lunes, 2 de julio de 2018

Elogio y crítica de José Tomás, o todo lo contrario









Se han reforzado los trenes. Reconozco varios rostros que me son familiares de los domingos tristes en Las Ventas; también localizo a toda la panoplia de aficionados de esos que se llaman toristas, que no pueden reconocerlo en público, pero que pecan como muchos de nosotros, y van a ver a José Tomás, como si eso no fuese compatible con ver a Chacón con la de Saltillo. Tertulianos de la caspa, músicos de la movida, futbolistas retirados y gomosos de nuevo cuño dan forma al abigarrado bodegón de tomasistas.

Iba leyendo a Ralf Rothmann: “El silencio, el rechazo absoluto a hablar, especialmente sobre los muertos, es un vacío que tarde o temprano la vida termina llenando por su cuenta con la verdad". Tenía pensado quedarme con lo que viese, sin más propaganda. Además, es difícil escribir de José Tomás, entre panegiristas y palmeros, pero al leer a Rothmann pensé que quizá alguien quisiera eso mismo, una verdad sin pretensiones. Y fue como sigue.

Algunos creen que vienen al encuentro del toreo puro y de la verdad insobornable, sin querer reconocer que lo que buscan en puridad es algo que sucedió hace quince años. Porque, asumámoslo antes de nada, este José Tomás es solo el Pigmalión de aquel otro. Y uno se engancha a la cola de un recuerdo, pensando ingenuamente que al evocar todo aquello se recreará de nuevo, como por ensalmo, el aroma indeleble de entonces.

Los que acuden a ver a JT, el público, enseguida delatan que su interés gravita en torno a un acto social y no demasiado en la órbita de los toros. Ellos acuden a presenciar una aparición, un cometa que sólo pasa cada tanto, y del que ellos pueden dar fe y jurar que lo vieron. Aplauden cuando no ocurre nada, no aflora el más mínimo interés por las condiciones del toro, se asustan cuando se pica, y si el toro no aguanta cinco lapas de recibo abuchean, ni siquiera con palmas de tango - por creer que el lote viene impuesto-  sin imaginarse ni por un segundo que el culpable es al que vienen a elevar a los altares.

A José Tomás hay que olisquearle; fisgonearle, estar en su mismo espacio y adentrarse en su Matrix, incluso para osar ofenderle. No desde el sofá, beatificando en Tuiter o afilando la guillotina mediática. O deletreando la cátedra meliflua en 140 caracteres. O viendo las dos dimensiones, siempre viciadas, de los vídeos y periscopes, que insinúa más de lo que enseña. Joseto no hay comparación que lo soporte. Siempre estará por debajo: o de lo que se espera de él, o de su sombra, incluso de su milimetrada y marquetiniana leyenda.

Así y con todo, la brecha entre lo que JT atisba y lo que el resto ni siquiera son capaces de insinuar es tan insolentemente profunda que haría falta un equipo de sismólogos para darle un nombre. Hay tres hitos que en el resto apenas averiguamos. El primero se lo leí a don Ignacio Sánchez-Mejías, el de ahora, y es que ahí donde José Tomás se planta “los toros se sienten agredidos, y es cuando embisten, y se los pasa muuuy cerca”. Lo siguiente se lo leí a José Vega, el contemporáneo también, y tiene razón cuando apunta lo adelante que les echa la muleta, logrando embarcarlos y llevarlos en largo, más allá de la cadera. Y el viernes mismo, a la salida de la plaza, alguien articuló con brazos y arabescos esa manera irreproducible de pulsear al toro, ese lívido, imperceptible toque de la muleta que imanta al de enfrente, que es lo más parecido a lo que los viejos del lugar decían que era "mandar". Mandar y poderle al toro, que a fin de cuentas es lo que transmite. Y nada más.



