jueves, 1 de junio de 2017

Toreo moderno con vicios antiguos y el primer tercio de varas de la feria






Y si la gente se rompió las manos aplaudiendo con el deleite de Tito Sandoval con el quinto, ¿por qué esa ominosa corriente de intentar eliminar el tercio de varas? Si allí todo el mundo se puso en pie con las arrancadas de lejos de Cojito, ¿por qué se abjura así de la única manera posible de calibrar la bravura en la plaza, que no es otra que las entradas al caballo?
En días como hoy la plaza se voltea por completo, nadie quiere irse de ella sin algo que contar al día siguiente en la peluquería, o en el consejo de administración, o incluso en el brunch, por lo que sin más motivo que la mera necesidad de contarlo, se producen acontecimientos espurios que hacen que se aplaudan toros mansos, se abuchee a los picadores o que Morante presencie la corrida en el tendido del siete, ése que él mismo motejó de “el Madrid hostil”.
Con la mitad de las letras aún por pagar de esa hipoteca llamada San, los que también vienen fuera de Feria a la plaza se deslizaban desde Manuel Becerra sin la más mínima esperanza depositada en la terna,  acaso se hacían la ilusión del fallo positivo de algún victoriano, que saliese algún Curioso como el de Ureña en la goyesca, porque lo de ver a un epígono de  Cantapájaros de El Juli o el  Beato de Esplá era como que nos tocase un cuponazo de la ONCE. Aun así salieron toros con cortijos en los pitones, sobre todo los dos castaños de López Simón, que se llevó el lote, aunque las orejas fueron para Perera y Roca Rey. Toros cinqueños cuatro de ellos, descarados de pitones y con disparidad en los remates, pero el no ser protestados de salida dice mucho del cuajo que portaban.

Perera se las vio de entrada con  Jocundo, 590 proporcionados kilos negros, toro que enseña las palas, y que en su primera vara empuja sin celo, sangrando lo suficiente como para que la segunda sea un mero trámite. Bonancible y noblón en la muleta de Perera, cogía los vuelos por abajo, colándose incluso un par de veces avisando al extremeño de lo que allí se cocía. En ningún momento transcendió lo que Perera allí articuló. La palmaria prueba de ello es que cuando ya definitivamente se raja el toro alguno censuró la labor con un "¡¡el toro se aburre!!".  Casi entera la estocada, trasera y caída soltando el engaño.  Cuando sonó el primer aviso Perera seguía allí. Por no descabellar deja Perera que el toro caiga de esa manera que luego los antis usan para hacer campaña.
En el cuarto, Cantapájaros,  640 kilos –para que luego digan que con esos pesos no embisten los toros- acapachado,  con su badana degollada,  topó en varas sin esmerarse ni un ápice en hacer pelea. Apuntemos aquí la sobria brega de Javier Ambel a este cuarto. Fue ahí y entonces cuando Perera empezó a tirar de toda su técnica para hilar con la fijeza y calidad inerme de Cantapájaros una faena de gran público, sacándole dos tandas estimables de ligazón y recorrido, sin entrar en terrenos comprometidos ni en litigios con Cantapájaros, como esos actos de conciliación para evitar males mayores. Cuando le endilga tres series con la zocata los aplausos de aluvión anegan la plaza, mientras Cantapájaros  busca la vuelta a casa, rajado como se rajaron el resto de sus hermanos al final de las faenas. La estocada fue bien ejecutada y fulminante, por lo que la oreja se pidió con fruición, tanta como fue concedida. Lo que no saben quienes pidieron la pelúa es que Perera antes toreaba. Pero ¿qué importa eso comparado con salvar la fiesta a base de pañuelos al viento?

