lunes, 7 de febrero de 2022

Inicio de temporada

 





Texto originalmente publicado en la web de La Asociación El Toro de Madrid.



Lo bueno de la rabiosa actualidad es que no deja espacio para temas menores, asuntos triviales de poco recorrido en lo periodístico pero que en épocas de vacas flacas informativas lo mismo te vale para arremeter contra el gobierno que te sirve para que el becario escriba su primer artículo.

 

Ahora con temas sesudos como  la injusticia de la votación del festival de Eurovisión, o críticos en la agenda social como el desliz en el voto telemático de un señor de Cáceres en la reforma laboral, parece que los medios dan algo de tregua a los que nos gustan los toros, que de manera oficiosa empezamos este fin de semana otro capítulo más del culebrón de amor-odio que temporada tras temporada nos amarga y hace rabiar tanto o más que las alegrías esporádicas que a veces nos compensan tantos disgustos.

 

Aquí entra el juego el termómetro de afición que cada uno se calibra, no para todos los taurinos los toros se marcan en el mismo calendario, hay un traje a medida para cual. Para algunos el banderazo de salida es el callejón de Olivenza. Estos son los oficialistas. Luego están los clásicos, que empiezan la temporada en Castellón; están los morantistas que no descansan nunca, los capillitas que hasta farolillos no asoman. El mejor de todos es el mediático, que está en todos los saraos, pero se le desagua lo que ve por el sumidero de las redes sociales, que ahora lo que se lleva es compartirlo aunque no lo experimentes.

 

Para el resto nos queda Valdemorillo, Ajalvir cuando se da, que a veces puede más la nostalgia de ver toros en directo que el frío polar de latitudes ajenas. Allí todo suena distinto, huele a otra cosa: talanqueras enfilando las calles, charanga de bombo y vuvuzelas, fritanga de polígono industrial, explanada con carpa y caldito hirviendo.

 

Al final, no nos engañemos, nuestra imaginación es más potente que la realidad. Siempre sucede así: en lo más hondo y amable de nuestra memoria habita, hendido como una pica en Flandes, el recuerdo manipulado de un instante, una tarde, un algo que nunca jamás existió. Aplica para todo, pero en la cosa de los toros la vigencia de este autoengaño es norma: uno ya no sabe ni lo que vio, pero es más poderoso aquello que se quiere custodiar como imborrable, a sabiendas de que allí y entonces nada reseñable pasó. Un capote, a una mano, parando a un garlopo de salida. Un puyazo milimétrico en la yema. El parsote de banderillas en la cara del burel. Ahí va el medio pecho en el mismo embroque. Que la huela, pero que no la toque. La estocada, hasta los gavilanes.

 

Nada de eso sucede, y cuando emana se queda ahí; se suda ahí, se llora ahí, y luego es imposible reproducirlo en palabras, obras u omisiones, por mucho empeño que uno ponga.

 

Yo por si acaso he desempolvado lo que guardo. Mi patria cabe en una bolsa de playa, ahí hiberna mi ecosistema de aficionado, en ella alojo dos almohadillas combadas por la piedra del tendido, una bolsa a medias de pipas ya rancias, unos prismáticos del Decathlon para poder protestar con razón el golletazo infame o el pantallazo que se hace con la muleta, también tengo ahí el último y macilento programa de mano, emborronado de anotaciones.

 

Revisando esas notas encuentro escrito aquello que Gregorio Corrochano le dejó escrito a Gitanillo de Triana:

 

-          Dime, Curro Puya, ¿se te para el corazón cuando toreas? Porque ayer creo que se paró el mío viéndote torear.

 

A ver cuántas veces se nos para el nuestro este año.


domingo, 26 de septiembre de 2021

Nuestro nuevo tieso favorito



                                                                   

 


El azar, que siempre pierde ante la primacía de la certeza, ha querido que sigamos este verano, en vivo y telemáticamente, las bizarrías de Isaac Fonseca,  y aunque estas palabras informales son fruto de una conversación a cuatro regresando en coche de ver a nuestro nuevo tieso favorito en Cenicientos (y quizá también de dos o tres parrafadas compartidas con aquellos y otros íntimos por guassapp) hoy que Isaac estará como el coronel, sin tener a nadie que le escriba, sirvan estos dos párrafos para apuntalar lo que una vez ya dejó escrito T. S. Eliot:

 “esta dedicatoria es para que la lean los demás:

estas son palabras privadas que te dirigimos en público”.

