martes, 16 de mayo de 2017

El día del patrón del pueblo más grande de España





Hombre, no creo que nadie del gremio pueda sentirse vilipendiado ni sujeto a ninguna ignominia si decimos que lo de hoy ha sido una flagrante muestra, una más, de lo que son capaces los taurinos para implosionar esto de los toros, sin falta de antis ni políticos. Que aún a sabiendas del ecosistema que nos íbamos a encontrar hoy, con los isidros enseñoreándose de los tendidos, la frágil y delicada línea que separa aquello de “elimina toro lo anterior” y el “por qué lo llamamos enclasado cuando queremos decir inválido”, cuando los ríos de alcohol nublan las cabezas de tal modo que se está aplaudiendo hasta cuando el toro hoza en el albero… aún a sabiendas de todo esto uno al final sólo quiere que ya que le engañan que lo hagan con cierto gusto, que si hay tocomocho que tenga algo de gracia, que en el fondo es lo que sustenta que uno vuelva cada quince de Mayo a que le cuelguen el troquelado del monigote con una chincheta en la espalda. Hoy los de Montalvo nada han tenido que ver a los de aquel Agosto que puso a funcionar  a David Mora, ni por supuesto se puede escrutar en ellos ni el más mínimo atisbo de semejanza con esos toros colmenareños de Martínez que fundaron un fin de raza del que ya apenas algo queda. Acaso el cuarto, el de la pinta salpicada y con jirones blancos, acaso ese sea el goterón que nos lleva al linaje de Diano.

Para el día del patrón de las fiestas del pueblo más grande de España se vinieron a matarlos tres toreros que un día les abrimos las puertas de nuestros corazones, y ya no somos capaces de echarlos de ahí ni con lejía.

Curro Díaz se citó con su primero, de nombre Liricoso, hecho hacia arriba que ya flojeó de salida, y con el que se gusta Curro al abrirse de capa. Gallea vistosamente al paso para colocarlo en el caballo, donde le recetan dos pinchazos como para una analítica. Ya venían siendo acaloradas protestas de salida por el déficit de pujanza de Liricoso, y eso se proyecta también en banderillas, donde en el segundo para hace hilo a Manuel Muñoz cazándolo en el muslo de tal manera que no puede continuar la lidia –cornada grave en el muslo de la que sólo esperamos pueda recuperarse pronto-. Ya con la muleta se asoma el Curro más prosaico, el que se planta desmayado con el mentón hincado en lo alto del pecho, el que compone pero no dispone. Y los servicios mínimos de la motricidad de Liricoso y una insana costumbre de caerse en cuanto se le medio exigió hacen que las gentes demanden la salida ya del segundo de la tarde. Luego está la parte de Curro que no nos gusta, la de entrar a matar colocando la muleta como si fuese un plasma, tapando la cara del toro más que usando el engaño para que descubra las agujas, y puede que por eso mismos soltase el sartenazo que soltó.  Entra otra vez y con el bajonazo Liricoso lo prende suspendiéndole en el aire sin aparente consecuencia viendo que en el cuarto salió Curro de nuevo a lidiar.
El cuarto es el que nos hacía tilín, por hacernos la vaga ilusión de pensar que algo de Martínez veríamos en él. Escandaloso de nombre, salpicado en los bajos, el  más abrochado de la corrida, y el más hondo también,  nada más salir holló el  hocico allí donde más le apeteció.  Empujó mucho y bien en varas, por lo que el picador Curro Sánchez se llevó también una buena ovación. Se vislumbró ya entonces que el derecho era el pitón por el que apretaba y que era menor no despertar la bestia por ahí. Entonces Curro, que tiene más horas de vuelo que un Boeing 747, nos pone el caramelito el boca para que de entrada nos rebullamos en la piedra. Dos trincheras que olían a un toreo ya difunto, un  cambio de mano  y tres naturales enardecen a todo aquel que no espera a que Curro se ponga de verdad con Escandaloso. Pero eso nunca ocurrió, Díaz jamás pisó ese terreno donde los toros se sienten atacados, y este de Montalvo tuvo más carrete que el resto, fue mucho más de largo, pronto y con alegre son. Pero Curro, sabedor de que la gente ya está entregada con él, pajarea por aquí y por allá, al socaire de los terrenos donde le dirige el pavo de Montalvo, porque aunque Escandaloso tiene un cortijo en el pitón izquierdo Curro ya no necesita de demostrar nada más en Madrid. El callo de Curro adoba la faena, son esas imperceptibles licencias que algunos en Madrid se pueden permitir. El golletazo a espadas desengaña por completo al que aún quedaba por desengañar, y mientras el toro es aplaudido en el arrastre se oyen los pitos que censuran a  Curro.

