sábado, 19 de mayo de 2018

Al principio era el verbo




Foto: Ana Escribano (aquí toda su galería)



Undécima corrida de la feria de San Isidro con toros de Jandilla, procedencia don Juan Pedro Domecq y Díez, es decir, la madre de todas las madres. Corrida pareja en presentación, hechos todos cuesta arriba, manejables en su conjunto, “zapatos” que es como suelen motejarlos los taurinos: toros recortados pero de bonitas hechuras, de los que caben en la muleta y permiten gustarse y expresar esa tauromaquia contemporánea. Endeble y al límite de sus fuerzas el primero, un  segundo con clase metiendo la cara en la muleta pero sin malicia ninguna, tercero feble e inerme en sus embestidas, un cuarto que desarrolló sentido al final, el quinto abanto y distraído de salida que al final valió para la muleta moderna, y el sexto mansurrón que se rajó enseguida. Cinqueños el tercero, cuarto y quinto.

Juan José Padilla (de azul marino y oro). Estocada tendida y trasera, partiendo el estoque y perdiendo la muleta. Descabello. Media estocada escupida y con otra media y dos descabellos. Silenciado en ambos.

Sebastián Castella  (de azul y oro). Estocada caída (silencio). En el quinto, media estocada casi entera (oreja).

Andrés Roca Rey (de blanco y plata). Estocada arriba (ovación). En el sexto, estoconazo hasta los gavilanes  (saludos).

Presidente: D. Justo Polo Ramos. Inédito en las decisiones destacables en el ruedo.

Suerte de varas: todas las suertes de esta tarde se desarrollaron en la distancia más corta, que es toro y picador cada uno a un lado de las dos rayas concéntricas del ruedo: tercio de varas de servicios mínimos. Justo lo contrario de lo que predicaba Gregorio Corrochano: no una vara de muerte, sino varias de castigo.

1.- “Recoveco”, número 69: se paró entre esas dos rayas y se frenó al entrar en la primera visita al penco. Exiguo castigo en la segunda en la que ni se marcó la pirámide de la puya.
2.- “Harmonía”, número 1: pasó por el trámite cogiendo dos buenas varas recetadas por “Josele”, pero inocuas ambas como un análisis de sangre.
3.- “Jornalero”, número 122: también fue bien colocada la vara inicial pero el piquero ni marcó con la puya ni holló en el morrillo: eso que dicen de dejar crudo al animal. Rompe la vara en la segunda entrada. Hay una tercera de puro compromiso en la que Jornalero amaga con romanear, pero su laxa fuerza le impide acometer dicha empresa.
4.- “Jacobino”, número 124: Trasero y sin cogerle el toro empuja y descabalga en su primera entrada Justo Jaén. En la segunda venida de Jacobino se ensaña el picador con él, tapándole la salida y zurrándole lo que no está en los escritos.
5.- “Husmeador”, número 65: José Doblado, sin emplearse apenas, le hunde las cuerdas en la primera venida. En la segunda vara Husmeador pierde las manos y se desliza por el albero hasta llegar a las faldas del peto. Hay una tercera vara en la que el pica cruza las rayas, a pesar de las unánimes protestas, para luego apenas castigar al toro.
6.- “Barones”, número 31: empuja con los riñones en la primera entrada, sin exigencia por parte de Sergio Molina. La segunda vara también la agarró en todo lo alto el varilarguero, pero al igual que en la primer Barones se deja pegar, y ya.

Cuadrillas y otros: cartel de “No hay billetes” en taquillas, aunque eran generosos los huecos en gradas y alguna andanada. Salió a saludar Juan José Padilla, seguida de una sonorísima ovación, en la que se presume su última tarde en Madrid en esta su temporada de despedida como matador de toros. Destacar la brega de su hombre de plata, Manuel Rodríguez “Mambrú” que en el cuarto de la tarde salvó con sus quites en un par de ocasiones a su jefe de filas.