 

Yo no sé si creerlo, pero la leyenda rural afirma que se hizo torero, o se desloma por serlo, exclusivamente para comprar una lavadora a su abuela. Realismo mágico aparte, no parece que esa ofrenda a la yaya sea para hacer la colada del terno azul pobreza y oro que lsaac ha ajironado justo hasta ayer. Se lo habíamos visto tantas veces, desvaído y sin brillos, que las luces de su traje parecían estar siempre con la última raya de la batería: ahí también había algo de pobreza energética. Pero ese terno, que se soldó como una epidermis más, le ha hecho alumbrarse (aunque fuese en horario valle) como un superhéroe de la Marvel, que de civil y comprando lavadoras tiene nombre y apellidos,  pero por lo criminal (desde Villaseca hasta los circuitos efeteleros)  se podría anunciar con un sustantivo en inglés que irremediablemente terminase en el sufijo man.

En una de esas digresiones entre íntimos salió el nombre de Plá a colación, porque de la divagación literaria surgió el teorema para explicar a Isaac: “la desgracia es literalmente inevitable y cuando aparece, por la razón que sea, su excepción, la suerte, su presencia nos inunda de luz inusitada y maravillosa, es algo que tiene el frescor de la sorpresa; es una propina”. Y Fonseca, que tiene más de Frijoliito de culebrón que de novillero con apoderado famoso, ha fundado una religión secular, una Ilíada de andar por casa, la cual se cifra en un recato menesteroso al verle pasear orejas y trofeos por esos templos laicos del torismo que pareciera más, con el mismo pudor y modestia, que está pasando el cepillo en la parroquia de su Morelia, Michoacán. 

Ayer estrenó terno, pero jubiló su épica, y se nos apagó otra luz (más pobreza energética), el faro al que seguir aunque sea para naufragar de nuevo. Aún hubo tiempo de sacar a relucir otro hito más: en Cenicientos brindó el último de la tarde, sin alcachofas del Plus de por medio, a dos chavalines que no paraban de hacer trastadas en la primera fila del tendido vacío. No se oyó lo que les dijo, parecía más que pedía perdón y no permiso, puede que los niños ni supiesen lo que se les estaba ofreciendo, pero nosotros sí que estuvimos cavilando, en el camino de regreso, sobre aquellas palabras privadas que Isaac, como el poeta, quiso susurrar en público.



miércoles, 4 de agosto de 2021

El diván de Morante



Lo de Simone Biles lo lleva padeciendo Morante veinte años. Tener que reivindicarte una y otra vez, rondar siempre la excelencia delante de haters y advenedizos, aliñado todo ello con una salud mental porcelánica, ya tienes ahí la pócima que legitima a los eruditos de las redes antisociales, cuñados de la nadería, jugar a ser leyendas con el arte de los demás, que es otra forma de ponerse los cuernos ellos mismos.

Ahora al cigarrero le ha dado por reinventar la geopolítica ganadera, trazando un atlas de encastes vaciados y ganaderías a punto de descarrilar. Es decir: construir un castillo de naipes invencible sobre las ruinas de aquella estafa piramidal que el propio José Antonio, de consuno con otros iguales, había estado patrocinando. Lo que encabrona al aficionado de hormigón ardiendo y cerveza templada es ver que si alguien tenía condiciones, si alguien ha tenido la exclusiva del “puedo, pero no quiero”, si había alguna posibilidad, por remota que fuese, de que alguien frotase la lámpara maravillosa del toreo que no muere, ése es Morante. No se sabrá nunca si ha estado fingiendo todo este tiempo o le hemos estado engañando nosotros a él, convenciéndole de que con el duende era suficiente, que la esencia del momento le valdría la eternidad.