Paco Ureña es otro que nos camela, que nos ilusiona su versión más honesta, la del medio pecho y la pata palante, y esa es la que mayormente venía a mostrarnos a Madrid. El beneficio de la duda se lo damos a él, ya que su lote ha pasado más desapercibido que su labor. Con Rondador, sueltas sus carnes morenas, la lidia es de cuidados intensivos, de ahí que tras un primero picotazo en varas y  una segunda de trámite también, y tras un volatín a la salida del caballo no tenga el toro ningún pudor en volverse por el camino de la querencia. Hubo una tercera puya para ver lo eficaz que monta y ahorma Pedro Iturralde, que sabe lo que hace, que también arañó algunos aplausos de los que no iban bebidos y aún se enteraban de lo interesante que estaba pasando. Se lo llevó Ureña a los medios, sin probaturas se lanza ya de izquierdas, al natural, y en cuanto se perfila Paco con el medio pecho, Rondador se echa, también con el medio pecho. Cuando volvió a la verticalidad de las cuatro patas no paró de cabecear descompuesto, y tras dos series de justificación y la guardia en la suerte suprema y todo se disipa sin que allí hubiese eco alguno.
El quinto, Salinero, empotró de salida a Ureña contra las tablas. A estas horas hablan de posible rotura de ligamentos. Entonces no lo sabíamos, pero ya acechaba cierta incoherencia en sus desplazamientos. Mermado, arrastrando la sombra de su estampa principia Ureña pegado a tablas por estatuarios, pero lo claudicante de Salinero le imposibilita ir más allá del primer cite. El encimismo final como excusándose, mas el postrero pinchazo y la espada haciendo guardia, otra vez, sólo nos deja el anhelo de que Ureña se recupere.  Y su toreo también.

A López Simón la mayor engañifa que le hemos podido tramar ha sido abrirle cuatro veces la Puerta Grande de Madrid. De aquellos polvos de triunfalismo vienen ahora estos lodos de abulia y ausencia de resolución delante de la cara de los toros. Con Carcelero, castaño cinqueño, hasta que no llegó a la jurisdicción de Tito Sandoval en varas –dónde quedaron esas tardes de Tito cuando iba con Javier Castaño y sí tenía que trabajar- que aun siendo traseras ambas dejan la marca de buen jinete de Plácido. Arruga y Domingo Siro saludaron tras sus pintureros pares de banderillas. Pero luego ya no hubo noticias de nada reseñable. A Alberto se le cae Carcelero dos veces: al doblarse con él y ya erguido cuando le baja la mano. No se acopló nunca con él López Simón, es más: fomentó el escupirle hacia fuera en cada pase. Lo resumió una voz ronca y de persona mayor, una que gritó “es pa dentro, no pa fuera!!”. Los argumentos que articuló con el sexto, Rivero,  el más lavadito de cara,  inválido de solemnidad y que nos comimos con patatas como los cinco anteriores, decíamos que con esos argumentos López Simón sólo consiguió que los habituales de la plaza nos enfadásemos con sus añagazas y triquiñuelas al intentantar engañarnos, y que los que vinieron desde Barajas a aplaudirle a su vez se cabreasen más con todos esos habituales que le censuraban sus tretas.


Lo mejor de todo es que mañana volveremos a la plaza. Con un par.




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