jueves, 15 de junio de 2023

Qué no daría yo por empezar de nuevo





 

Texto originalmente publicado en el boletín de  La Asociación El Toro de Madrid.


Qué no daría yo por repartir este boletín y que no me lo rechazasen ―como hacen la mayoría de las ocasiones, con gestos condescendientes y algún que otro manotazo al aire― todos los que en la puerta del patio de arrastre declinan el ofrecimiento. Lo que no es de recibo es que este impreso ―engendrado con tanto esmero y tan pocos medios que casi parece obra de artesanos, carente de toda intención recaudatoria o especulativa― no llegue a más gente, y no me refiero solo a los de un tendido. No digamos ya que se logre entregar uno de estos boletines a alguien con el poder mediático suficiente como para darle naturaleza de publicación fiable. Pongamos por caso, qué te diría yo, que Rubén Amón aceptase un ejemplar de esta “La Voz de la Afición”. Si hay un miembro de un gremio mediático ―el periodístico― aficionado a este vicio en vena― los toros― y que dispone de altavoz y retórica, Amón sería nuestro hombre.

Sí, ya sé, su ideario taurino descansa en las antípodas del nuestro, que en cuanto tiene ocasión se afana en emitir ciertos juicios de valor tensando un arco opinativo que abarca desde sus gustos geopolíticos (“Cuanto más vengo a La Maestranza menos me gusta Las Ventas”) hasta sus argumentos con reminiscencias casi místicas (“Por eso el 7 es una abstracción, o una categoría que identifica al aficionado cabreado y fundamentalista. Lenguaraz. Faltón. Y provisto de una extraordinaria resistencia, al límite del síndrome de Estocolmo”). Por esto mismo yo sí que alabo las propiedades redentoras de la lectura de este boletín ­­ya ves tú: ¿qué mal le puede ocasionar a nadie una docena de artículos firmados por aficionados? porque travestir cada poco a la Asociación El Toro de Madrid con el tendido del 7 es tanto (tan poco) como meter en el mismo saco al propio Rubén Amón y, un suponer, a Manuel Vicent, justificando que ambos son periodistas.

Porque, como fabulosamente sostiene Rubén Amón, el 7 es una abstracción intangible, el comodín del público, no sabes quiénes son, pero ahí están, un ente disperso pero muy socorrido contra lo que siempre se puede arremeter. El 7 es todo lo que pensamos en privado, pero no nos atrevemos a compartir en público; el 7 es el causante del cambio climático, el 7 es el cuñado en la cena de Navidad, el 7 es el perejil de todas las salsas, el 7 es el ministro Bolaños en todas las recepciones oficiales.

Y además, por qué no decirlo, se ha conseguido degradar el ritual de la corrida de toros hasta rebajarlo a la categoría de atracción de feria: se ha fomentado el ir a los toros ―concretamente a ese tendido maldito― para emboscarse entre la frondosa maleza de aficionados, y así poder rezongar allí cobardemente, cada uno sus miserias contra todo y contra todos, para luego poder jactarse entre colegas de que aquello del 7 “no es para tanto”.

Yo sé que aquí hozamos pantanosos terrenos de perpetua dicotomía moral, de si esta Asociación es el 7 o el 7 es esta Asociación, de si uno es causa y lo otro es efecto, o viceversa, y no se sabe qué fue antes, si el huevo de la Asociación o la gallina del 7, y esto los medios de comunicación lo manipulan con precisión suiza. Es como si las dos Españas de Antonio Machado quisieran todavía helarte el corazón, y siempre tienes que elegir: la España de los cánones clásicos y el toreo eterno que latirá indeleble en tu cabeza ya para siempre o la España de las Cánones, y las Nikon y las Kodak, que te inmortalizan un instante, pero te asesinan la emoción. O eres de parar, mandar y templar (como toda la vida de Dios) o eres del clavel, cubata y orejas (como el público de última hora). Todo chirría porque todo es excluyente.

No hace falta tener un teclado o una alcachofa para saber que ni todos los borrachos están en el 7 ni en el resto de la plaza se traga con todo. Es peligroso ser exigente en otros tendidos, camaleónico esfuerzo, casi una osadía: las miradas furtivas de los ocasionales, el alcohol como mecha que galvaniza la tarde, la vergüenza al qué dirán mis compañeros de abono si protesto un toro mutilado o una oreja injusta… a sabiendas de que existe un reglamento y una jurisprudencia en la Lidia que, más que para ser cumplidas y honradas, se demonizan sistemáticamente. Y, no lo duden, se seguirán empañando mientras haya algo que obtener a cambio.

Esto entronca meridianamente con lo que dejó dicho Albert Einstein de que la educación es lo que queda después de olvidar lo que se ha aprendido en la escuela. Esa españolísima y fea costumbre, ahora más vigente que nunca, de llevar la contraria por cojones o por razones, se acompaña del eco propagandístico de los medios que no disponen de más repercusión que el ser escuchados por los mismos de siempre, en los canales de siempre, azuzando al afín para conseguir que sus mantras endogámicos retumben dentro de su propio barco, como en esas pelis de romanos donde se ve a un centurión con un látigo en la bodega marcando el ritmo al que han de remar los esclavos.

La opinión es algo intrínseco en cada uno, más si cabe la que se emite en los toros. Todos tenemos la nuestra, pero exponerla siempre en público acarrea el peligro de quedar en ridículo. Tendemos a hacer uso de todo lo que está permitido, pero el reverso tiene otra lectura: que no te lo prohíban no significa que sea obligatorio. El criterio; lo que prevalece es el criterio. Si tú abogas por la pureza del enfrentamiento, de la lucha descarnada en el ruedo sin más artilugios que los inherentes a los adversarios, que cada combatiente disponga con garantías de su artillería, lo que no puede ser es que recule en mi criterio cuando torea el de mi pueblo o cuando viene Roca Rey. Porque la honradez se hace añicos cuando la damos categoría de capricho, la entereza moral de cada uno se empequeñece si la confeccionamos a la medida de según cada quién y cada cuándo.

Yo sé de miembros de esta nuestra Asociación que abjuran sin malencararse de todas las corruptelas que acechan a la Fiesta. Gente de bien, algunos incluso con hipoteca, otros con estudios superiores que escriben sin faltas de ortografía, también los hay a quienes en la declaración de la renta le sale a devolver. Y aun así son aficionados que o no están en el 7 protestando o sí están en otros tendidos demandando lo que está escrito en el Real Decreto 145/1996, de 2 de febrero, por el que se modifica y da nueva redacción al Reglamento de Espectáculos Taurinos. Se puede ser riguroso sin faltar el respeto; se puede ser un borracho sin tener ni idea de dónde está uno. Se aboga por el cumplimiento de la norma escrita y de unos valores tácitos. En defensa de la meritocracia, ya se ha escrito en alguna otra ocasión, no está de más desempolvar esta cita de Lord Kelvin: "lo que no se define no se puede medir. Lo que no se mide, no se puede mejorar. Lo que no se mejora, se degrada siempre”. En algún sitio ha de sublimarse la virtud, si no existiesen Las Ventas habría que volver a levantarlas.

De momento, y hasta que algún periodista genuinamente mediático, quiera honrar el nombre de este boletín y dar voz a la afición, uno reparte el resto de los ejemplares que le quedan y al finalizar, con las manos en los bolsillos sin echarle cuentas a nadie, contrariado pero satisfecho , se perfila camino de su localidad tarareando, como un presagio, aquella tonadilla de Rocío Jurado que no se me va de la cabeza. Para empezar de nuevo.


No hay comentarios:

Publicar un comentario