sábado, 19 de mayo de 2018

Al principio era el verbo




Foto: Ana Escribano (aquí toda su galería)



Undécima corrida de la feria de San Isidro con toros de Jandilla, procedencia don Juan Pedro Domecq y Díez, es decir, la madre de todas las madres. Corrida pareja en presentación, hechos todos cuesta arriba, manejables en su conjunto, “zapatos” que es como suelen motejarlos los taurinos: toros recortados pero de bonitas hechuras, de los que caben en la muleta y permiten gustarse y expresar esa tauromaquia contemporánea. Endeble y al límite de sus fuerzas el primero, un  segundo con clase metiendo la cara en la muleta pero sin malicia ninguna, tercero feble e inerme en sus embestidas, un cuarto que desarrolló sentido al final, el quinto abanto y distraído de salida que al final valió para la muleta moderna, y el sexto mansurrón que se rajó enseguida. Cinqueños el tercero, cuarto y quinto.

Juan José Padilla (de azul marino y oro). Estocada tendida y trasera, partiendo el estoque y perdiendo la muleta. Descabello. Media estocada escupida y con otra media y dos descabellos. Silenciado en ambos.

Sebastián Castella  (de azul y oro). Estocada caída (silencio). En el quinto, media estocada casi entera (oreja).

Andrés Roca Rey (de blanco y plata). Estocada arriba (ovación). En el sexto, estoconazo hasta los gavilanes  (saludos).

Presidente: D. Justo Polo Ramos. Inédito en las decisiones destacables en el ruedo.

Suerte de varas: todas las suertes de esta tarde se desarrollaron en la distancia más corta, que es toro y picador cada uno a un lado de las dos rayas concéntricas del ruedo: tercio de varas de servicios mínimos. Justo lo contrario de lo que predicaba Gregorio Corrochano: no una vara de muerte, sino varias de castigo.

1.- “Recoveco”, número 69: se paró entre esas dos rayas y se frenó al entrar en la primera visita al penco. Exiguo castigo en la segunda en la que ni se marcó la pirámide de la puya.
2.- “Harmonía”, número 1: pasó por el trámite cogiendo dos buenas varas recetadas por “Josele”, pero inocuas ambas como un análisis de sangre.
3.- “Jornalero”, número 122: también fue bien colocada la vara inicial pero el piquero ni marcó con la puya ni holló en el morrillo: eso que dicen de dejar crudo al animal. Rompe la vara en la segunda entrada. Hay una tercera de puro compromiso en la que Jornalero amaga con romanear, pero su laxa fuerza le impide acometer dicha empresa.
4.- “Jacobino”, número 124: Trasero y sin cogerle el toro empuja y descabalga en su primera entrada Justo Jaén. En la segunda venida de Jacobino se ensaña el picador con él, tapándole la salida y zurrándole lo que no está en los escritos.
5.- “Husmeador”, número 65: José Doblado, sin emplearse apenas, le hunde las cuerdas en la primera venida. En la segunda vara Husmeador pierde las manos y se desliza por el albero hasta llegar a las faldas del peto. Hay una tercera vara en la que el pica cruza las rayas, a pesar de las unánimes protestas, para luego apenas castigar al toro.
6.- “Barones”, número 31: empuja con los riñones en la primera entrada, sin exigencia por parte de Sergio Molina. La segunda vara también la agarró en todo lo alto el varilarguero, pero al igual que en la primer Barones se deja pegar, y ya.

Cuadrillas y otros: cartel de “No hay billetes” en taquillas, aunque eran generosos los huecos en gradas y alguna andanada. Salió a saludar Juan José Padilla, seguida de una sonorísima ovación, en la que se presume su última tarde en Madrid en esta su temporada de despedida como matador de toros. Destacar la brega de su hombre de plata, Manuel Rodríguez “Mambrú” que en el cuarto de la tarde salvó con sus quites en un par de ocasiones a su jefe de filas.