A López Simón la peor traición que le hemos podido hacer en Madrid fue abrirle tantas veces la Puerta Grande. Ahora se ha asentado en el limbo de los que componen la figura, sin aportar más argumentos de un arrojo desmesurado, como casi todo el escalafón, y una rentas de aquellas puertas grandes que le permitirán seguir viniendo a carteles de postín donde todo lo que dé será del agrado del que sólo viene una vez a la plaza. Principió con Cangrejero,  que hacía segundo, castaño hecho cuesta arriba, ofensivo como el resto de la corrida,  que ya besa la lona en el recibo de capote. Y al entrar a la  primera vara, buscando abrigo bajo del peto como un boyscout en la hoguera de una acampada. Al salir de esa primera vara también se cae. Inédito en la segunda puya, ahí ya todos sabíamos que nos comeríamos el inválido. Lo que diferenció la faena de López Simón respecto al resto de sus tardes es que le concede una distancia prudencial  a Cangrejero, sacándole tandas ligadas sin llegar a reunirse en ningún momento con él. Dichas series son jaleadas con estruendo, pudiendo discernir con un poco de atención que se prestase cuáles son los aplausos que siguen a los “bieeeen”, como era el caso, y  las palmas que siguen a los olés –cosa que sólo se dio tras la performance antes mencionada de Tito Sandoval- . Aprovecha las inercias el de Barajas, mas cuando se echa la muleta a la izquierda el toro le obliga a reponerse  y  empieza a desarrollar un desabrido punteo con el que acuchilla todos los toques. López Simón no para, porque no hay nada que parar, ni templa ni manda, porque no hay nada que mandar tampoco. Otra vez abusa de lo que funciona, la derecha, ahora ya obscenamente fuera de cacho, por lo que ante las censuras de los que sí suelen ir a la plaza y diferencian una ópera. Cuando le dan el primer aviso la estocada ya estaba caída,  y la faena esfumada.
El quinto es el otro castaño, 649 kilos, y por alusiones el mejor toro de la tarde para la cosa moderna del toreo moderno. Cuando este quinto toro, Cojito, derriba estrepitosamente a Tito Sandoval en la primera entrada, ante los públicos ocasionales que se regodean con la caída del picador, subyace de los tendidos el runrún de los aficionados con el culo pelado en la piedra de la plaza, que atisban en este primer encuentro algo más que un derribo simpático. Se vino de lejos en la segunda entrada Cojito, y ahora Sandoval sí se agarra con destreza y eficacia al castaño. No fue una pelea denodada, no fue una lucha de encono, pero el mero hecho de presenciar el galope furibundo de un animal en dirección a donde sabe que le han hecho daño, queriendo poderle al que le ha infringido dicho dolor, eso en sí mismo vale –como bien apuntaba el bueno de mi amigo Curro- los 300 euros que llevamos gastados de feria para ver la primera vara de San Isidro. Se atrevió Cojito a tentar una tercera entrada, pero capotes voladores cambiando la dirección del toro nos privaron de saber si en una tercera vara Cojito sería bravo o un inconsciente. Lo dicho, la mayor ovación de la tarde mientras la gente se relamía la comisura de los labios.
Haciendo hilo en banderillas este Cojito le recibe López Simón de hinojos. El toro humilla y repite, y eso lo aprovecha el de Barajas para meter a la gente en el bote de la locura colectiva y orejera. Va de largo y  L. Simón consigue hasta templarle en varios pasajes. Al probar con  la izquierda se ve que no tiene ni medio pase. Canta la gallina ahí.  Y al volver a las derechas el toro ya no pasa. Desconfiado al entrar a matar pincha por dos veces, y con los descabellos posteriores el castillo de naipes se ha desparramado por completo. Uno de al lado nuestro dice que si hay un Dios ése es torista,  que no iba a dejar abrir una vez más la Puerta Grande a López Simón.

Y luego está Roca Rey. Hay quien con el tiempo que al ver al peruano, como ocurre con López Simón, reconduce su criterio y se da cuenta que no siempre se puede premiar la buena voluntad, y poco a poco Roca Rey va ayudando a esas gentes incautas a volver al redil de la exigencia necesaria. El tercero, Beato, que es un manso de libro, es picado en la contraquerencia. No se sabe muy bien cómo pero se volvió a picar en el cuatro. Huye este Beato hasta de los quites. Es tan rajado que no para de intentar saltar al callejón, consiguiendo en uno de esos intentos hacer saltar por los aires las tablas del ruedo que están justo debajo del stand televisivo de David Casas. Traga y aguanta Roca Rey en la muleta, que por ahí no hay un pero que censurarle. Lo que empieza en terrenos del cinco termina en una tournée hasta chiqueros. Y ahí por más arrestos que argumenta Roca Rey no puede sacarle más que  péndulos, circulares y espaldinas, en un restregón valeroso pero inútil, todo ello ya en la puerta de toriles. Mete la mano el peruano al entrar a matar, que no es moco de pavo con lo que tiene delante. Aguerrido Roca, se sabe pinturero y lo explota al máximo. De ahí la oreja que las visitas de hoy en Las Ventas le conceden.
Ya con el sexto, Entrador, otro cinqueño  que despliega de inicio su condición abanta y pastueña que hizo sonara los estribos al entrar al caballo, picado muy de cerca, y ya en la segunda venida fue vergonzosamente puesto en suerte al relance por Roca Rey. Inane, ramplón, huidizo, Entrador guarda en sus adentros todo lo malo que llevamos viendo estas dos últimas semanas. Aun así tuvo tiempo Roca Rey de ligarle tres series de  derechazos, escupiendo siempre al  toro hacia tierra de nadie, y luego ese cambio de mano por detrás para culminar con el  de pecho, ni obligado ni nada, sin renunciar nunca a ese contemporáneo y antiestético  brinquito entre pase y pase con el que se reubican los toreros tras perder pasos.  Nunca en la rectitud, siempre en la parábola, mostró el peruano su versión más ventajista, que coincide con la de sus últimas visitas, dejando al descubierto el poco repertorio que se gastan algunos en cuanto los problemas no son los de siempre.


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