lunes, 17 de abril de 2017

Vivir para contarlo, o contarlo para vivirlo




Foto de Ana Escribano (más en su blog pinchando aquí)


Aunque su cabeza se marchó mucho antes hoy hace tres años que nos dejó Gabriel García Márquez, pero antes tuvo tiempo de tallar con letras de yunque frases que martillean en la conciencia de uno cada vez que va a los toros. Verbigracia: “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda, y cómo la recuerda para contarla. La nostalgia, como siempre, había borrado los malos recuerdos y magnificado los buenos”. Ayer la vida que uno quiere recordar estaba en Sevilla, con entradas de sol y sombra a oncemil pesetas (de baratillo en Sevilla por Resurrección sólo queda el nombre del coso antiguo) y otro quite de Morante que, sumado a cada media que nos dispensa cada tarde suman ya una buena gavilla de verónicas en un año, quizá más), con lo que ese camino del “ya voy” condujo de nuevo a la casa del “nunca”.  Queda contar que uno estuvo allí, aunque no sucediese nada.
Y mientras en Sevilla se maquilla el recuerdo en Madrid celebramos  la nostalgia, que es lo que uno añora sin que llegue a suceder, y aunque  hace tiempo que divergen las dos fiestas –la de los toros es una, la del contar lo de Sevilla es la otra- aún queda  un finísimo alambre de funambulista al que uno puede agarrarse si lo que quiere es ver quién puede más, y no quién se rinde antes.  En Madrid todavía se puede opinar sin que te lleves el zasca de algún ocasional que con una mano te perdona la vida y con la otra sujeta el vaso,  y ayer en Las Ventas se pudo protestar los toros de Montealto – mastodónticos por fuera, vacíos por dentro que se movieron en los registros de la mansedumbre entre abanta y huidiza- y aplaudirle a Curro Díaz ese andarle a los toros, que es lo que selló ante “Campanita”, el jabonero que hizo quinto:  el prurito añejo de doblarse de inicio con el toro –el que a la postre más se movió y mejor obedecía- franqueándole la salida hacia el tercio, y esa intermitencia suya, tan telegráfica, ahora sí, ahora no, y esa duda eterna de qué sería de Curro si su cuerpo cruzase el Rubicón de su toreo.

De José Garrido nos quedamos con su gran capote -de bueno y de enorme-  y lo que hizo o dejó de hacer con “Bordador”, el castaño listón que lidió en su segundo acto,  que fue como una de esas chinitas que se te cuelan en el zapato y no te dejan ni andar ni estarte parado.  Es Garrido el paradigma del torero que viene arreando, que acumula méritos en plazas como Bilbao, pero cuando tiene que cantar en las oposiciones de Madrid se queda en blanco, o le ha tocado otro tema.  A Garrido se le espera porque maneras tiene,  en su mano está, como dejó dicho Gabo, borrar los malos recuerdos y magnificar los buenos. 

lunes, 10 de abril de 2017

Lo de Victorino el Domingo de Ramos. Ni lo bueno de Saltillo, ni lo bravo es Ibarra.



Foto de Arjona para Las Ventas



No todo el mundo lo sabe, pero el minuto de silencio es por Adrián, al que le han robado el mes de Abril, el que guardaba en un cajón, con una foto de Rafaelillo de la mano dando la vuelta al ruedo, y un corazón infinito que, como en la canción, deja esto más triste y yermo que un torero al otro lado del telón del cielo. Queda también otra lección no exigida: hoy Adrián nos enseña que en los toros no sólo uno se juega la vida en el albero.

