miércoles, 27 de mayo de 2020

Todos sus enemigos le llaman Cayetano







Yo a Cayetano le odio desde la Eurocopa del 2008. Por más que lo intento no soy capaz de evitar acordarme cómo su primera tarde en Las Ventas, la de su confirmación de alternativa (si estás rodando anuncios de Loewe ¿qué necesidad hay de ir de novillero a Madrid?), iba yo por la calle abajo como el de la rumba cuando a la altura del semáforo de El César descendió de un taxi una versión evolucionada de la guapa de mi clase, pero con más trapío, entre vaporoso y sureño. Uno no sabe cómo huelen las diosas, así que hasta que no firmó el primer autógrafo junto a dos reventas en la explanada no acerté a saber que era Eva González. Siempre he sido bastante zote para los entresijos del papel cuché , de ahí que entonces sólo fuese capaz de articular, como para mis adentros: “Ya ves tú: Casillas parando penaltis en Austria y su novia yendo a los toros a ver a Cayetano”. Lo concedo de inmediato: luego todo se precipitó y así fue mucho más fácil cultivar la envidia.

Cayetano como torero sigue siendo una quimera indescifrable pero el Cayetano civil, el yerno que toda charo anhela, ese Cayetano da para un estudio de la Johns Hopkins. Hijo de inmortales, hermano de mediáticos, sobrino de custodios del pellizco, su libro de familia son veinte páginas de El Cossío. Cayetano tiene estudios, vocaliza cuando habla y su gramática te hace volver a confiar en la educación pública. Eternamente barbilampiño, Cayetano desfila como torea, es el Dorian Grey castizo, como si su pacto con el diablo lo hubiese avalado el mismísimo Giorgio Armani. Pero ser un tío bueno tiene repercusiones, y tener que dar la cara es una de ellas. Ahora que en Andalucía están con la desescalada de las cuadrillas ha salido asimétricamente Cayetano a defender a los suyos: “ ¡Mi cuadrilla es mi familia! Y no torearé ninguna corrida de toros sin todos ellos”. Y hace bien, yo le alabo el gusto. Ha sido una declaración de intenciones, un pacto mosquetero y fuenteovejuno, algo tan ochentero como el “sólo no puedes, con amigos sí”. La realidad que no es para la galería pero sí viene detallada ya en un convenio es otra: Cayetano es grupo A, por lo que su cuadrilla es fija y ha de torear siempre con ella, se ponga la Junta como se ponga. Pero esto es más enrevesado de lo que nos venden y no sólo del antitaurinismo viven las bases: el escudo protector de Cayetano ya no sólo estorba por ser taurino, lo que no se le perdona es que sea inapelablemente elocuente. Aparte de tener argumentos Cayetano, cuando sale en la tele, ya no es sólo para salvarle el culo a sus hermanos; hay un parte de sociedad no taurina ahí fuera que es incapaz de pillar a Cayetano en un renuncio. Es más, no aceptan que un torero no se trastabille al hablar, o que sepa más idiomas que ellos, que los buenos modales también quieran asaltar los cielos y que, en definitiva, no recurra siempre al comodín de Picasso o Lorca. Y encima, macizo. Esa es la parte de España que no se explica sola, ni siquiera en las mesas-camilla televisivas, que esto ya lo diseccionó Bismarck con precisión de entomólogo: “España es el país más fuerte del mundo, lleva siglos intentando destruirse a sí mismo y todavía no lo ha conseguido”. A Cayetano, que de tonto no tiene un pelo, los aficionados cabales le afean (¿puede residir algo en Cayetano que no sea lindo?) que no destile esa perseverancia patriarcal también cuando las tropelías se conjuran en los asuntos internos de los corrales a los despachos, de los pitones a las novilladas. Alguien como él, que además de su voz ponga a disposición su voto, que la casa de Bernarda Alba no se arregla únicamente con Pepe El Romano pavoneándose fuera a caballo. 

Y ahí, si él quisiera, yo podría levantar una brizna el pie del acelerador de la tirria que le tengo, pero que el resto de facetas las haga tan hermosas y tan bien, como diría su tocaya, no se lo perdonaré jamás.



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