Adviértase la dicotomía en su diván: a un lado del ring de su tauromaquia aguarda la afectación belmontina, y al otro el pálpito gallista (pero ojo, que si José Antonio coquetea con la Alameda entonces su espejo no es José, sino Rafael). De Joselito ha pirateado el moquero en la chaquetilla y le ha sisado el escritorio labrado en madera. Del Pasmo ha tuneado el toreo cambiado y de ochos, el de expulsión, que es con el que uno se alivia cuando asoma la jindama.

A Morante no es que le haya dado una ventolera o un aire, en puridad su derecho de autodeterminación es un cambio climático en sí mismo, y así ha logrado que en 2021 se reverbere lo que ya en 2008 dejó escrito Gistau de otro que tal baila: “Hay quien diseña el verano errante clavando en un mapa una chincheta sobre cada ciudad en la que torea José Tomás, y estos seguidores constituyen una cofradía con conciencia de sí y memoria de platos y tragos”.

Vamos los negacionistas del morantismo por la Españita de Antonio Díaz mendigando su descalabro ―como esos duelistas de Conrad que se provocan tozudamente por todos los rincones sólo por el purito placer de hacerse daño― enumerando de carrerilla todos sus malditismos, sus espantás, quedando patente que los que le juramos odio eterno a su toreo moderno sabemos más de su hemeroteca que los panenkitas taurinos de patillas-hacha y poleras de Scalpers.

Cuanto más analizamos a Morante más nos explica él quiénes somos nosotros, sin saber aún qué fue peor, si el haberle consentido todo o la malversación de un talento así.



jueves, 11 de mayo de 2017

¡A los toros! (según Joaquín Vidal)


Empezó la Feria de San Isidro y todo el mundo quiere ir a los toros. Quizá se exagera: hay quienes ni ahora ni nunca irán a los toros, pues se lo impide su religión. Pero, salvo ésos, Madrid entero, más los vecinos de la Comunidad y provincias adyacentes, aspiran a ir a los toros durante la feria. Y es un problema, porque en la plaza de Las Ventas no cabe tanta gente. Los que desean ir a los toros en la feria recurren a las amistades. Quieren un par de entradas para cualquier día, les da igual. Aunque no exactamente. Al decir "cualquier día" se refieren a aquellos en los que toreen Joselito, Ponce y Rivera Ordóñez, mejor si están los tres juntos en el cartel. Y las entradas, que sean buenas, cerquita del ruedo, preferentemente donde se suelen poner los famosos.
Los aficionados de siempre tienen sus reservas ante tanta expectación. Los aficionados de siempre, llega San Isidro y se hacen cruces, temerosos de lo que se les viene encima. Allí, una masa desinformada y arbitraria cuya única aspiración es ver muchas orejas, y que impondrá en el tendido su triunfalismo por la fuerza de la superioridad numérica. Este público triunfalista se pasa la tarde aplaudiendo. Empieza en cuanto suena el clarín y ya no para hasta que arrastran el último toro. Recuerda mucho al de los conciertos. Uno -que le tiene ley a la música sinfónica y ha ido lo suyo al Real y al Auditorio- no recuerda haber asistido jamás a un concierto en el que, al acabar, no se viniera abajo la sala de aplausos y de vítores. Se supone que alguna vez errará el contrabajo, entrará a destiempo el fagot, se descuadrarán los violines. Pero da igual. Concluida la pieza, estalla una ovación que funde el misterio. Y el director ha de salir a saludar cinco, seis, diez veces, y cada vez le da la mano al concertino, y se descoyunta a reverencias.
Los madrileños están de un aplaudidor subido, y en esto también se nota lo que han cambiado los tiempos. Antaño los madrileños les infundían un respeto imponente a los artistas, que habían de hilar fino; en el concierto, no desafinar; en la corrida, no meter el pico de la muleta, por lo que pudiera suceder. Una vez, en el viejo coso de la calle de Alcalá, porque los toros salieron malos, el público se fue a quemar conventos. La posguerra vino con mucha hambre, pero también con mayor moderación. En lugar de liberar frustraciones quemando conventos, el público pronunciaba discursos durante la lidia. Solían empezar mentando al gerente de la plaza: "¡Don Livinio!". Y, a partir de ahí, el repertorio de cargos. Don Livinio Stuyck está siendo muy glosado estos días, pues creó la Feria de San Isidro, hace medio siglo. El orador principal de la plaza era El Ronquillo, un taxista abonado al tendido 7 al que llamaban así no por ofender, sino porque estaba ronco. Le seguía Juanito Parra, éste en la andanada del 8, que de ronco, nada: poseía una privilegiada voz de tenor y tenía más gracia. Ambos murieron ya, y los aficionados antiguos les echan de menos. También echan de menos a don Mariano y a la Tumbacristos, que no se han muerto; lo que se les ha muerto es la afición. Don Mariano dejó de ir cuando vio cómo sacaban por la puerta grande a un torero que había matado de un bajonazo. Se echó las manos a la cabeza, dijo "éste es el fin de la fiesta, que talle otro", se marchó y no ha vuelto a pisar la plaza. La Tumbacristos, por el contrario, jamás dijo esta boca es mía. Se sentaba en la andanada del 9, prietos los muslos, el bolso encima, monolítica y adusta, y a Juanito Parra le daba miedo. Influía el mote. Juanito Parra y muchos más creían que le venía de turbulentos episodios. Nunca supieron que se lo habían puesto don Mariano y su vecino de localidad, el coronel Echalecu, porque llevaba colgada del cuello una crucecita de plata, y, como era muy tetuda, la crucecita se quedaba horizontal encima de aquella enormidad. A la Tumbacristos acabo de verla sentada a la puerta de un centro de la tercera edad de la barriada de Las Ventas. Conserva el porte monolítico, los muslos prietos, la pechuga, la crucecita y el bolso. Estuve por invitarla a los toros. Pero la miré, me miró y, por la cara que puso, un elemental sentido de la conservación me indujo a seguir mi camino, silbando "El sitio de Zaragoza".