Al principio era el verbo, conjugado en infinitivos: parar, mandar y templar. Hoy Juan José Padilla es pretérito pluscuamperfecto, un torero que había sido grande antes de Zaragoza, que fue y será recordado por los pavos que lidiaba de las ganaderías y en las plazas que nadie quería. Ahora es un torero de arte, y si con su contumacia y tesón es capaz de lidiar el toro artista no queda más que decir. A Padilla no se le puede criticar nada, el toreo del ciclón de Jerez es bullanguero y de jolgorio, de uys y de ays, y querer exigirle más que su puesta en escena es pedirle peras al olmo. Pone sus banderillas vistosas y a toro pasado, incluso se atreve a clavarlas al violín…Inició su primera faena de muleta de rodillas, en el alambre de la cogida siempre, con alivio y precaución en cada pase, con el público que sólo vendrá hoy a la plaza descaradamente puesto de su lado, le doy fiesta mientras el motor de Recoveco no se gripó, pero en cuanto soltó la cara derrotando por encima el palillo Padilla desistió. Algo similar en su segundo, Jacobino, que ya le hace perder el capote en el recibo, y que gracias a su peón “Mambrú” se evitó un mal mayor. Puede que incluso acusase la paliza en varas que le había propinado el picador, pero este Jacobino se vino arriba cuando lo banderillea con suficiencia y ventaja Padilla, hasta se atreve con un meritorio par de dentro a afuera. Se dobla con él pero al tercero pase ya no sigue las telas. Apretó ahí el toro, sacando la guasa sin fuerzas que guardaba, y Juan José ya sólo pudo taparse y quedarse con lo bueno, que fue la ovación de apertura.

Sebastián Castella es presente continuo. Castella inicia sus faenas como la del día de su alternativa. Y como la del día siguiente. Y el siguiente. Y así siempre, sin solución de continuidad. A su primero “Harmonía" le principió con la tanda de estatutarios especialidad de la casa. Siempre fuera del terreno del toro. Caedizo y desmadejado, por cierto. Protestado Castella y el toro. Ni tentando al toro con la izquierda hubo recorrido. Se le recriminó fuertemente que abusase del moribundo. Sin opciones le degolló de una estocada atravesada. Pitos en el arrastre para “Harmonía”. Con "Husmeador", el más chico del encierro con 532 kilos, repitió registros Castella plagiándose a sí mismo, pero este quinto no fue malo, y aunque fue el que más se enteraba de salida de todos (abanto en cierto modo, tardo en los cites) propinó a Le Coq la posibilidad de pegarle tres por la espalda, enganchados los tres, y dos tandas a derechas,  redondas y sin reunión, que le valieron los primeros aplausos.  Ya luego el circular invertido ante la nobleza exhausta de Husmeador, y en los tendidos los parroquianos de todos los días recriminando la falta de compromiso y la pierna retrasada de Castella contra los que van a venir sólo un día a la plaza y no paran de contradecir a los otros, jaleando al francés no porque les guste lo que hace, sino por joder a los abonados. Mientras Castella tragó y encimó lo suficiente para, con una estocada casi entera, llevarse una de las orejas más festivaleras de la semana. Barata la oreja, pero ellos son los que pagan nuestra afición. O eso dicen.


Y el futuro imperfecto de Roca Rey. La moneda la cambia el que la tiene, y él parece que no va a cambiar nada viendo lo fetén que le va con el arrimón y el tremendismo. El futuro ya está aquí, y es él, pero pasa como con la nueva política: que es igual que la vieja. En su primero, "Jornalero” ya con las verónicas a pies juntos enardece a esa gente que no les gustan los toros pero sí les gusta los toreros. Tras brindar al público, y con el mentón cosido al pecho, le pega dos pases del celeste imperio, dos banderazos,  dos ayudados por alto y una espaldina (ese toreo de mucho acompañamiento y nulo mando) que cortan la respiración del sufrido público. Quedaba la duda de si adelantaba la pierna, que es lo suyo. Pero fue al revés: la escondió más si cabe. Roca Rey maneja con precisión quirúrgica ese balanceo entre en el que cada vez que sube la  tensión ambiental a base de valor y arrojo baja hasta los infiernos su interpretación del toreo, encimista y abusivo ante un cadáver en vida. Eso le vale la ovación ante un toro difunto, el primero, pero ante su segundo, "Barones” al que sus quites por gaoneras de medio pecho calientan las manos de los no asiduos, su toreo de banderazos ya no vale, porque Barones sale suelto en banderillas, enterándose de todo, y con más miedo que vergüenza se emplaza cerca de toriles. Roca Rey le pega tres por alto y canta la gallina del todo el de Jandilla. Con la izquierda se cae y se va, así que más por la derecha. Lo que principió en el 7 claudicó en el cuatro. Ahí ya se pegó el arrimón final, con pases de reolina y abuso, con esa antiestética contorsión lumbar para simular que está tirando del toro, cuando lo que hizo en puridad fue estrujarlo sin piedad. El estoconazo hasta los gavilanes no sirvió para que tocase pelo, pero qué más da todo eso, si los que le han aplaudido mañana no van a volver a la plaza.

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