La corrida en sí ya se había lidiado en Twitter, que es donde uno sabe si los toros han dado juego mucho antes de que salgan por toriles. El afiche de Jerome Pradet circulando por las redes sociales hace días, las fotos de los toros rulando como moneda de cambio en la tauroesfera (a Bosquimano, anunciado hoy, le sacaban un parecido razonable a Domadito, lidiado en 1968) y la resaca de los dos primeros festejos venteños hacían pensar, sin más fundamento, que La Orson tendría  que volver a editar un Monosabio con la (nueva) corrida del siglo. Pero la que Victorino trajo hoy estaba tan bien presentada como fuera de tipo -ni hocico de rata, ni badana degollada, con prominentes morrillos-  y lo único que nos recordó a los albaserradas era el copyright del cárdeno en sus capas y lo tocadito de pitones que vinieron algunos. Boyantes en su juego hasta que se les intentó engañar, fue entonces cuando desarrollaron esa listeza marca de la casa que hace que pasen de hocicar el albero a buscar alevosamente los tobillos.
Gómez del Pilar se doctoró a portagayola con Estaquero, cornivuelto, hecho cuesta arriba, que se mostró remolón en el capote y en varas, donde entró al relance primero y fue masacrado después. Desentendido de los toques, Gómez del Pilar al cielo, a Adrián, incluso sabiendo que hay no había nada que rascar.  Cortito en los viajes, orientado a la salida de los pases, Estaquero tenía echado el freno, y el toricantano se decidió por machetear de pitón a pitón. Tras la honda la estocada, y una antiestética ronda de peones, saludó Gómez del Pilar tras los pitos al arrastre a Estaquero.
Con su segundo, Gardacho -cinqueño, ancho de  sienes, el menos albaserrada del lote- que fue protestado de salida, y tras una sinfonía de estribos en el tercio de varas, nos dimos cuenta que Gómez del Pilar estaba debutando en la primera plaza del mundo con victorinos, y la verdad el Tourmalet nunca fue el mejor sitio para aprender a montar en bici. El pundonor del chaval no eclipsa su falta de colocación, que no es otra cosa que déficit de oficio. Aun así le endilga dos naturales de mérito, pero luego ya todo fue ratoneo y peligro sordo. Desengañado del todo ya en la suerte suprema nuestro rookie da su particular mitin pinchando dos veces, descabellando otra dos. 
Iván Fandiño era el otro enigma de hoy. El que fuese dueño de esta plaza no hace mucho, ahora nos tiene en vilo como un hijo descarriado del que nunca nos llegan buenas noticias. Hoy Iván, como decía Piza, tuvo un lote más que potable, un lote que el Fandiño de antes del Domingo de Ramos de hace dos temporadas se hubiese hinchado a McFlurry. En su primero, Barbacano,  que en su primera vara no empuja pero que en la segunda va con todo, un toro que hace hilo en banderillas. Brinda al cielo también Iván, y tras un par de tandas de reconocimiento dejó otra de enjundia con la zocata, tragando por ahí otras dos tandas. Pero cuando Fandiño pondera su oficio  por delante del alma que los tendidos anhelan, cuando Iván no porfía como solía ante toros como este Barbacano, es cuando el eco de lo que está haciendo se ahoga entre los pitos de la gente y la indolencia de Iván.
Bosquimano, que hizo cuarto, el consentido de los tuiteros, fue aplaudido de salida. Remangadito de cuerna, enmorrillado y de generoso cuello, junto la romana que dio (631 kilos) hicieron cavilar a los viejos del lugar si, a pesar de lo lustroso que lucía, era éste un victorino. Enciscado en la primera vara, la segunda sí fue bien cobrada, aunque sin emplearse el cárdeno. Luego Jarocho saludó tras un meritorio parsito. Bosquimano resultó ser el de más calidad,  con fijeza en las telas, noble en sus intenciones. Siempre a media altura Fandiño, obliga Bosquimano a reponer al de Orduña cada poco. Tiene una movilidad pronta, colocando la cara como dicen los revisteros ahora, y lo que nos queda es la sensación de que Fandiño no quiere más. Se viene la bronca para Fandiño y los pitos no silencian la ovación en el arrastre de Bosquimano.
El tercero Buscador, hecho hacia arriba, protestado de salida, fue el primero de Alberto Aguilar. Buena vara la primera, puro trámite la segunda, asomó Alberto en terrenos del cuatro, don nunca se acopló con el victorino. Avieso Buscador en todo lo que desarrolló, Alberto le pudo sacar tres muletazos que insinuaron más de lo que luego fue, ya que cuando se empieza a gustar se le tira Buscador al cuello  a Aguilar, y le placa como si fuese Tom Brady en la Super Bowl. Desiste Alberto de dedicarle más tiempo y lo despena sin más historia.
Tras correr turno por haber entrado Aguilar a la enfermería, y habiendo sido devuelto el último victorino, salió un sobrero de San Martín, Cadencioso, que para empezar pierde las manos al salir del caballo –siendo mucho más protestado que el último victorino-. Un toro sin fuerzas y sin ideas, del que Aguilar aprovecha las inercias para sacarle lo más aplaudido de la tarde. Boyante en su trote, dándole aire Aguilar en cuanto se la ponía planita Cadencioso obedecía sin una mala contestación. Ni un extraño el toro, todo a favor de obra. De alabar la predisposición de Alberto Aguilar, que ni aun así logra tapar los desplazamientos claudicantes de Cadencioso. Todo despacio, que no lento. Cuando titilaban los focos  de la plaza y ya se presumía que Aguilar se llevaría una pelúa, con dos pinchazos, una estocada y dos descabellos se evaporó el triunfo que Alberto había brindado al cielo.