Joaquín Vidal, artículo publicado en "El País" el 13 de Mayo de 1997

lunes, 31 de octubre de 2016

Frascuelo en lo de La Orson





Cuando, remontando Tirso de Molina, atisbaron al del traje azul oscuro-mentón afilado, gafas de sol ochenteras, patillas curradas, y un flequillo que no llega a ser tupé - uno de los hipsters le suelta al otro:
-Mira tío, el Johnny Cifuentes. El de los Burning.
Y yo quería decirles que no, que era Carlos Escolar, Frascuelo, matador de toros, que vamos ahora a echar un rato con él, con los de La Orson, hipsters como ellos, postureo del fino, que lo underground ahora es el activismo taurino,  en una cava subterránea para más inri, en una bodega enterrada bajo tierra, como una timba furtiva . Como si lo proscrito nos atrajese únicamente porque quieren prohibirlo.
Pero veo a Frascuelo ganar el vano de la librería donde vamos a oírle hablar de toros, y me sumerjo como muchos otros en las bodegas de Madrid, dejando a los hipsters atusándose la barba y haciendo apuestas de cuántos de los Burning quedan vivos.
Con un vocabulario ya en desuso, con ademanes de puro castizo, acompasado por gestos que reforzaban un discurso conocido por todos pero ignorado por la mayoría, un discurso torero de palabras ya difuntas, con un silencio de ópera, Frascuelo nos transportó a un  tiempo que se paró hace cuarenta años,  y reconoció lo bonito que era  para él hablar de toros en un sitio así, “aunque parezca que estamos en un búnker de refugiados, como si fuésemos tránsfugas". Porque el toro, para él, es una expectativa, una manera de expresarse, y una fiesta de costumbres del pueblo español (“aunque la fiesta de los toros no es nacional, no lo olviden; la fiesta de los toros es de todo el mundo”) en un tiempo donde todos los niños querían ser torero, o boxeador o cura, tres cosas muy importantes  entonces, y que hoy no sólo están mal vistas, sino casi perseguidas.
“De muy chico yo ya iba a las capeas con mi padre, que era un fenómeno, en una bicicleta que él tenía. Con 12 años en Vaciamadrid fue mi primera vez: le pegué tres muletazos a una vaca- que eran las que arreaban-  y luego ella me tiró… que también fue mi primera vez. Por entonces conocí a un primo de la Pantoja, me llamó la atención su sombrero cordobés, conocía a todos, muy aficionado; fue el primero que me decía donde eran las capeas y así me inicié. Luego conocí a un banderillero que era muy conocido entre los taurinos, Calderón, que era familia del Calderón sevillano  que descubrió a Belmonte. Él me presento a los Álvarez, que fueron como una familia para mí, los que me empezaron a apostar fuerte y a ponerme en todas los carteles. Todo va sobre ruedas, y es ahí cuando se da uno de los puntos de inflexión de mi carrera: la muerte por accidente de Luisito Álvarez. Me paraliza, como un bloqueo. Pienso en dejarlo, al no estar ya Luisito conmigo. Entonces fue cuando  entré en la casa Balañá.  