El que ha hecho quinto es como el segundo. Y como el resto, qué leches. Puede que un punto por encima en cuanto a movilidad, el buen son que a veces le he leído a Barquerito. Pero nadie que haya probado antes la casta y la emoción pagaría por ver esto sin saber de antemano a lo que se expone. Animales sin apenas cara, con los remos más flojos que los de las barcas del Retiro, huidizos como los que defraudan al fisco, y con ese semblante bisoño que hacen parecer al perro de Scottex el mismísimo cancerbero del Infierno. Es la misma materia inane y terciada que para Perera, que para todos los demás, pero JT holla en otros terrenos. Nunca enmienda los talones, ni rectifica sobre la marcha. Se asoma a un precipicio, un abismo de dos palmos que separa a Joseto del resto, casi incluso de sí mismo. Y como sentencia el que está sentado detrás de nosotros (justo antes de arengarle con un "José, tú pa mí eres el Rey"): torea la misma mierda que el resto,  pero a éste le embisten. Al día siguiente Luis Cano, como un zarpazo, sintetizó todo en una frase: “con sus imperfecciones, el toreo es eso en lo que uno no se deja y otro quiere poderle; por eso hoy después del quinto ya sólo queda el vacío”.

A los mitos no se le exige. Se le idolatra o se le odia, sin más. Carga Joseto con la dudosa, impuesta responsabilidad de salvar él solo todo esto, de ser el albacea de todas nuestras esperanzas. Le retenemos en la memoria como el soldado acarrea el retrato de su novia en la guerrera, y nos dejamos embaucar por sus esporádicos advenimientos, elucubrando quizá con que su sola presencia y los aplausos que anuncian superávit de orejas cicatricen los males, y alguno se creerá que mañana La Fiesta se levantará, como Lázaro, y todo volverá a su ser. Pero cuando los demás no paran de salir en los medios, él no para de esconderse cada vez más.  Cuando los demás hacen anuncios y libros, su publicidad es esconderse para salir de poco a poco. Cuando más compromiso le pedimos, más liviana es su exigencia. Cuando más falta hace José Tomás, con toros de trapío y casta, más parece que él  menos necesita de nosotros.


Aún hay tiempo de pensar en lo que dos señores endomingados, entrados en años y alcohol, rezongan a nuestra espalda en el tren: que si no son dos orejas, o que si no hay otro igual. Y me quedo ensimismado en lo mío, dirimiendo si soy de los unos que piden justicia, o de los otros que piden venganza.



sábado, 19 de mayo de 2018

Al principio era el verbo




Foto: Ana Escribano (aquí toda su galería)



Undécima corrida de la feria de San Isidro con toros de Jandilla, procedencia don Juan Pedro Domecq y Díez, es decir, la madre de todas las madres. Corrida pareja en presentación, hechos todos cuesta arriba, manejables en su conjunto, “zapatos” que es como suelen motejarlos los taurinos: toros recortados pero de bonitas hechuras, de los que caben en la muleta y permiten gustarse y expresar esa tauromaquia contemporánea. Endeble y al límite de sus fuerzas el primero, un  segundo con clase metiendo la cara en la muleta pero sin malicia ninguna, tercero feble e inerme en sus embestidas, un cuarto que desarrolló sentido al final, el quinto abanto y distraído de salida que al final valió para la muleta moderna, y el sexto mansurrón que se rajó enseguida. Cinqueños el tercero, cuarto y quinto.

Juan José Padilla (de azul marino y oro). Estocada tendida y trasera, partiendo el estoque y perdiendo la muleta. Descabello. Media estocada escupida y con otra media y dos descabellos. Silenciado en ambos.

Sebastián Castella  (de azul y oro). Estocada caída (silencio). En el quinto, media estocada casi entera (oreja).

Andrés Roca Rey (de blanco y plata). Estocada arriba (ovación). En el sexto, estoconazo hasta los gavilanes  (saludos).

Presidente: D. Justo Polo Ramos. Inédito en las decisiones destacables en el ruedo.

Suerte de varas: todas las suertes de esta tarde se desarrollaron en la distancia más corta, que es toro y picador cada uno a un lado de las dos rayas concéntricas del ruedo: tercio de varas de servicios mínimos. Justo lo contrario de lo que predicaba Gregorio Corrochano: no una vara de muerte, sino varias de castigo.