A Adrián, que estaba viéndolo todo. Que la tierra te sea leve, torero.



lunes, 3 de abril de 2017

Elogio de la brevedad y un bombón para Ángel Sánchez





Cuando ya nadie confiaba en llevarse algo para el recuerdo inopinadamente se dio lo que tarde tras tarde, como un cometa que sólo pasa cada cien años por delante de nosotros,  como un buchito de agua en medio del desierto, una señal que sacie esta afición tan dura, durísima, que nos quita casi tanto como lo que nos da. Pavito –así se llamaba el santacoloma-  y Ángel Sánchez tuvieron la culpa. Ya fue aplaudido en el recibo capotero, y aunque en el caballo se le administraron sendos e inocuos picotazos el buen son, que dicen los revisteros, de Pavito lo entendió Sánchez desde que genuflexo lo recogió en el tercio y lo fue sobando hasta llevarlo al platillo. Enseguida se lo echó a la izquierda, y al natural dejó Ángel Sánchez la prueba fehaciente de que la teoría existe por algo, y que la práctica pone a cada uno en su sitio. Pavito es un bombón y el novillero lo sabe, así que Ángel planta sus zapatillas de frente  al novillo y sin enmendar la posición –no en paralelo, de frente-, adelantando la femoral,  cargando la suerte, con el compás abierto y con la muleta –ayudado siempre con el estoque- echada por delante le liga un ramillete de tandas casi calcadas: tres naturales, y el pecho obligado. Doce pases, tres tandas, una trincherilla de cartelazo y un pase de la firma. Y ya. Ahí ha telegrafiado Sánchez lo que Vanegas en cien pases no ha logrado. Mas lo que vino después ya fue desilusión y rabia. Pinchó una vez Ángel. Y otra, y hubo una tercera. Y cuando llega el descabello Ángel ya ha despertado del sueño. Ni la vuelta al ruedo que unánimemente se le pidió podrá aplacar el desengaño de Ángel. Dicen que vuelve en feria con una de Flor de Jara. Sólo puede cambiar la moneda el que la tiene, y Ángel Sánchez hoy lo ha cogido la suya... Leer más. 

