martes, 6 de junio de 2017

Dolores se llamaba Lola





Uno sabe que esta semana es de cante grande porque han venido los de Zaragoza -hasta Marco desde Italia- que de esto pilotan un rato. También se han acercado los franceses, que cuando tienen que agendar días venirse a Madrid esperan pacientes que se recoja el público festivalero y de aplaudir, y asoman siempre la semana en la que cuando la casta sale por chiqueros los claveleros saltan por la ventana. Luego en la plaza todo tiene su tiempo: las protestas en su momento justo, las ovaciones cuando toca premiar. Es la ley no escrita del aficionado, esos breves espacios de tiempo que sirven para explicar, a veces con silencios, algo más que lo que explica un bieeeen a destiempo o un pañuelo que pide una oreja de pueblo.
Dolores se llamaba Lola, ganadera de mansos encastados, y sin contar la novillada de hace semanas hoy volvía tras siete años sin lidiar una corrida de toros. Cada uno de su padre y de su madre en las hechuras, homogéneos en la mansedumbre de sus comportamientos.

A Rafaelillo le tocó entrar en escena con Guindoso, 530 kilos coronados por unas  buenas velas, bajo y armónico que dicen los revisteros, pero remiso a acudir allí donde no le apetecía, argumento que constató en el caballo, gesto que hizo que Agustín Collado franquease la primera raya, y sólo ahí y entonces fue cuando el morito de La Lola se cobijó en los bajos del peto,  empujando subterráneamente en lo acolchado del caballo. Cuando se desentendió de la suerte Collado volvió grupas de su aleluya, y ahí como a traición embistió Guindoso de nuevo, siendo censurado el pica al ensañarse con Guindoso más allá de las rayas. Como se oyó a uno en la grada, el segundo puyazo dejó cadáver al toro. Afloró en banderillas su condición mansa y de huida, la cual intercaló con arreones y algún que otro  gañafón aéreo. Lo intentó a la heroica Rafaelillo, tirando de oficio pero obviando la parte emocional. Guindoso  sólo acometía a tiro fijo, marrajo y agreste, impidiendo siquiera que Rafaelillo se incorporara después e principiarle por bajo, doblándose con él buscando el sometimiento que no tenía. Indomable Guindoso  le hicieses lo que le hicieses. Obviaremos la infame estocada haciendo guardia y el descabello junto al carrusel con la  puntilla.
Con el cuarto, Caracorta, de 529 kilos, salpicado en la capa, enseñando las palas como sus hermanos, el más terciado de la corrida,  tampoco tuvo prontitud en ningún lance, parado y avieso, y así es como se comportó en varas, apalancándose entre las dos rayas, teniendo que salir a su encuentro Esquivel, al que descabalga violentamente.  Cumple en varas, que es tanto como decir que fue, pero no se empleó. Desparrama la vista Caracorta, se entera de todo, de ahí que haga hilo amenazadoramente en banderillas. Peligro no tan sordo el de este Caracorta, que se revuelve a cada medio pase de Rafaelillo. Auténtico prenda que corta los viajes como la navaja de una reyerta. Aunque la estocada de Rafael Rubio la cobró entera, aún se levantó el toro al sacarle la espada, dejando Caracorta el prurito de su casta tragándose la muerte hasta el final.