Al principio era el verbo, conjugado en infinitivos: parar, mandar y templar. Hoy Juan José Padilla es pretérito pluscuamperfecto, un torero que había sido grande antes de Zaragoza, que fue y será recordado por los pavos que lidiaba de las ganaderías y en las plazas que nadie quería. Ahora es un torero de arte, y si con su contumacia y tesón es capaz de lidiar el toro artista no queda más que decir. A Padilla no se le puede criticar nada, el toreo del ciclón de Jerez es bullanguero y de jolgorio, de uys y de ays, y querer exigirle más que su puesta en escena es pedirle peras al olmo. Pone sus banderillas vistosas y a toro pasado, incluso se atreve a clavarlas al violín…Inició su primera faena de muleta de rodillas, en el alambre de la cogida siempre, con alivio y precaución en cada pase, con el público que sólo vendrá hoy a la plaza descaradamente puesto de su lado, le doy fiesta mientras el motor de Recoveco no se gripó, pero en cuanto soltó la cara derrotando por encima el palillo Padilla desistió. Algo similar en su segundo, Jacobino, que ya le hace perder el capote en el recibo, y que gracias a su peón “Mambrú” se evitó un mal mayor. Puede que incluso acusase la paliza en varas que le había propinado el picador, pero este Jacobino se vino arriba cuando lo banderillea con suficiencia y ventaja Padilla, hasta se atreve con un meritorio par de dentro a afuera. Se dobla con él pero al tercero pase ya no sigue las telas. Apretó ahí el toro, sacando la guasa sin fuerzas que guardaba, y Juan José ya sólo pudo taparse y quedarse con lo bueno, que fue la ovación de apertura.

Sebastián Castella es presente continuo. Castella inicia sus faenas como la del día de su alternativa. Y como la del día siguiente. Y el siguiente. Y así siempre, sin solución de continuidad. A su primero “Harmonía" le principió con la tanda de estatutarios especialidad de la casa. Siempre fuera del terreno del toro. Caedizo y desmadejado, por cierto. Protestado Castella y el toro. Ni tentando al toro con la izquierda hubo recorrido. Se le recriminó fuertemente que abusase del moribundo. Sin opciones le degolló de una estocada atravesada. Pitos en el arrastre para “Harmonía”. Con "Husmeador", el más chico del encierro con 532 kilos, repitió registros Castella plagiándose a sí mismo, pero este quinto no fue malo, y aunque fue el que más se enteraba de salida de todos (abanto en cierto modo, tardo en los cites) propinó a Le Coq la posibilidad de pegarle tres por la espalda, enganchados los tres, y dos tandas a derechas,  redondas y sin reunión, que le valieron los primeros aplausos.  Ya luego el circular invertido ante la nobleza exhausta de Husmeador, y en los tendidos los parroquianos de todos los días recriminando la falta de compromiso y la pierna retrasada de Castella contra los que van a venir sólo un día a la plaza y no paran de contradecir a los otros, jaleando al francés no porque les guste lo que hace, sino por joder a los abonados. Mientras Castella tragó y encimó lo suficiente para, con una estocada casi entera, llevarse una de las orejas más festivaleras de la semana. Barata la oreja, pero ellos son los que pagan nuestra afición. O eso dicen.


Y el futuro imperfecto de Roca Rey. La moneda la cambia el que la tiene, y él parece que no va a cambiar nada viendo lo fetén que le va con el arrimón y el tremendismo. El futuro ya está aquí, y es él, pero pasa como con la nueva política: que es igual que la vieja. En su primero, "Jornalero” ya con las verónicas a pies juntos enardece a esa gente que no les gustan los toros pero sí les gusta los toreros. Tras brindar al público, y con el mentón cosido al pecho, le pega dos pases del celeste imperio, dos banderazos,  dos ayudados por alto y una espaldina (ese toreo de mucho acompañamiento y nulo mando) que cortan la respiración del sufrido público. Quedaba la duda de si adelantaba la pierna, que es lo suyo. Pero fue al revés: la escondió más si cabe. Roca Rey maneja con precisión quirúrgica ese balanceo entre en el que cada vez que sube la  tensión ambiental a base de valor y arrojo baja hasta los infiernos su interpretación del toreo, encimista y abusivo ante un cadáver en vida. Eso le vale la ovación ante un toro difunto, el primero, pero ante su segundo, "Barones” al que sus quites por gaoneras de medio pecho calientan las manos de los no asiduos, su toreo de banderazos ya no vale, porque Barones sale suelto en banderillas, enterándose de todo, y con más miedo que vergüenza se emplaza cerca de toriles. Roca Rey le pega tres por alto y canta la gallina del todo el de Jandilla. Con la izquierda se cae y se va, así que más por la derecha. Lo que principió en el 7 claudicó en el cuatro. Ahí ya se pegó el arrimón final, con pases de reolina y abuso, con esa antiestética contorsión lumbar para simular que está tirando del toro, cuando lo que hizo en puridad fue estrujarlo sin piedad. El estoconazo hasta los gavilanes no sirvió para que tocase pelo, pero qué más da todo eso, si los que le han aplaudido mañana no van a volver a la plaza.