1.- “Recoveco”, número 69: se paró entre esas dos rayas y se frenó al entrar en la primera visita al penco. Exiguo castigo en la segunda en la que ni se marcó la pirámide de la puya.
2.- “Harmonía”, número 1: pasó por el trámite cogiendo dos buenas varas recetadas por “Josele”, pero inocuas ambas como un análisis de sangre.
3.- “Jornalero”, número 122: también fue bien colocada la vara inicial pero el piquero ni marcó con la puya ni holló en el morrillo: eso que dicen de dejar crudo al animal. Rompe la vara en la segunda entrada. Hay una tercera de puro compromiso en la que Jornalero amaga con romanear, pero su laxa fuerza le impide acometer dicha empresa.
4.- “Jacobino”, número 124: Trasero y sin cogerle el toro empuja y descabalga en su primera entrada Justo Jaén. En la segunda venida de Jacobino se ensaña el picador con él, tapándole la salida y zurrándole lo que no está en los escritos.
5.- “Husmeador”, número 65: José Doblado, sin emplearse apenas, le hunde las cuerdas en la primera venida. En la segunda vara Husmeador pierde las manos y se desliza por el albero hasta llegar a las faldas del peto. Hay una tercera vara en la que el pica cruza las rayas, a pesar de las unánimes protestas, para luego apenas castigar al toro.
6.- “Barones”, número 31: empuja con los riñones en la primera entrada, sin exigencia por parte de Sergio Molina. La segunda vara también la agarró en todo lo alto el varilarguero, pero al igual que en la primer Barones se deja pegar, y ya.

Cuadrillas y otros: cartel de “No hay billetes” en taquillas, aunque eran generosos los huecos en gradas y alguna andanada. Salió a saludar Juan José Padilla, seguida de una sonorísima ovación, en la que se presume su última tarde en Madrid en esta su temporada de despedida como matador de toros. Destacar la brega de su hombre de plata, Manuel Rodríguez “Mambrú” que en el cuarto de la tarde salvó con sus quites en un par de ocasiones a su jefe de filas.



Al principio era el verbo, conjugado en infinitivos: parar, mandar y templar. Hoy Juan José Padilla es pretérito pluscuamperfecto, un torero que había sido grande antes de Zaragoza, que fue y será recordado por los pavos que lidiaba de las ganaderías y en las plazas que nadie quería. Ahora es un torero de arte, y si con su contumacia y tesón es capaz de lidiar el toro artista no queda más que decir. A Padilla no se le puede criticar nada, el toreo del ciclón de Jerez es bullanguero y de jolgorio, de uys y de ays, y querer exigirle más que su puesta en escena es pedirle peras al olmo. Pone sus banderillas vistosas y a toro pasado, incluso se atreve a clavarlas al violín…Inició su primera faena de muleta de rodillas, en el alambre de la cogida siempre, con alivio y precaución en cada pase, con el público que sólo vendrá hoy a la plaza descaradamente puesto de su lado, le doy fiesta mientras el motor de Recoveco no se gripó, pero en cuanto soltó la cara derrotando por encima el palillo Padilla desistió. Algo similar en su segundo, Jacobino, que ya le hace perder el capote en el recibo, y que gracias a su peón “Mambrú” se evitó un mal mayor. Puede que incluso acusase la paliza en varas que le había propinado el picador, pero este Jacobino se vino arriba cuando lo banderillea con suficiencia y ventaja Padilla, hasta se atreve con un meritorio par de dentro a afuera. Se dobla con él pero al tercero pase ya no sigue las telas. Apretó ahí el toro, sacando la guasa sin fuerzas que guardaba, y Juan José ya sólo pudo taparse y quedarse con lo bueno, que fue la ovación de apertura.