domingo, 26 de marzo de 2017

Siempre así







De todas las dudas razonables que sobrevolaban el inicio de la temporada venteña (la materialización o no de las promesas de Simón, el carrusel previo de indultos que intenta tapar los complejos de vida y muerte que aún maniatan a ciertos sectores del taurineo,…) era el maíz de Gallardo el que menos preocupaba. Y no es que Madrid sea la catedral ni el último bastión que hay que poner a salvo de todo y de todos, simplemente Madrid tira o afloja cuando unos piden justicia y otros piden venganza. Simón sabe, como los buenos camellos, que la primera es gratis, y este primer año a los adictos de esto nos va a dar lo que nos gusta, y más. En Zaragoza saben de esto un rato: el primer año con SCP es champán, el siguiente ya no todo es oro y burbujas.
Madrid, ya se ha dicho, es una quimera donde no hay lugar para dudas ni cambalaches, donde aún emana el último rescoldo de la épica que tanto se soba y tanto se repite acerca de los toros, donde Pablo Aguado, en el primer novillo de la primera tarde de la primera plaza del mundo, ha disipado todas las dudas (¿cabe alguna aún?) de que el toreo es arte y gustarse únicamente cuando antes un hombre ha expuesto su inteligencia frente a la fuerza bruta de una bestia. Y le puede. Pronta recuperación para Pablo.
Algún francotirador hoy se la ha tenido que envainar cuando ha salido la de Fuente Ymbro, y haciendo caso a Cayetano -quien nunca actuó de novillero en Madrid-  los novillos rondaron los quinientos kilos; de hecho el último fue postulado como merecedor de vuelta al ruedo. Era eso como epílogo triunfalista o la salida del mayoral  a saludar. Novillada bien comida, rematada, con caras de señores mayores, nobles pero no tontos, codiciosos sin ser leviatanes, novillos que han recibido más en varas que toda la feria de Fallas juntas, hoy hemos visto una de esas tardes que ahora mismo firmaríamos para que San Isidro así por lo menos. Tres novillos de los que ponen en circulación a cualquiera, de orejas más de uno, y con las dificultades propias de animales criados para luchar. El segundo ha sido de montar el taco, el MVP de la tarde, el que después de desangrarlo en el caballo ha llegado a los siguientes tercios pronto y alegre, con movilidad suficiente para articular todas esas series de muleta que ahora hacen falta para ser tenido en cuenta. Ovación el arrastre para “Adulador”, y palmas para Leo Valadez, que tanto en este segundo como en el quinto (boyante y con clase, como se dice ahora, un bombón para lucirse) desplegó un repertorio de novillero ya fogueado, corriendo la mano en varias series de mérito que aun así no le sirvieron para solventar las demandas de su lote, y sin llegar a tirar de ventajismos faltó ese pasito para cruzarse y tirar de los novillos. Sendos pinchazos supusieron la evaporación de los trofeos.
La pega que tienen los novillos con movilidad, más si ésta no es bobalicona, es la necesidad de no desplegar la típica faena traída de casa, que cuando hay teclas que tocar uno ha de cavilar y ejecutar. Desde hoy eso lo sabe Diego Carretero, que venía con ambiente después de su paso por Valencia, que ha pechado con tres fuenteymbros de los que el botín al final ha sido una oreja en ese último, “Pintora”, del que se ha pedido una amable vuelta al ruedo, más por el conjunto de la tarde que por el propio juego del novillo. Diego tiene superávit de pundonor y, como Valadez, si hay algo que celebrarles es cómo han venido a Madrid,  avisados quedan de que aquí se aplaude cuando se intenta hacerlo bien, y se pita cuando uno intenta tirar de artificios. De Carretero mencionar dos tandas de genuflexos hondos y ayudados que a la postre han sido la guinda de su premio esta tarde. 
Ojalá fuese así siempre: salir de la plaza con una sonrisa torcida, sacándonos las manos de los bolsillos para no parecer que la tarde ha sido una ruina.


Quedan cosas por mejorar, matices: las fotos de la web son buenas, hechas por profesionales, pero no viéndolas como un aficionado; el macro-botellón de la grada joven, y que los muchachos que venden las cocacolas han cambiado las chaquetas rojas con la lista de precios serigrafiada en la espalda por unas sudaderas color fucsia, como las de Amarras de los pijos en los ochenta.