jueves, 10 de mayo de 2018

Segunda de feria





Acaso, en el siglo XXI de Las Ventas, haya sido El Cid el torero al que más veces se le hayan coronado las faenas con olés, no como ahora que únicamente se grita “bieeeen"; y quizá sea también al último torero al que se le hayan pedido las orejas con pañuelos, no como ahora que con chiflar al presidente ya basta. Puede que del toreo de Manuel Jesús ya sólo nos quede lo mismo que al poeta Vallejo le quedaba de su propia muerte: el aguacero de su recuerdo.


Hoy nos desayunamos con las crónicas del nuevo periodismo taurino, diletante y mesetario como el viejo que ya teníamos, en donde a El Cid, por viejo y por torero de aficionados, se le pasaporta a un asilo. Esa insidia tan nuestra de arrojar a la cuneta todo lo que a uno le molesta hoy la toma con Manuel Jesús con la misma celeridad con la que en sus crónicas no se habla del tercio de varas, si acaso para ningunearlo, y pontifican con el mensaje de vida del indulto y cáliz de salvación del arte.
Hoy El Cid no está, de facto últimamente ya sólo acudía a Madrid borroso y codificado, pero incluso con con ese oficio del que abusa ahora para ocultar la ausencia del alma que en su día ponía a todo lo que ejecutaba, incluso así su sola presencia justifica una entrada sin su rebaja de IVA, cada acción de El Cid verifica aquello que valdría tanto para esos toreros artistas como para estos cronistas de Tuiter: decir que se torea mejor que nunca es como decir que se es buen periodista porque se teclea muy deprisa.
Desconfiado, titilante, sin gustarse ni siquiera él mismo, ayer El Cid quiso ser Dorian Gray mas sólo dejó la evocación de un hombre que nos hizo a muchos entrar en los toros por la escotilla de un toreo casi difunto de honestidad y muleta por delante que, como a él, ya sólo quieren enterrar.

Quizá vaya a tener razón Morante, y el toro de hoy en día sobre todo es una desproporción. Siempre se dijo que Buendía quiso endulzar lo de Santa Coloma para que lo matasen las figuras, pero lo de sacarlo de tipo ya no sabemos ni cuándo ni cómo fue. Salieron mejor las fotos de la empresa que los toros por chiqueros, y sus llamativas capas disimularon en cierto modo lo poco que llevaban dentro. Incluso ausentes de fuerzas para romper por delante fueron toros de no perderles de vista, que se lo digan a Morenito con su segundo, con más genio a media altura que casta por abajo, que es como dicen que cogen los vuelos estos pavos.

Es Morenito quien dejó lo más magro. Cuando se abrió de capote en su primero alguien insinuó que el de Aranda tenía otro aire: otro son. Y llevándose el lote más potable no pudo el Moreno sentirse a gusto, o bien porque Platillero se quedó en la reserva enseguida o bien porque Brioso se enteraba de todo y había que tragar con los tornillazos que soltaba, incluso mandar en esa embestida descompuesta y aviesa.

De Juan Bautista he visto lo que escribe Álvaro Acevedo, y es mejor que le lean a él, al menos no arroja a nadie a la cuneta.

jueves, 25 de enero de 2018

Valdemorillo, la patronal y una cena con Alberto Lamelas






Él seguro que ni se acuerda, pero la noche de San Isidro que cenamos con Alberto Lamelas -quien venía de despachar la de Dolores Aguirre- una de las preguntas que cayó en la tertulia de las copas fue qué diferencias veía él entre tentar en casa de Moreno Silva o Fernando Cuadri y luego cuando le llamaban para tentar en casa de Juan Pedro o Garcigrande. Y Alberto, solemne y circunflejo, sólo pudo por menos que articular algo parecido a esto: “Es que a mí nunca me han llamado de esas casas para ir a tentar”.

domingo, 3 de diciembre de 2017

Morante


     



En una entrevista concedida al programa Tendido Cero justo antes de uno de sus múltiples regresos a los ruedos Federico Arnás,  con voz entre cómplice y vacilante, le pregunta a José Antonio Morante, con foulard de topos, zapatos de bolera y bombín de profesor Tornasol, si es verdad que su caché se ha disparado. Responde José Antonio, con ese aire presocrático que envuelve todo lo que exuda, y asevera sosegado y ceñudo que ha decidido “apostar por la calidad, y esa calidad revalorizarla” (el vídeo pinchando aquí).