Don Pedro Balañá me convenció (en contra de su mala prensa, tengo que decir que don Pedro era un gran taurino. Con sus cines, sus teatros, pero era gran aficionado, llenaba más de una plaza en Barcelona simultáneamente. Lo que no le gustaba era lo que rodeaba a los taurinos, esa manera de “manejarse”. Pero yo tengo un gran recuerdo suyo). Entré todas las plazas de la familia, pero yo lo que quería era torear en todas las ferias. Y ahí apareció la Casa Chopera. Vicente Zabala ya lo había puesto en un titular en grande en ABC: “Frascuelo entra en la Casa Chopera”. Nunca olvidaré la noche que pasé en el tren desde Madrid a Barcelona, para explicarle a primera hora de la mañana a don Pedro el titular. Para mi asombro, don Pedro más que enfadarse, una vez más, se comportó como un señor, y entendió mi postura, dejándome la puerta abierta si las cosas con los Chopera no funcionaban. Y en el setentaycuatro tomo la alternativa en Barcelona, de manos  de Curro Romero, con un toro de Juan María Pérez Tabernero. El otro era Paco Alcalde, quien también recibía la alternativa. Yo ya estaba en figura, iba todo rodado, hasta que pasó lo del Bilbao: cornalón gravísimo, que me tiene parado un año. Y luego ya todo cambió…”.
Y ya no hubo más biografía ni más memoria de la trayectoria de Frascuelo. Es como si lo que vino después no tuviese importancia. Lo más reciente parecía lo más lejano. Y ahí Frascuelo, lacónico y entrecortado, ya sólo habló de su credo y de  su manual de andar por la vida como un torero:
“Ahora se hacen cosas técnicamente inimaginables, pero carecen de alma, y no llegan a los tendidos. Puede que eso explique muchas cosas”.
“Antes había hambre, no sólo por ser entrar en las ferias, también en los tentaderos,  era difícil incluso que te dejasen hacer tapia. ¡Incluso era difícil llegar a las ganaderías!  Yo le debo mucho a los trenes de mercancías. Incluso en los tentaderos había jerarquía, respeto. Ahora los chavales si no les gusta te dicen: ` siguiente vaca,  maestro´…”.
“Yo le llamo Napoleón. Conozco a Simón Casas desde que quiso ser torero. Y creo que puede traer ideas nuevas, porque las tienes. Un bombo donde se sorteen toros y toreros… y que me meta a mí en San Isidro, alguien nuevo y con ganas”.
“Las dos cosas más importantes de la vida son parir y darle seis muletazos a un toro en Las Ventas. Y yo sólo puedo hacer una de ellas”.
“No es lo mismo movilidad que desplazamiento. El toro de antes se desplazaba, y te aguantaba diez, luego ya no podías darle ni uno. Lo de ahora se mueve. Pero es otra cosa”.

Y así salimos de las profundidades del Madrid sepultado,  pensando en cuánto invierno nos durará el relamernos con la torería del decano, antes de que la realidad del día a día nos devuelva de un sopapo a esa realidad que nos anega día a día, la que diseccionó Frascuelo bajo la bóveda  orsoniana y clandestina de ladrillo visto.

Y los hipsters sin saber lo que se pierden.