Sebastián Castella es presente continuo. Castella inicia sus faenas como la del día de su alternativa. Y como la del día siguiente. Y el siguiente. Y así siempre, sin solución de continuidad. A su primero “Harmonía" le principió con la tanda de estatutarios especialidad de la casa. Siempre fuera del terreno del toro. Caedizo y desmadejado, por cierto. Protestado Castella y el toro. Ni tentando al toro con la izquierda hubo recorrido. Se le recriminó fuertemente que abusase del moribundo. Sin opciones le degolló de una estocada atravesada. Pitos en el arrastre para “Harmonía”. Con "Husmeador", el más chico del encierro con 532 kilos, repitió registros Castella plagiándose a sí mismo, pero este quinto no fue malo, y aunque fue el que más se enteraba de salida de todos (abanto en cierto modo, tardo en los cites) propinó a Le Coq la posibilidad de pegarle tres por la espalda, enganchados los tres, y dos tandas a derechas,  redondas y sin reunión, que le valieron los primeros aplausos.  Ya luego el circular invertido ante la nobleza exhausta de Husmeador, y en los tendidos los parroquianos de todos los días recriminando la falta de compromiso y la pierna retrasada de Castella contra los que van a venir sólo un día a la plaza y no paran de contradecir a los otros, jaleando al francés no porque les guste lo que hace, sino por joder a los abonados. Mientras Castella tragó y encimó lo suficiente para, con una estocada casi entera, llevarse una de las orejas más festivaleras de la semana. Barata la oreja, pero ellos son los que pagan nuestra afición. O eso dicen.


Y el futuro imperfecto de Roca Rey. La moneda la cambia el que la tiene, y él parece que no va a cambiar nada viendo lo fetén que le va con el arrimón y el tremendismo. El futuro ya está aquí, y es él, pero pasa como con la nueva política: que es igual que la vieja. En su primero, "Jornalero” ya con las verónicas a pies juntos enardece a esa gente que no les gustan los toros pero sí les gusta los toreros. Tras brindar al público, y con el mentón cosido al pecho, le pega dos pases del celeste imperio, dos banderazos,  dos ayudados por alto y una espaldina (ese toreo de mucho acompañamiento y nulo mando) que cortan la respiración del sufrido público. Quedaba la duda de si adelantaba la pierna, que es lo suyo. Pero fue al revés: la escondió más si cabe. Roca Rey maneja con precisión quirúrgica ese balanceo entre en el que cada vez que sube la  tensión ambiental a base de valor y arrojo baja hasta los infiernos su interpretación del toreo, encimista y abusivo ante un cadáver en vida. Eso le vale la ovación ante un toro difunto, el primero, pero ante su segundo, "Barones” al que sus quites por gaoneras de medio pecho calientan las manos de los no asiduos, su toreo de banderazos ya no vale, porque Barones sale suelto en banderillas, enterándose de todo, y con más miedo que vergüenza se emplaza cerca de toriles. Roca Rey le pega tres por alto y canta la gallina del todo el de Jandilla. Con la izquierda se cae y se va, así que más por la derecha. Lo que principió en el 7 claudicó en el cuatro. Ahí ya se pegó el arrimón final, con pases de reolina y abuso, con esa antiestética contorsión lumbar para simular que está tirando del toro, cuando lo que hizo en puridad fue estrujarlo sin piedad. El estoconazo hasta los gavilanes no sirvió para que tocase pelo, pero qué más da todo eso, si los que le han aplaudido mañana no van a volver a la plaza.

jueves, 10 de mayo de 2018

Segunda de feria





Acaso, en el siglo XXI de Las Ventas, haya sido El Cid el torero al que más veces se le hayan coronado las faenas con olés, no como ahora que únicamente se grita “bieeeen"; y quizá sea también al último torero al que se le hayan pedido las orejas con pañuelos, no como ahora que con chiflar al presidente ya basta. Puede que del toreo de Manuel Jesús ya sólo nos quede lo mismo que al poeta Vallejo le quedaba de su propia muerte: el aguacero de su recuerdo.