De eso han pasado diez años, y entre ausencias y advenimientos hemos pasado una década viendo cómo el de la Puebla a veces se iba, otras no estaba, y las menos se hacía notar por arrebatos su tauromaquia. Y en este interregno Morante a veces se retiraba, pero los que nunca se han ido son los morantistas. Ávidos de que algún advenedizo osase cuestionar a Morante, el torero, sin reparar que se puede ser morantista sin caer en el ridículo de ser a la vez de Morante, el personaje. Como cuando a Messi o Ronaldo se les acompaña hasta el juzgado y en las mismas puertas se les vitorea cuando van a declarar por sus desfalcos a la Hacienda Pública; alguien debe avisarles que a Morante no siempre hay que perdonarle todo.



Cuando a uno le gusta el toro como el epicentro y el cogollo de toda esta quimera, y entonces te encuentras con que Morante se pierde él mismo el respeto ninguneando el mármol de su propia obra, cuando se entreveran su displicencia caprichosa y su tirón mediático para “no querer ver el toro” o no encontrarse inspirado, es ahí cuando asoma la maldita hemeroteca mental de uno, y tirando del hilo se confirma que Morante lleva su penitencia -la de la impostura de su arte- en lo más hondo de su pecado, porque cuando quiere no es que sepa, es que se pone a torear. 



A muchos no nos interesa cuando se disfraza de lince en Huelva,






Ni cuando le tira unos anteojos al presidente en Alicante,







               




O cuando allí mismo saca su  manguera a pasear,







O cuando en Beneficencia en Madrid tras desechar dos tráilers de toros de Valdefresno a su apoderado le faltó tiempo para plagiar a Paulo Coelho,






El rechazo al duende y el pellizco, a la perífrasis literaria y tribunera que le redime y le perdona, a los moranteliebers que te aplican el artículo 155 por menos que les expongas argumentos, y en definitiva a todo lo accesorio que unge y eleva a JA para tapar su desidia, todo eso se vuelve una mota en la solapa cuando has visto a Morante salir de la enfermería tras haber despachado seis toros sin que allí se enterase nadie, y poner un par de banderillas para los adentros como éste:







o crujir a un victorino de salida en Sevilla sin darse un pijo de importancia:






o encabronarse en Dax no hace mucho porque otro de victorino le puso a cavilar, y los gabachos sí que te chiflan si te quieres ir de rositas, te pongas como te pongas:






incluso me vale aquella tarde de Bilbao, que salió con la espada de verdad a finiquitar a Cacareo, y al final se inventó algo parecido a tocar el cielo con las yemas:







Lo iconoclasta, ir a contracorriente, ese rechazo a ser como los iguales, hace todavía vigente lo que una vez dejó escrito Borges:"cuando uno odia a alguien, uno piensa en el otro continuamente, y, en ese sentido, uno se convierte en su esclavo".

Ojalá. ¿Por qué no? Pero del torero, no del personaje.





viernes, 29 de septiembre de 2017

Cuando la palabra ya no es la ley







Este texto puede hallarse en el boletín de la Asociación El Toro de Madrid, "La Voz de la Afición"que se entregará hoy antes de la corrida en la plaza de Las Ventas. Desde aquí doy las gracias a mis compañeros de Asociación que han tenido a bien publicar este texto.





No hace falta rebuscar demasiado para acordarse de aquel tiempo en el que, en esto de los toros, un apretón de manos tenía más valor que un contrato firmado; un tiempo no muy lejano en el que, como dice la ranchera, la palabra dada era la ley. Y seguro que habrá quien nos tilde de cascarrabias agoreros, de ser los del vaso medio vacío, de poner pegas a todo y no conformarnos con nada. O quizá, por eso mismo, albergamos justo lo contrario: un espíritu tenaz pero, por qué no decirlo, constructivo si se quiere; un talante crítico de poner el dedo en la llaga, de evitar que ya que somos unos cornudos no seamos también apaleados. Pero a falta de buenas razones el refrán apuntilla que obras son amores, y un gesto -o la ausencia del mismo- vale más que todo un pliego. Pedir que se cumpla lo firmado no es una exigencia caprichosa, sino una obligación contractual. Que se acate un reglamento taurino no es un antojo de cuatro intrusos, sino la oportunidad que se les brinda a todos de jugar, sin romperla, con la misma baraja. El respetar la figura del presidente sin ninguneos ni alevosía no es una imposición lacaya, sino la única vía racionalmente legítima que iguala a toros y toreros, aunque sólo sea en el momento en el que suenan los clarines.