Alberto Lamelas pechó con dos de Burgos. Burgalés II, con 540 kilos negros, muy protestado de salida, como tapándose  por la cara, anovillado,  sin remate ninguno. Le paró Lamelas enfrente del cinco, y eso ya destilaba algo distinto de los inicios de faena habituales.  Picado en la paletilla primero, y de manera abusivamente trasera después,  se cae Burgalés II de manera inmisericorde. Rebrincado  en todos los cites, sin apenas fuelle para presentar batalla alguna a Lamelas, es otro pájaro este de doña Lola, punteando todos los cites, con la cara arriba siempre. Alguien de una localidad cercana apunta que  Alberto no le corre la mano -que sí,  que eso es lo difícil-  y el Burgalés II se cuela siempre por ese ínfimo hueco que deja Lamelas entre su cadera y la muleta. Alberto torea poco, sabe que no hay tren que dejar escapar, y a su manera echa la moneda con este toro. Traga lo indecible con él, pero el animal repone y hace rectificar a Alberto a cada pase. Misión más que imposible. Luego unas bernardinas incomprensibles –más aún tras ver a Venegas el día de antes-. Finiquitó metiendo la mano casi hasta la gamuza.
Con el quinto Burgalés I, 550 kilos el bicho, montadito y con badanita, Lamelas se encontró con un toro que sólo supo salir siempre huyendo. Tras dos varas remolonas – vistoso y eficaz el toreo a caballo de Antonio Prieto- en banderillas se tuvo que desmonterar Juan Navazo por su esmero con los palitroques. Y aquí es donde Alberto Lamelas vino a hablar de su libro, y así consiguió nuestra atención enganchando dos tandas de tres derechazos y un cambio de mano por detrás que le servía para  abrochar las series con el de pecho. Burgalés I, que ya se había enterado algo de qué iba la cosa, terminó totalmente orientado cuando Lamelas se la echó a la izquierda, dilapidando por ese pitón todo lo bueno que había emanado en las series precedentes. Dignísimo Lamelas, honesto de verdad, irreprochable su determinación. Dejó de nuevo como epílogo otra serie de bernardinas (¿?) antes de enterrar una estocada entera que fue escupida. Entró de nuevo a matar, dejando otro estoconazo. Y en otra muestra palmaria de que es la casta pura el toro atraviesa el ruedo para caer redondo en la otra punta, en terrenos del cinco. Una gran ovación en el arrastre para Burgalés I,  y un buen puñado de aplausos para los saludos de Lamelas.

El lote se lo llevó Gómez del Pilar, y él lo sabe. Burgalito, que hizo tercero, 574 kilos en la báscula, y no tan exagerado de cuerna como sus hermanos. Le recibió Del Pilar a portagayola, y luego le enjaretó otra larga cambiada, aunque Burgalito lo que quería era buscar siempre el camino de vuelta a casa. Con un buen ramillete de verónicas, ganándole terreno al de doña Lola, no pudo completar la obra Del Pilar al perder las telas con la media de remate. En varas la cosa fue inédita, dejando un  volatín entre ambas. A Gómez del Pilar se le valoró que puso de largo al de Dolores Aguirre, aunque ya en la esencia de la suerte dosificó Pepe Aguado los puyazos. Topa en las dos, sin empujar en ninguna el toro. Suficiente para ahormar el cabeceo que asomó desde la salida Burgalito. Brindó G. del Pilar a El Chano. Es éste toro el que embiste más por derecho, el más humillador, descolgando en cada viaje. Así lo entendió Gómez del Pilar, quien con pulso férreo y tragando lo que no está escrito en cada toque le endosó dos tandas de pases largos y bien tirados que llegaron con eco a los tendidos. Firme en su resolución,  tentó también por la izquierda el chaval, mas fue ahí cuando Burgalito anunció por ese flanco sus finales rajados. Alargó innecesariamente la faena Del Pilar. Tras el aviso entró a matar, dejando una estocada chalequera, muy caída, que no fue óbice para que le fuese concedida una oreja muy muy protestada, de la que no había petición mayoritaria ni de coña. Así están los palcos.  La pitada a la presidencia ahogó los aplausos en el arrastre a Burgalito.

Con el que cerraba la tarde, de nombre Clavijero,  cornivuelto y de aspecto talludo, evitó con su irrupción en la  salida, lateral y abanta,  que fuese lucida la portagayola de Del Pilar. En el caballo entró al relance la primera vez, y un marronazo con rectificación en la segunda entrada, queda el tercio de varas finalizado con un picotazo que le endilga “El Patilla” al final del espinazo. Aquí emerge la figura de José Antonio Carretero en la lidia, que no sólo brega al Clavijero  sino que le enseña a embestir con tres capotazos por bajo, corrigiendo lo que no ha ahormado el  caballo. No se acopla con él nunca Gómez del Pilar porque Clavijero ni tiene la fijeza del otro ni mete la cara con tanta clase. Rebaña nuestro hombre algunos pases sueltos, apura incluso lo poco de bueno que insinúa el Clavijero, reservón y soltando tornillazos. Muy   de verdad el chaval, pero insuficiente. Luego el mitin a espadas mientras le sonó un aviso (eso que antaño era una recriminación y  hoy casi es un halago) hizo que sin llegar a salir bailando de la plaza supiésemos a ciencia cierta que hay otra fiesta, la de la casta, un fin de raza que repele a unos cuantos y nos atrae a unos pocos. Aunque sólo sea por esta semana. 


No hay comentarios:

Publicar un comentario