viernes, 25 de noviembre de 2016

Jesús Mª Gómez Martín en La Asociación El Toro de Madrid






Dejó dicho Lord Brummel que la verdadera elegancia consiste en cruzar una plaza y que nadie se vuelva a mirarte. Seguro que estaba pensando en el invitado de Casa Patas. Atildado y expectante, sobriamente vestido de traje gris marengo, todavía con un moreno austral que no llega a bronceado de solárium, se presentó Jesús Mª Gómez Martín en La Asociación El Toro de Madrid. El leve desasosiego que se le intuía cuando se sentó frente a los presentes no se vio alterado por la entrada en la sala de Nacho Lloret. Al final, discreto y conciliador, Jesús  reconoció que presidentes y la nueva empresa estaban condenados a entenderse.
Jesús en sus intervenciones vocaliza para que se le entienda, proyecta una mesura diplomática, acostumbrado como está a achicar agua constantemente en ese océano a la deriva que a veces son las redes sociales -con una exposición mediática a veces mal entendida-, donde se le piden cuentas a todas horas, como si fuese el fiscal de todos los palcos de España. Con los la lección aprendida intentó guardar la ropa y mojarse poco. Sin elusiones, con una inspirada y fina semántica, supo fajarse el presidente.
El pulso firme que mantuvo su primera tarde, no regalando una oreja de autobús a Juan Carlos Carballo, la tarde de los cristales rotos de Cazarratas con sus banderillas negras y todo, la miurada que cerraba San Isidro, el mano a mano de Curro Díaz y Garrido en Otoño... las once tardes del presidente en el palco venteño (se omiten las de rejones, que ya en la tertulia alguien las contó también) bien valdrían de banda sonora del año 2016 en Madrid.
Enarca la mirada sorprendido cuando se le presenta como el presidente que ha devuelto al palco de la primera plaza del mundo la seriedad y exigencia. Para evitar sonrojarse enseguida toma la palabra, y desgrana cómo se metió en este mundo loco de los toros. Las corridas por televisión, en blanco y negro, con su abuelo las tardes de merienda (“cuando no había vergüenza por ver toros  en la tele”), cómo saltó de la carrera de Filología Hispánica a las oposiciones de la Policía, los inicios en el callejón de Las Ventas como delegado gubernativo, los momentos inolvidables entonces, como la despedida del maestro Esplá... y el broche final que da sentido a todo lo que le ha llevado hasta aquí: “He descubierto lo que soy. Soy aficionado. Como vosotros. Y os he conocido a través de redes sociales. Intentando romper esa imagen estereotipada e injusta del presi, lejana e inaccesible. De ahí lo de interactuar con vosotros”).
Anota todas las preguntas que se le formulan. Apunta también el nombre de cada uno de los contertulios que le interpelen, y con exquisita educación se dirige a ellos tuteándoles, consiguiendo de a poco llevarles al abrigo de su querencia de consenso. Emana de su discurso  la conclusión certera de que más allá de tener opinión hay que tener criterio, y Jesús de eso sabe tela.
Se muestra inquieto y sorprendido cuando  se le pregunta si ha sufrido  presiones, de cualquier tipo, negando la mayor (“Si vas a sufrir al palco no vayas. Yo disfruto siempre en el palco. Bueno, el día de Saltillo no tanto. Preocuparme me preocupa desmantelar una red de prostitución de chinos. Al palco no voy a preocuparme”).
Reniega de la opacidad injusta que impera en esto de los toros, con la que hay que acabar, y menciona ciertos puntos en común que se comentaron en el último congreso de La Asociación Nacional de Presidentes de Plazas de Toros y habla de que celebran la resolución del Constitucional, de mantener la seriedad en los palcos, de que lo mismo en Madrid se publiquen las actas, como  en Sevilla (“reconozco que en ciertos temas me siento como el verso suelto”), habla de la integridad ( “¿por qué no el  sistema de bolas de  País Vasco?”). Mostró cautela cuando le preguntaron si va a permitir en el palco las vueltas al ruedo no pedidas mayoritariamente, o los atascos en el callejón, y con una larga cambiada sentenció:
“No es recomendable que un comisario diga el público que va a acometer una ilegalidad. El pañuelo azul se saca cuando hay petición de la mayoría. Tampoco puede ser el palco un arco iris. Algunas cosas del reglamento permiten una interpretación. Debería existir unificación de criterios, como una vez le oía a  Molés: no pueden ser unos días palomas y otros halcones”.

El resto ya fue faena de aliño, gustarse en las suertes y expresar su Tauromaquia:
“Me gustaría como aficionado que se aligerara el peso de caballos”.
“Todos te dan consejos. ¡Hasta mi mujer, que no le gustan los toros! El mejor de todos ha sido que lo disfrute”.
“Como presidente Matías me ha gustado mucho. También me gusta estilo del que indultó a “Cobradiezmos”,  José Luque”. 
“Parte del triunfo de Las Ventas es la exigencia. Un presidente es un crítico en acción,  con muy poco margen de errorSomos humanos”.
“La opinión de los aficionados influye en el presidente, deja poso”.
“La enorme ventaja mía es que no conozco a casi nadie y no me conoce mucha gente”.
Nos tenemos que exigir mucho todos. Hay que pedir orejas bien. Ni con un papel ni con la mano. A veces desde el palco no se distingue bien si se está protestando, o pidiendo oreja o vuelta al ruedo…”
“Creo honestamente que es un error la dispersión normativa. En el caso de los análisis tras las corridas… Hay que hacer más post mortem.  No pasa nada por hacer más controles”.
“La última palabra, por mucho que sepan los veterinarios, es del presidente. Prevalece su decisión”.
“Hay que ordenar el callejón. Esto exige una reflexión conjunta de todos los estamentos. De todos”.
“Un presidente no lo puede decir pero tiene su corazoncito de aficionado, y le gustan unos más que otros”.
“No se puede conceder oreja a aquellas faenas que se rematen con una estocada defectuosa”.

Para cuando preguntó Rosco el presidente, agarrado al piso como un Garcigrande, antes de la cuestión ya afila su respuesta:

-Cuando le toquen las figuras, con sus camiones nocturnos, ¿mantendrá el mismo nivel de exigencia que hasta ahora?


- Me voy acordar de vosotros cuando me toquen las figuras...