 Viene esto al hilo porque la memoria es vaga y los recuerdos selectivos, y cuando hace un año Simón Casas se convirtió en nuevo empresario de la plaza de Madrid las primeras puertas que se le abrieron fueron justo las de nuestra casa, en las invernales tertulias de La Asociación El Toro de Madrid. Sabía Simón que no habría una segunda oportunidad para crear una buena primera impresión, y allí nos contó todo lo quiso, incluso más. Pero del dicho al hecho va un trecho, exactamente diez meses: los que han transcurrido desde que Simón Casas estuvo en Casa Patas en noviembre pasado hasta el preciso instante en el que este boletín ha visto la luz. Desgajando lo que allí nos dijo, y siendo honestos, se han cumplido muchas de las promesas que entonces avanzó: tantas como las que se han quedado por el camino. Inició la temporada como prometió, con novilladas toristas de la Quinta y de Fuente Ymbro y una corrida de Victorino Martín el Domingo de Ramos, pero más allá del gesto de Talavante no ha podido cumplir su deseo de acartelar figuras con encastes del gusto de la afición (y eso que en Casa Patas afirmó que “quisiera acabar mi carrera aportando algo al torismo y tengo grandes ideas que intentaré llevar a cabo”).  Ha implantado un novedoso y modernizado sistema informático para facilitar la venta de localidades y de abonos, que al final no ha podido ser usado para adquirir entradas para ver a José Tomás, que por mucho que nos escueza es quien realmente revienta la taquilla… Por lo que ya se puede decir que de la revolución vaticinada por Casas jamás se supo.


Pero el hecho inmaculado, el epílogo que sintetiza a la perfección lo poco que importa en los toros morder la mano que da de comer es la opinión que hace pocas semanas vertió el empresario sobre los aficionados y jóvenes de la plaza de Madrid. Según Simón son, somos “imbéciles”, aunque lo que no queda claro es si se refiere a cuando exigimos en la plaza porque no se cumple el reglamento, o cuando adocenados desfilamos por taquilla sin protestar. Porque el hecho es que se paga por algo que luego no te dan,  pero la mano que mece la cuna opina que es mejor que acuda gente sin afición. El cirujano insultando al paciente, el camarero regañando al cliente, el empresario de la primera plaza del mundo quejándose de los abonados que exigen que cumpla el pliego.
Como otras veces, aquí ya se ha dicho, recordamos a Lord Kelvin, que dejó otra perla para la posteridad con esta cita: “Lo que no se define no se puede medir. Lo que no se mide, no se puede mejorar. Lo que no se mejora, se degrada siempre”.  El propio Simón Casas en aquella lejana y borrosa tertulia de noviembre dejó dicho que “hay que engrandecer el torismo desde la evolución, lo que no evoluciona desaparece y no vayamos a perder el torismo por no evolucionar. No hay que tener miedo a reflexionar para evolucionar“.


El hecho de que siempre habrá aficionados rigurosos nunca podrá ser vilipendiado por la opinión de quien, en cierta medida, vive de esos a los que denigra, se ponga Simón como se ponga. Aunque el francés con dinero o sin dinero, por momentos, siga siendo el rey.



miércoles, 21 de junio de 2017

Lo que sé de Fandiño




Foto. Paloma Aguilar





En una de las escenas de la película “Barrio” los tres adolescentes protagonistas asaltan de noche una tienda en la cual se venden placas, galardones y medallas para competiciones deportivas;  cuando uno de ellos se abalanza sobre un trofeo de natación otro de los chicos que va con él, displicente y soberbio,  le increpa:

- ¿Para qué quieres tú eso, si no sabes nadar?

-  No sé nadar, pero sé ahogarme.


Yo no sé si Iván  era nadador, pero lo definitivo de una manera consciente e irrebatible  es la de veces que se hundió, que le hundimos, como al que arrojan al fondo del mar con un bloque de cemento encadenado a los talones. Pero Iván nunca se ahogaba. Una y otra vez, obstinado como un Houdini el escapista, emergía Fandiño de la abisal y negra profundidad del océano. Ahora él no está, pero con la resaca mal digerida de un luto imprevisto y las consecuencias en perspectiva asoman todas las buenas intenciones, panegíricos luminosos que no fuimos capaces de rendirle en vida.  