Hoy nos desayunamos con las crónicas del nuevo periodismo taurino, diletante y mesetario como el viejo que ya teníamos, en donde a El Cid, por viejo y por torero de aficionados, se le pasaporta a un asilo. Esa insidia tan nuestra de arrojar a la cuneta todo lo que a uno le molesta hoy la toma con Manuel Jesús con la misma celeridad con la que en sus crónicas no se habla del tercio de varas, si acaso para ningunearlo, y pontifican con el mensaje de vida del indulto y cáliz de salvación del arte.
Hoy El Cid no está, de facto últimamente ya sólo acudía a Madrid borroso y codificado, pero incluso con con ese oficio del que abusa ahora para ocultar la ausencia del alma que en su día ponía a todo lo que ejecutaba, incluso así su sola presencia justifica una entrada sin su rebaja de IVA, cada acción de El Cid verifica aquello que valdría tanto para esos toreros artistas como para estos cronistas de Tuiter: decir que se torea mejor que nunca es como decir que se es buen periodista porque se teclea muy deprisa.
Desconfiado, titilante, sin gustarse ni siquiera él mismo, ayer El Cid quiso ser Dorian Gray mas sólo dejó la evocación de un hombre que nos hizo a muchos entrar en los toros por la escotilla de un toreo casi difunto de honestidad y muleta por delante que, como a él, ya sólo quieren enterrar.

Quizá vaya a tener razón Morante, y el toro de hoy en día sobre todo es una desproporción. Siempre se dijo que Buendía quiso endulzar lo de Santa Coloma para que lo matasen las figuras, pero lo de sacarlo de tipo ya no sabemos ni cuándo ni cómo fue. Salieron mejor las fotos de la empresa que los toros por chiqueros, y sus llamativas capas disimularon en cierto modo lo poco que llevaban dentro. Incluso ausentes de fuerzas para romper por delante fueron toros de no perderles de vista, que se lo digan a Morenito con su segundo, con más genio a media altura que casta por abajo, que es como dicen que cogen los vuelos estos pavos.

Es Morenito quien dejó lo más magro. Cuando se abrió de capote en su primero alguien insinuó que el de Aranda tenía otro aire: otro son. Y llevándose el lote más potable no pudo el Moreno sentirse a gusto, o bien porque Platillero se quedó en la reserva enseguida o bien porque Brioso se enteraba de todo y había que tragar con los tornillazos que soltaba, incluso mandar en esa embestida descompuesta y aviesa.

De Juan Bautista he visto lo que escribe Álvaro Acevedo, y es mejor que le lean a él, al menos no arroja a nadie a la cuneta.

jueves, 25 de enero de 2018

Valdemorillo, la patronal y una cena con Alberto Lamelas






Él seguro que ni se acuerda, pero la noche de San Isidro que cenamos con Alberto Lamelas -quien venía de despachar la de Dolores Aguirre- una de las preguntas que cayó en la tertulia de las copas fue qué diferencias veía él entre tentar en casa de Moreno Silva o Fernando Cuadri y luego cuando le llamaban para tentar en casa de Juan Pedro o Garcigrande. Y Alberto, solemne y circunflejo, sólo pudo por menos que articular algo parecido a esto: “Es que a mí nunca me han llamado de esas casas para ir a tentar”.

domingo, 3 de diciembre de 2017

Morante


     



En una entrevista concedida al programa Tendido Cero justo antes de uno de sus múltiples regresos a los ruedos Federico Arnás,  con voz entre cómplice y vacilante, le pregunta a José Antonio Morante, con foulard de topos, zapatos de bolera y bombín de profesor Tornasol, si es verdad que su caché se ha disparado. Responde José Antonio, con ese aire presocrático que envuelve todo lo que exuda, y asevera sosegado y ceñudo que ha decidido “apostar por la calidad, y esa calidad revalorizarla” (el vídeo pinchando aquí).


De eso han pasado diez años, y entre ausencias y advenimientos hemos pasado una década viendo cómo el de la Puebla a veces se iba, otras no estaba, y las menos se hacía notar por arrebatos su tauromaquia. Y en este interregno Morante a veces se retiraba, pero los que nunca se han ido son los morantistas. Ávidos de que algún advenedizo osase cuestionar a Morante, el torero, sin reparar que se puede ser morantista sin caer en el ridículo de ser a la vez de Morante, el personaje. Como cuando a Messi o Ronaldo se les acompaña hasta el juzgado y en las mismas puertas se les vitorea cuando van a declarar por sus desfalcos a la Hacienda Pública; alguien debe avisarles que a Morante no siempre hay que perdonarle todo.