Todavía en la despedida alguno, los más resabiados, buscaban a Jesús para estrecharle la mano, y al mismo tiempo que le felicitaban por su parlamento le recordaban el primer mandamiento del conspicuo aficionado: 

“Presidente, pagamos mucho seremos exigentes”.



Tu suerte será la nuestra. Que te vaya bonito, Jesús.






lunes, 31 de octubre de 2016

Frascuelo en lo de La Orson





Cuando, remontando Tirso de Molina, atisbaron al del traje azul oscuro-mentón afilado, gafas de sol ochenteras, patillas curradas, y un flequillo que no llega a ser tupé - uno de los hipsters le suelta al otro:
-Mira tío, el Johnny Cifuentes. El de los Burning.
Y yo quería decirles que no, que era Carlos Escolar, Frascuelo, matador de toros, que vamos ahora a echar un rato con él, con los de La Orson, hipsters como ellos, postureo del fino, que lo underground ahora es el activismo taurino,  en una cava subterránea para más inri, en una bodega enterrada bajo tierra, como una timba furtiva . Como si lo proscrito nos atrajese únicamente porque quieren prohibirlo.
Pero veo a Frascuelo ganar el vano de la librería donde vamos a oírle hablar de toros, y me sumerjo como muchos otros en las bodegas de Madrid, dejando a los hipsters atusándose la barba y haciendo apuestas de cuántos de los Burning quedan vivos.
Con un vocabulario ya en desuso, con ademanes de puro castizo, acompasado por gestos que reforzaban un discurso conocido por todos pero ignorado por la mayoría, un discurso torero de palabras ya difuntas, con un silencio de ópera, Frascuelo nos transportó a un  tiempo que se paró hace cuarenta años,  y reconoció lo bonito que era  para él hablar de toros en un sitio así, “aunque parezca que estamos en un búnker de refugiados, como si fuésemos tránsfugas". Porque el toro, para él, es una expectativa, una manera de expresarse, y una fiesta de costumbres del pueblo español (“aunque la fiesta de los toros no es nacional, no lo olviden; la fiesta de los toros es de todo el mundo”) en un tiempo donde todos los niños querían ser torero, o boxeador o cura, tres cosas muy importantes  entonces, y que hoy no sólo están mal vistas, sino casi perseguidas.
“De muy chico yo ya iba a las capeas con mi padre, que era un fenómeno, en una bicicleta que él tenía. Con 12 años en Vaciamadrid fue mi primera vez: le pegué tres muletazos a una vaca- que eran las que arreaban-  y luego ella me tiró… que también fue mi primera vez. Por entonces conocí a un primo de la Pantoja, me llamó la atención su sombrero cordobés, conocía a todos, muy aficionado; fue el primero que me decía donde eran las capeas y así me inicié. Luego conocí a un banderillero que era muy conocido entre los taurinos, Calderón, que era familia del Calderón sevillano  que descubrió a Belmonte. Él me presento a los Álvarez, que fueron como una familia para mí, los que me empezaron a apostar fuerte y a ponerme en todas los carteles. Todo va sobre ruedas, y es ahí cuando se da uno de los puntos de inflexión de mi carrera: la muerte por accidente de Luisito Álvarez. Me paraliza, como un bloqueo. Pienso en dejarlo, al no estar ya Luisito conmigo. Entonces fue cuando  entré en la casa Balañá.  Don Pedro Balañá me convenció (en contra de su mala prensa, tengo que decir que don Pedro era un gran taurino. Con sus cines, sus teatros, pero era gran aficionado, llenaba más de una plaza en Barcelona simultáneamente. Lo que no le gustaba era lo que rodeaba a los taurinos, esa manera de “manejarse”. Pero yo tengo un gran recuerdo suyo). Entré todas las plazas de la familia, pero yo lo que quería era torear en todas las ferias. Y ahí apareció la Casa Chopera. Vicente Zabala ya lo había puesto en un titular en grande en ABC: “Frascuelo entra en la Casa Chopera”. Nunca olvidaré la noche que pasé en el tren desde Madrid a Barcelona, para explicarle a primera hora de la mañana a don Pedro el titular. Para mi asombro, don Pedro más que enfadarse, una vez más, se comportó como un señor, y entendió mi postura, dejándome la puerta abierta si las cosas con los Chopera no funcionaban. Y en el setentaycuatro tomo la alternativa en Barcelona, de manos  de Curro Romero, con un toro de Juan María Pérez Tabernero. El otro era Paco Alcalde, quien también recibía la alternativa. Yo ya estaba en figura, iba todo rodado, hasta que pasó lo del Bilbao: cornalón gravísimo, que me tiene parado un año. Y luego ya todo cambió…”.
Y ya no hubo más biografía ni más memoria de la trayectoria de Frascuelo. Es como si lo que vino después no tuviese importancia. Lo más reciente parecía lo más lejano. Y ahí Frascuelo, lacónico y entrecortado, ya sólo habló de su credo y de  su manual de andar por la vida como un torero:
“Ahora se hacen cosas técnicamente inimaginables, pero carecen de alma, y no llegan a los tendidos. Puede que eso explique muchas cosas”.
“Antes había hambre, no sólo por ser entrar en las ferias, también en los tentaderos,  era difícil incluso que te dejasen hacer tapia. ¡Incluso era difícil llegar a las ganaderías!  Yo le debo mucho a los trenes de mercancías. Incluso en los tentaderos había jerarquía, respeto. Ahora los chavales si no les gusta te dicen: ` siguiente vaca,  maestro´…”.
“Yo le llamo Napoleón. Conozco a Simón Casas desde que quiso ser torero. Y creo que puede traer ideas nuevas, porque las tienes. Un bombo donde se sorteen toros y toreros… y que me meta a mí en San Isidro, alguien nuevo y con ganas”.
“Las dos cosas más importantes de la vida son parir y darle seis muletazos a un toro en Las Ventas. Y yo sólo puedo hacer una de ellas”.
“No es lo mismo movilidad que desplazamiento. El toro de antes se desplazaba, y te aguantaba diez, luego ya no podías darle ni uno. Lo de ahora se mueve. Pero es otra cosa”.