A Fandiño,  insurrecto y estepario,  nunca se le perdonó que sacudiese la caspa y los cimientos del status quo taurino encerrándose en Las Ventas con seis pavos de esas ganaderías de las que nunca se elimina lo anterior. Ese día, cuando finiquitaba al sexto, uno de Palha, se anegó el ruedo con almohadillas lanzadas desde los tendidos, nada comparable al trato dispensado con los que día tras día se enseñorean de los corrales y abjuran de la deontología taurómaca. Ni cuando en la encerrona de Bilbao en 2012 no hubo cojones a meter más de un tercio del aforo en la  plaza. Incluso el día que salió por la Puerta Grande en Madrid se le reprendió al entrar a matar sin muleta en  lo que para algunos suponía un acto inconsciente y suicida.

Se le pidieron tantas cuentas en vida que ahora queremos apaciguar nuestras deudas con un responso amable - mausoleos con forma de exégesis, panteones cincelados a golpe de teclado-,  algo que nos aplaque interiormente el ninguneo de antaño, nuestra mengua humana que nos impidió decirle cuando vivía lo que sólo ahora sabemos llorarle. Tal fue su honestidad sin solución de continuidad, por mucho que ahora nos atusemos las sienes intentando restituir su destino.

Sé que aquellos que hoy indagamos en lo más profundo de nuestra conciencia acudimos inopinadamente a la llamada de eso mismo: la búsqueda de la redención en lugar de asumir una cuota de culpabilidad.

Si hay una lección indirecta de Iván, si hay un zarpazo que hiere y adiestra, es el de la sublimación de la dignidad por encima del triunfo, de discernir la diferencia entre lo que cuesta y lo que vale, la importancia indeleble de pedir perdón antes que pedir permiso.

Perdónanos, porque alguna vez no supimos lo que hacíamos.


Que la tierra te sea leve, Iván.



Foto: Juan Pelegrín (pinchando aquí hay más fotos de Juan a Iván)


viernes, 9 de junio de 2017

Y Johnny cogió su fusil





Normal que después de la de Alcurrucén de El Juli todos esperásemos que esta fuera la corrida con picante, los Núñez incrustados en mitad de la semana torista, y con tres toreros de menos campanillas que el pasado día 25 de Mayo. Hoy todos estábamos con lo “fríos de salida, pero con ese tranco más en la muleta” y la verdad que la tarde, sin comerse a nadie, ha tenido de todo, con un muestrario de la casta en todas su versiones y con un torero que lo ha hecho mejor que nunca, otro que ha estado como siempre y otro que fue el que nos trajo hasta aquí.

El que hoy ha dado su mejor versión, su cota más alta vista hasta ahora, ha sido Juan del Álamo. Hoy Johnny cogió su fusil desplegando sobre el albero venteño el vademécum de sus funciones y competencias, del que nunca antes habíamos sabido por aquí de ello. El toro que ha sacado lo más hondo de Del Álamo ha sido Licenciado, colorado con sus 551 kilos cinqueños, bajito y con las sienes bien anchas, y por el que nadie dábamos un duro por él, ya que se frenó arteramente varias veces antes de entrar en el capote, sonaba de fondo los cuchillos en la ducha de Psicosis, cuando el mirobrigense, contumaz y firme lo desengaña en el capote, con un alarde de consentir y poder, sacándolo con garbosa torería a los medios. Ya en varas acude a su albur este Licenciado a los predios del picador de reserva, donde tras un marronazo propina una coz al aire. Ya en contraquerencia toma una vara yendo con el freno echado. Entra otra vez doliéndose al sentir el hierro, y aún una tercera entrada testimonial. Ahí Licenciado ya ha cantado su mansedumbre, siendo todavía más incierto y marrajo en banderillas. Remiso a cualquier estímulo, eludiendo cualquier combate, acudió presto Del Álamo a por él, rodilla a tierra, doblándose con firmeza terca, tirando del colorado y consiguiendo encelarle de nuevo en las telas. Ahí Del Álamo ya tiene a la plaza de su lado, y lo sabe según va sacando al mansito a la boca de riego. Y en el platillo vuelve a citar con la muleta por delante Johnny, sacándole una estimable serie con la derecha, nunca en terrenos comprometidos, pero con temple y mando suficiente para que el toro no se raje y vaya embebido en lo que Del Álamo le indica. Al cambio de mano a la izquierda brota otra buena tanda de empaque, sin punteos, en que los argumentos que dispensa el torero son temple y pundonor, alargando unas embestidas que dos minutos antes nadie nos hubiésemos creído que surgirían. Aquí Del Álamo ya sabe que no hay más tela que cortar, y se va a por la espada de verdad. Clarividente estructura de la obra del mirobrigense, en el mismo rollo de Ginés Marín con Barberillo, con los tiempos justos, sin pasarse de faena. Tras una última tanda en la que Del Álamo, se nota, torea para él, culminó su obra con un estoconazo en todo lo alto, de factura perfecta. Tardó en caer Licenciado, tragándose la muerte sacando la casta que un manso sí puede atesorar, lo mismo que tardó Trinidad en sacar el primer pañuelo, con una fuerte petición de la segunda, que hubiese concedido así una puerta grande no menos merecida que por ejemplo la de Ponce. Se mantuvo firme en su convicción Trinidad, dejando el trofeo en una pelúa. Tras pasear la oreja hubo aún una segunda vuelta al ruedo de Del Álamo, reivindicativa, de rabia y ego, como acumulando fuerzas para convencernos con el sexto. Rotundo Juan del Álamo, inapelable en todo lo que estuvo en su mano.