Cuando a uno le gusta el toro como el epicentro y el cogollo de toda esta quimera, y entonces te encuentras con que Morante se pierde él mismo el respeto ninguneando el mármol de su propia obra, cuando se entreveran su displicencia caprichosa y su tirón mediático para “no querer ver el toro” o no encontrarse inspirado, es ahí cuando asoma la maldita hemeroteca mental de uno, y tirando del hilo se confirma que Morante lleva su penitencia -la de la impostura de su arte- en lo más hondo de su pecado, porque cuando quiere no es que sepa, es que se pone a torear. 



A muchos no nos interesa cuando se disfraza de lince en Huelva,






Ni cuando le tira unos anteojos al presidente en Alicante,







               




O cuando allí mismo saca su  manguera a pasear,







O cuando en Beneficencia en Madrid tras desechar dos tráilers de toros de Valdefresno a su apoderado le faltó tiempo para plagiar a Paulo Coelho,






El rechazo al duende y el pellizco, a la perífrasis literaria y tribunera que le redime y le perdona, a los moranteliebers que te aplican el artículo 155 por menos que les expongas argumentos, y en definitiva a todo lo accesorio que unge y eleva a JA para tapar su desidia, todo eso se vuelve una mota en la solapa cuando has visto a Morante salir de la enfermería tras haber despachado seis toros sin que allí se enterase nadie, y poner un par de banderillas para los adentros como éste:







o crujir a un victorino de salida en Sevilla sin darse un pijo de importancia:






o encabronarse en Dax no hace mucho porque otro de victorino le puso a cavilar, y los gabachos sí que te chiflan si te quieres ir de rositas, te pongas como te pongas:






incluso me vale aquella tarde de Bilbao, que salió con la espada de verdad a finiquitar a Cacareo, y al final se inventó algo parecido a tocar el cielo con las yemas:







Lo iconoclasta, ir a contracorriente, ese rechazo a ser como los iguales, hace todavía vigente lo que una vez dejó escrito Borges:"cuando uno odia a alguien, uno piensa en el otro continuamente, y, en ese sentido, uno se convierte en su esclavo".

Ojalá. ¿Por qué no? Pero del torero, no del personaje.





viernes, 29 de septiembre de 2017

Cuando la palabra ya no es la ley







Este texto puede hallarse en el boletín de la Asociación El Toro de Madrid, "La Voz de la Afición"que se entregará hoy antes de la corrida en la plaza de Las Ventas. Desde aquí doy las gracias a mis compañeros de Asociación que han tenido a bien publicar este texto.





No hace falta rebuscar demasiado para acordarse de aquel tiempo en el que, en esto de los toros, un apretón de manos tenía más valor que un contrato firmado; un tiempo no muy lejano en el que, como dice la ranchera, la palabra dada era la ley. Y seguro que habrá quien nos tilde de cascarrabias agoreros, de ser los del vaso medio vacío, de poner pegas a todo y no conformarnos con nada. O quizá, por eso mismo, albergamos justo lo contrario: un espíritu tenaz pero, por qué no decirlo, constructivo si se quiere; un talante crítico de poner el dedo en la llaga, de evitar que ya que somos unos cornudos no seamos también apaleados. Pero a falta de buenas razones el refrán apuntilla que obras son amores, y un gesto -o la ausencia del mismo- vale más que todo un pliego. Pedir que se cumpla lo firmado no es una exigencia caprichosa, sino una obligación contractual. Que se acate un reglamento taurino no es un antojo de cuatro intrusos, sino la oportunidad que se les brinda a todos de jugar, sin romperla, con la misma baraja. El respetar la figura del presidente sin ninguneos ni alevosía no es una imposición lacaya, sino la única vía racionalmente legítima que iguala a toros y toreros, aunque sólo sea en el momento en el que suenan los clarines.