Y así salimos de las profundidades del Madrid sepultado,  pensando en cuánto invierno nos durará el relamernos con la torería del decano, antes de que la realidad del día a día nos devuelva de un sopapo a esa realidad que nos anega día a día, la que diseccionó Frascuelo bajo la bóveda  orsoniana y clandestina de ladrillo visto.

Y los hipsters sin saber lo que se pierden.




domingo, 2 de octubre de 2016

Últimas tardes con Taurodelta. Lo de Curro Díaz.









Hay una crónica de una tarde de Curro Díaz en la Maestranza, corría el año 2009, en la que se recrea la faena por la que le concedieron una oreja: “un trasteo que ha tenido pasajes de cierto encanto artístico, incluso el mérito de sobreponerse al dolor evidente de una espectacular voltereta. Claro que faena como tal no ha habido. Pases sueltos, sí, y muchos del "pingüi". La jerga taurina, de amplísima terminología, acuña muchos vocablos con significado contrapuesto a los que definen verdaderamente la importancia del toreo. Uno de ellos, "el pingüi", quiere decir más o menos el arte de lo inconsistente”.
A Curro Díaz en Madrid sólo le habíamos conocido ese endeble perfil, el del arte de lo inconsistente, el de un trincherazo aquí y un pase del desdén más allá. Pero al perro viejo, cuando todo se le vuelve pulgas, ya sólo le queda lamerse las heridas y perderse entre las penumbras en la noche de los tiempos. Por eso Curro ya sólo torea para él, sin pedirle cuentas a nadie, sin que se las pidan a él tampoco.
Puede que esta sea la temporada que más va a torear: puede que por la amable Puerta Grande en Madrid, por el asesoramiento de Joxin Iriarte… algo ha transmutado en Curro, y a la bizarría de su toreo va ensartado un yelmo de valor que antes no existía.
Hoy le salió un primero con el freno echado, las manos por delante, y cuando en la noche de los tiempos Curro Díaz no hubiese porfiado lo más mínimo, se plantificó en los terrenos del siete, despacioso y con aroma de un toreo casi difunto le fue ganando el paso a “Montesino I”, sometiéndole con un cambio de mano glacial, casi tan gélido como el temple en la muleta. Prueba en el tercio, pero ahí el toro se descubre reponedor, sin acople ni entendimiento el toro no rompió nunca palante, y con el aire molesto Curro no se da coba, que es de agradecer, como si fuese un preludio de lo que luego pasaría. La condescendencia de las palmas tapa que el toro ha estado por encima.  O Curro por debajo.
  