Y éste sexto que comentamos no era otro que Bocineto, 550 kg en la romana, bien armado, el de menos remate de la corrida, y ya entonces las gentes están con Del Álamo desde que se abrió el portón. Argumenta Johnny su prurito con el capote en el cinco. Se nota que está porfiado y con hambre, más este sexto no quiere caballo una vez puesto en suerte. En rayas se espanta y cocea, y se viene Alberto Sandoval al seis a picar. Brega con oficio Vicente Roldan para volver a camelarle, pero lo único que se dejó hacer fue un refilonazo en chiqueros, derribando allí a Juan Francisco Peña. Del Álamo, que no deja pasar una, se lo lleva al cuatro y ahí se deja pegar. Se viene arriba en banderillas este Bocineto, haciéndole hilo a Jarocho, quien incluso ha de endilgarle un par en la suerte del sobaquillo. Brinda al público Del Álamo. Sabe lo que se juega, y apuesta todo al negro. Cita de lejos, y como en su primero le receta una muy buena tanda con la derecha. El toro va, como dice Castavieja este Bocineto tiene postre, y ahí que va Del Àlamo. Se queda corto ya en una tercera serie, derrotando al aire, con la cara alta, desarmando incluso a nuestro hombre. Tira de él Johnny, y lo vuelve a embarcar de largo. Traga y se la pone en el hocico. A la izquierda ya no hay mecha que prenda. Saca petróleo Del Álamo entre tarascadas y algún gañafón. En registros más de emoción que de toreo. Se raja del todo el alcurrucén cuando va a por la espada Johnny. Lo más que consigue es cobrar una estocada tendida soltando el engaño. Y cuando rueda sin puntilla el toro ya flameaban pañuelos suficientes para sacar en hombros a la versión mejorada de Juan del Álamo, el Johnny que está vez sí cogió su fusil.

