lunes, 2 de julio de 2018

Elogio y crítica de José Tomás, o todo lo contrario









Se han reforzado los trenes. Reconozco varios rostros que me son familiares de los domingos tristes en Las Ventas; también localizo a toda la panoplia de aficionados de esos que se llaman toristas, que no pueden reconocerlo en público, pero que pecan como muchos de nosotros, y van a ver a José Tomás, como si eso no fuese compatible con ver a Chacón con la de Saltillo. Tertulianos de la caspa, músicos de la movida, futbolistas retirados y gomosos de nuevo cuño dan forma al abigarrado bodegón de tomasistas.

Iba leyendo a Ralf Rothmann: “El silencio, el rechazo absoluto a hablar, especialmente sobre los muertos, es un vacío que tarde o temprano la vida termina llenando por su cuenta con la verdad". Tenía pensado quedarme con lo que viese, sin más propaganda. Además, es difícil escribir de José Tomás, entre panegiristas y palmeros, pero al leer a Rothmann pensé que quizá alguien quisiera eso mismo, una verdad sin pretensiones. Y fue como sigue.

Algunos creen que vienen al encuentro del toreo puro y de la verdad insobornable, sin querer reconocer que lo que buscan en puridad es algo que sucedió hace quince años. Porque, asumámoslo antes de nada, este José Tomás es solo el Pigmalión de aquel otro. Y uno se engancha a la cola de un recuerdo, pensando ingenuamente que al evocar todo aquello se recreará de nuevo, como por ensalmo, el aroma indeleble de entonces.

Los que acuden a ver a JT, el público, enseguida delatan que su interés gravita en torno a un acto social y no demasiado en la órbita de los toros. Ellos acuden a presenciar una aparición, un cometa que sólo pasa cada tanto, y del que ellos pueden dar fe y jurar que lo vieron. Aplauden cuando no ocurre nada, no aflora el más mínimo interés por las condiciones del toro, se asustan cuando se pica, y si el toro no aguanta cinco lapas de recibo abuchean, ni siquiera con palmas de tango - por creer que el lote viene impuesto-  sin imaginarse ni por un segundo que el culpable es al que vienen a elevar a los altares.

A José Tomás hay que olisquearle; fisgonearle, estar en su mismo espacio y adentrarse en su Matrix, incluso para osar ofenderle. No desde el sofá, beatificando en Tuiter o afilando la guillotina mediática. O deletreando la cátedra meliflua en 140 caracteres. O viendo las dos dimensiones, siempre viciadas, de los vídeos y periscopes, que insinúa más de lo que enseña. Joseto no hay comparación que lo soporte. Siempre estará por debajo: o de lo que se espera de él, o de su sombra, incluso de su milimetrada y marquetiniana leyenda.

Así y con todo, la brecha entre lo que JT atisba y lo que el resto ni siquiera son capaces de insinuar es tan insolentemente profunda que haría falta un equipo de sismólogos para darle un nombre. Hay tres hitos que en el resto apenas averiguamos. El primero se lo leí a don Ignacio Sánchez-Mejías, el de ahora, y es que ahí donde José Tomás se planta “los toros se sienten agredidos, y es cuando embisten, y se los pasa muuuy cerca”. Lo siguiente se lo leí a José Vega, el contemporáneo también, y tiene razón cuando apunta lo adelante que les echa la muleta, logrando embarcarlos y llevarlos en largo, más allá de la cadera. Y el viernes mismo, a la salida de la plaza, alguien articuló con brazos y arabescos esa manera irreproducible de pulsear al toro, ese lívido, imperceptible toque de la muleta que imanta al de enfrente, que es lo más parecido a lo que los viejos del lugar decían que era "mandar". Mandar y poderle al toro, que a fin de cuentas es lo que transmite. Y nada más.



El que ha hecho quinto es como el segundo. Y como el resto, qué leches. Puede que un punto por encima en cuanto a movilidad, el buen son que a veces le he leído a Barquerito. Pero nadie que haya probado antes la casta y la emoción pagaría por ver esto sin saber de antemano a lo que se expone. Animales sin apenas cara, con los remos más flojos que los de las barcas del Retiro, huidizos como los que defraudan al fisco, y con ese semblante bisoño que hacen parecer al perro de Scottex el mismísimo cancerbero del Infierno. Es la misma materia inane y terciada que para Perera, que para todos los demás, pero JT holla en otros terrenos. Nunca enmienda los talones, ni rectifica sobre la marcha. Se asoma a un precipicio, un abismo de dos palmos que separa a Joseto del resto, casi incluso de sí mismo. Y como sentencia el que está sentado detrás de nosotros (justo antes de arengarle con un "José, tú pa mí eres el Rey"): torea la misma mierda que el resto,  pero a éste le embisten. Al día siguiente Luis Cano, como un zarpazo, sintetizó todo en una frase: “con sus imperfecciones, el toreo es eso en lo que uno no se deja y otro quiere poderle; por eso hoy después del quinto ya sólo queda el vacío”.

A los mitos no se le exige. Se le idolatra o se le odia, sin más. Carga Joseto con la dudosa, impuesta responsabilidad de salvar él solo todo esto, de ser el albacea de todas nuestras esperanzas. Le retenemos en la memoria como el soldado acarrea el retrato de su novia en la guerrera, y nos dejamos embaucar por sus esporádicos advenimientos, elucubrando quizá con que su sola presencia y los aplausos que anuncian superávit de orejas cicatricen los males, y alguno se creerá que mañana La Fiesta se levantará, como Lázaro, y todo volverá a su ser. Pero cuando los demás no paran de salir en los medios, él no para de esconderse cada vez más.  Cuando los demás hacen anuncios y libros, su publicidad es esconderse para salir de poco a poco. Cuando más compromiso le pedimos, más liviana es su exigencia. Cuando más falta hace José Tomás, con toros de trapío y casta, más parece que él  menos necesita de nosotros.


Aún hay tiempo de pensar en lo que dos señores endomingados, entrados en años y alcohol, rezongan a nuestra espalda en el tren: que si no son dos orejas, o que si no hay otro igual. Y me quedo ensimismado en lo mío, dirimiendo si soy de los unos que piden justicia, o de los otros que piden venganza.



No hay comentarios:

Publicar un comentario