al que más zancadillas le han puesto, el más baqueteado de los rookies, y puede que por ese le espere más que al resto. No fue el suyo un lote para darle fiesta, por eso la impaciencia aflora entre los tendidos cuando tarde tras se gastan las balas y la canana de Garrido se va quedando vacía.  Con, Jacobero, de gran y aparatosa arboladura, mostró credenciales capoteras Garrido, tragando y doblándose con él, y otra vez vuelve a tragar. Garrido, que había entrado a los quites en los toros de Mora (incluso en el manso de libro, gesto recriminado entre los aficionados- se encontró ya en la muleta con un toro que rebrincaba, sin fuerzas además, cenceño como el resto de sus hermanos y con serias dificultades para desarrollar cierta psicomotricidad. Testeó todas las posibilidades Garrido, pero el colorado se echó al piso como el que se echa en el diván de un psicólogo argentino, y ahí ya no hubo nada más que rascar.
En el sexto la gente seguía con la movida del quinto, y nadie puso atención a lo que José intentó con Mira-bajo. Remolón y suelto, se lo llevó por delantales a los medios, y tras un picotazo en el que peto del picador que hacía puerta este Mira-bajo aterrizó tardo y remiso en la muleta de Garrido, que
se lo sacó a los medios, cuando el toro parecía que no era de llevarlo por ahí, y como el pabilo de un cirio se fue apagando el negro listón hasta quedarse sin nada. El postrero arrimón de Garrido- esa desagradable  tesitura en la que uno fuerza la justificación-  fue para olvidar, y ya sólo nos quedó para la tertulia de las cervezas de después un par de banderillas y esa eterna sensación de que con días como el de hoy esto de los toros se acaba. Y sólo llevamos tres tardes…



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