Manuel Jesús, anteriormente conocido como “El Cid”, para los que llevamos dos telediarios en esto, fue quien con su toreo al natural consiguió hacernos caer enfermizamente en esto de los toros, hipnotizándonos, ensimismándonos cual faquir con la cobra que asciende desde el cesto. Hoy como dejó escrito Machado “se canta lo que se pierde”, y de El Cid ya sólo nos queda el recuerdo de su majestuosidad apabullante y una vaga ilusión de volver atisbar en él algo de lo que nos hechizó entonces. Con su primero, Coplero, de 546 kilos, tocadito de pitones, larguito el toro, con el borlón barriendo el albero, no lo catamos hasta que llegó al caballo, donde empuja en la primera entrada teniendo que salir Juan Bernal más allá de las rayas, saliendo suelto nuestro protagonista, evitando solventemente Pirri que entre Coplero al encuentro en el caballo de reserva, aun así lo mete el Cid debajo del peto de Jesús Ruiz Román, por lo que al acudir de nuevo al picador de tanda el segundo encuentro es de puro trámite. Cuando inicia el trasteo con la muleta Manuel Jesús se le ve que prueba como desconfiado, en las antípodas de ese Cid ingobernable del que hablábamos que una vez nos enamoró, y se le recrimina desde el tendido. Quién iba a decirlo, que a El Cid un día se le echaría Madrid encima… Pide calma con la mano Manuel Jesús, pero no encuentra en ningún momento ni terreno ni distancia donde acoplarse con el animal. No dio un ruido el del Cortijillo que remendó la corrida. Pero tras dos tandas de perfil bajo, con el alma ausente y confianza nula, inexplicablemente se fue El Cid a por la espada de verdad, como si llevase un rato pensando en ir a por ella, abstraído como Bartebly el escribiente El Cid parecía como si prefiriese no hacerlo. Una estocada tendida y contrario más el descabello silenciaron lo que nunca tuvo eco.
El cuarto de la tarde, Antequerano, ofensivo en las perchas como todos sus hermanos, recibió de primeras un puyazo trasero a pesar del cual se durmió el peto, y aunque topó más que empujar casi consigue descabalgar a Jesús Ruiz Román. Le pone de largo El Cid en la segunda entrada, reconociendo el público su gesto, y brindando Antequerano una hermosa arrancada dejándose pegar en el faldón del picador. Y fue este Antequerano el toro que debió poner a El Cid otra vez en nuestros corazones. El de Salteras lo sabe, tiene otra vez la moneda, y con el oficio antiguo que tiene, curtido como está en mil de estas, ahorma la descompuesta embestida del alcurrucén, cogiendo el vuelo necesario para que vibren los tendidos y El Cid se lo vuelva a creer. Cuando se la echó a la izquierda ya no hubo esa conexión, no hubo ni fuerzas del toro ni alma del torero, pero su técnica resabiada llena el vacío de lo emocional, y sin ser nada emocionante como ayer lo de Rehuelga, todo toma el giro previsible de las últimas apariciones de El Cid, cumpliéndose de nuevo el axioma cidista que reza “toro que cuaja, toro al que no le estoquea de primeras”. Con la espada ligeramente trasera se atraviesa la plaza Antequerano para echarse en la misma puerta de toriles. Tras dos descabellos de Pirri, y a pesar de ser la sombra de aquel prestidigitador añejo, recoge la ovación - desde el tercio sin protesta alguna- el Manuel Jesús de ahora pero más que por su labor de hoy por tanto que nos dio El Cid de entonces.

Queda Joselito Adame, el mexicano que más veces ha hecho el paseíllo en Las Ventas contando el de hoy. El primero de Adame, Listillo, 521 kilos colorados, lavadita la cara, acudió ya de primeras al caballo sin que nadie le pusiera en suerte. Va el Listillo a empotrarse contra el kevlar del caballo que monta Manuel José Bernal. Suelto llega al de reserva donde le sueltan un picotazo, y sin más pide el cambio Adame. Saludaron Miguel Martín y Fernando Sánchez. Sin nada que puntuar en la muleta, este Listillo se quedó parado y desparramando la vista, de Listillo solo tenía el nombre. Joselito Adame hoy ha estado más perdido que el bombo de Manolo, y así se lo hicieron saber los asistentes hoy a la plaza, cuando articuló varias tandas con la derecha donde hubo más de recriminar que de celebración, más de palmas de tango que de aplausos. El abuso alevoso del pico y sacar el toro por las afueras no ayudaron al mexicano a ser tomado en serio. Ya con la zocata alguien le cantó la verdad del barquero al gritarle que había aburrido al toro… Dos pinchazos y cuatro descabellos cerraron en falso esta primera faena de Adame. En su segundo, Afectísimo - quizá el más terciadiato, alto sin ser zancudo- vimos que tampoco se empleó en varas, aunque sí consiguió derribar estrepitosamente en la segunda entrada a Óscar Bernal. Aún hubo una tercera y buena vara que sirvió de prólogo a un eficaz tercio de palitroque. Ya en la muleta principió Adame -con muchísima originalidad y dejando un sello propio y genuino- por estatuarios en terrenos del siete, sacándolo pinturero a los medios. Los aplausos se tornan abucheos cuando ya enfrontilado el hidrocálido mostró su versión más descaradamente impostada, sustentado todo su trasteo en la alcayata y el lomo combado ante la inerme acometida de Afectísimo. Cobró una estocada atravesada, y luego un pinchazo, para terminar degollando al toro de puñalada trapera. Pero por entonces ya sólo interesaba que saliese el sexto, para certificar si Salamanca por fin volvía a tener torero.