El tercero,  “Langosto”, de reata, es el que va a partir la tarde. Curro tiene pellizco, se le jalean sus maneras, pero el del Puerto únicamente sabe calamochear al galope, y poco a poco se hace el amo del albero. Campa a sus anchas en el tercio de varas, nadie se hace con él, y en un momento aquello es un descalzaperros de lidia: capotes de peones volando, Langosto buscando el camino de regreso a Tamames… Pero la gente quiere más de Curro, y  cuando se enfila ya con la muleta planchada todo sucedió tan deprisa que no dio tiempo ni a enlazarlo: articuló Curro tres pases por bajo, sometiendo a Langosto, y en un lánguido cambio de mano el pavo caza a Curro, lo zarandea por los aires como un guiñapo, nadie de las cuadrillas está cerca para sacar a Curro del infierno, salta desde el callejón Sebastián Ritter impolutamente vestido de traje a hacerle ese quite providencial, el alguacilillo que le llama luego al orden, y Sebastián, con el mismo instinto que le ha llevado a salvar a Curro le desairea la reprimenda al alguacilillo y con un manotazo casi le tira el chamelo - ¿sería por eso, y no por saltar al ruedo vestido de calle, por lo que quisieron multar, cosa que  luego el presidente desmintió?-,  en los tendidos ya sólo hay pavor y miedo cerval. Pero Curro se recompone, y engendra otra tanda de macho, y le intenta a hacer el mismo gesto (sometimiento y cambio de mano)  y ahí Langosto le navajea  como en una reyerta, y lo vuelve blandir por el cielo. Confusión, murmullos y aire denso de tragedia. Pero Curro, lo que queda de un Curro Díaz roto, se rehace, y  vuelve a la cara del toro. Tres naturales como tres cuadros de El Prado. Y nada más. Pincha 1,2.3 4 veces… en una de ellas Langosto le hace hilo, desmadejado y sin fuerzas Curro se llega hasta las tablas, otra vez sin noticias del peonaje… El albero en aquel entonces parece el camarote de los hermanos Marx, Se esfuma el trofeo, para los que cuentan las tardes por orejas. Pero, para los que miramos algo más allá, intentando entender, se desata una pequeña euforia en nuestro interior, que hace que el resto de circunstancias pierdan su sentido.
Aún dejó Curro Díaz para la hemeroteca un inicio en el estribo a su tercero, quinto manso y avieso de la tarde. Le endilga tres y le da salida al tercio, todo con la mano a la cadera -¿será esa silueta añeja lo que nos camela de Curro?-  y lo van acompasando en cada viaje. La gente está con Curro  -la solidaridad con la desdicha siempre ha funcionado- pero todo era empotrarse contra un muro.

José Garrido tuvo su vía crucis también. Puede que concretamente ayer la sombra de este Curro Díaz que aúna pellizco y cojones es realmente alargada, pero ayer a JG le dieron lo mismo los toros que al jienense, pero el reconocimiento de los tendidos nunca llegó. En su primero, “Joyito”,  648 kilos de zambombo, sueltísimo en el capote, haciendo trabajar a ambos picadores -casi descabalga al que guardaba puerta- con transmisión nula,  Garrido ahondó en el argumento del arrimón, pero lo tuvo que dejar por imposible. El cuarto brinca y rebrinca, siempre con la cara por los aires, aviesa y sibilina en todo lo que insinuaba, con este llegó el tropezón de Garrido, paralizando el corazón de todos de nuevo. Se yergue José como si tal cosa, pero luego ya todo es el tour del uno al cuarto pasando por el siete, para terminar el toro en chiqueros., y tras otra paliza al entrar  a matar Garrido termina en la enfermería.
Con una herida de 10 cm en el glúteo, y tras la impaciencia de algunos porque  Garrido no salía de la enfermería (¿?) acude el chaval a por el sexto. Pero la merma de ambos, renqueante Garrido como renquea “Langostero”, y ante la ausencia  de facultades del toro, el esfuerzo con sordina de JG deja en el aire la duda de por qué Garrido aún no ha entrado en la afición de Madrid.


Puede que algunos, los más, busquen algo distinto a lo de hoy, nobleza y obediencia en los toros, y arte y cultura en los toreros. Pero tardes cómo hoy subliman los más bajos instintos, hacen no perder la vista a lo que está pasando, y a unos cuantos les hace reconciliarse con un espectáculo que no conoce de segundas oportunidades ni ficciones.

Porque, al final, ¿no nos dijeron que se trataba de eso?