miércoles, 21 de junio de 2017

Lo que sé de Fandiño




Foto. Paloma Aguilar





En una de las escenas de la película “Barrio” los tres adolescentes protagonistas asaltan de noche una tienda en la cual se venden placas, galardones y medallas para competiciones deportivas;  cuando uno de ellos se abalanza sobre un trofeo de natación otro de los chicos que va con él, displicente y soberbio,  le increpa:

- ¿Para qué quieres tú eso, si no sabes nadar?

-  No sé nadar, pero sé ahogarme.


Yo no sé si Iván  era nadador, pero lo definitivo de una manera consciente e irrebatible  es la de veces que se hundió, que le hundimos, como al que arrojan al fondo del mar con un bloque de cemento encadenado a los talones. Pero Iván nunca se ahogaba. Una y otra vez, obstinado como un Houdini el escapista, emergía Fandiño de la abisal y negra profundidad del océano. Ahora él no está, pero con la resaca mal digerida de un luto imprevisto y las consecuencias en perspectiva asoman todas las buenas intenciones, panegíricos luminosos que no fuimos capaces de rendirle en vida.  

A Fandiño,  insurrecto y estepario,  nunca se le perdonó que sacudiese la caspa y los cimientos del status quo taurino encerrándose en Las Ventas con seis pavos de esas ganaderías de las que nunca se elimina lo anterior. Ese día, cuando finiquitaba al sexto, uno de Palha, se anegó el ruedo con almohadillas lanzadas desde los tendidos, nada comparable al trato dispensado con los que día tras día se enseñorean de los corrales y abjuran de la deontología taurómaca. Ni cuando en la encerrona de Bilbao en 2012 no hubo cojones a meter más de un tercio del aforo en la  plaza. Incluso el día que salió por la Puerta Grande en Madrid se le reprendió al entrar a matar sin muleta en  lo que para algunos suponía un acto inconsciente y suicida.

Se le pidieron tantas cuentas en vida que ahora queremos apaciguar nuestras deudas con un responso amable - mausoleos con forma de exégesis, panteones cincelados a golpe de teclado-,  algo que nos aplaque interiormente el ninguneo de antaño, nuestra mengua humana que nos impidió decirle cuando vivía lo que sólo ahora sabemos llorarle. Tal fue su honestidad sin solución de continuidad, por mucho que ahora nos atusemos las sienes intentando restituir su destino.

Sé que aquellos que hoy indagamos en lo más profundo de nuestra conciencia acudimos inopinadamente a la llamada de eso mismo: la búsqueda de la redención en lugar de asumir una cuota de culpabilidad.

Si hay una lección indirecta de Iván, si hay un zarpazo que hiere y adiestra, es el de la sublimación de la dignidad por encima del triunfo, de discernir la diferencia entre lo que cuesta y lo que vale, la importancia indeleble de pedir perdón antes que pedir permiso.

Perdónanos, porque alguna vez no supimos lo que hacíamos.


Que la tierra te sea leve, Iván.



Foto: Juan Pelegrín (pinchando aquí hay más fotos de Juan a Iván)


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