 Viene esto al hilo porque la memoria es vaga y los recuerdos selectivos, y cuando hace un año Simón Casas se convirtió en nuevo empresario de la plaza de Madrid las primeras puertas que se le abrieron fueron justo las de nuestra casa, en las invernales tertulias de La Asociación El Toro de Madrid. Sabía Simón que no habría una segunda oportunidad para crear una buena primera impresión, y allí nos contó todo lo quiso, incluso más. Pero del dicho al hecho va un trecho, exactamente diez meses: los que han transcurrido desde que Simón Casas estuvo en Casa Patas en noviembre pasado hasta el preciso instante en el que este boletín ha visto la luz. Desgajando lo que allí nos dijo, y siendo honestos, se han cumplido muchas de las promesas que entonces avanzó: tantas como las que se han quedado por el camino. Inició la temporada como prometió, con novilladas toristas de la Quinta y de Fuente Ymbro y una corrida de Victorino Martín el Domingo de Ramos, pero más allá del gesto de Talavante no ha podido cumplir su deseo de acartelar figuras con encastes del gusto de la afición (y eso que en Casa Patas afirmó que “quisiera acabar mi carrera aportando algo al torismo y tengo grandes ideas que intentaré llevar a cabo”).  Ha implantado un novedoso y modernizado sistema informático para facilitar la venta de localidades y de abonos, que al final no ha podido ser usado para adquirir entradas para ver a José Tomás, que por mucho que nos escueza es quien realmente revienta la taquilla… Por lo que ya se puede decir que de la revolución vaticinada por Casas jamás se supo.


Pero el hecho inmaculado, el epílogo que sintetiza a la perfección lo poco que importa en los toros morder la mano que da de comer es la opinión que hace pocas semanas vertió el empresario sobre los aficionados y jóvenes de la plaza de Madrid. Según Simón son, somos “imbéciles”, aunque lo que no queda claro es si se refiere a cuando exigimos en la plaza porque no se cumple el reglamento, o cuando adocenados desfilamos por taquilla sin protestar. Porque el hecho es que se paga por algo que luego no te dan,  pero la mano que mece la cuna opina que es mejor que acuda gente sin afición. El cirujano insultando al paciente, el camarero regañando al cliente, el empresario de la primera plaza del mundo quejándose de los abonados que exigen que cumpla el pliego.
Como otras veces, aquí ya se ha dicho, recordamos a Lord Kelvin, que dejó otra perla para la posteridad con esta cita: “Lo que no se define no se puede medir. Lo que no se mide, no se puede mejorar. Lo que no se mejora, se degrada siempre”.  El propio Simón Casas en aquella lejana y borrosa tertulia de noviembre dejó dicho que “hay que engrandecer el torismo desde la evolución, lo que no evoluciona desaparece y no vayamos a perder el torismo por no evolucionar. No hay que tener miedo a reflexionar para evolucionar“.


El hecho de que siempre habrá aficionados rigurosos nunca podrá ser vilipendiado por la opinión de quien, en cierta medida, vive de esos a los que denigra, se ponga Simón como se ponga. Aunque el francés con dinero o sin dinero, por momentos, siga siendo el rey.



miércoles, 21 de junio de 2017

Lo que sé de Fandiño




Foto. Paloma Aguilar





En una de las escenas de la película “Barrio” los tres adolescentes protagonistas asaltan de noche una tienda en la cual se venden placas, galardones y medallas para competiciones deportivas;  cuando uno de ellos se abalanza sobre un trofeo de natación otro de los chicos que va con él, displicente y soberbio,  le increpa:

- ¿Para qué quieres tú eso, si no sabes nadar?

-  No sé nadar, pero sé ahogarme.


Yo no sé si Iván  era nadador, pero lo definitivo de una manera consciente e irrebatible  es la de veces que se hundió, que le hundimos, como al que arrojan al fondo del mar con un bloque de cemento encadenado a los talones. Pero Iván nunca se ahogaba. Una y otra vez, obstinado como un Houdini el escapista, emergía Fandiño de la abisal y negra profundidad del océano. Ahora él no está, pero con la resaca mal digerida de un luto imprevisto y las consecuencias en perspectiva asoman todas las buenas intenciones, panegíricos luminosos que no fuimos capaces de rendirle en vida.  

A Fandiño,  insurrecto y estepario,  nunca se le perdonó que sacudiese la caspa y los cimientos del status quo taurino encerrándose en Las Ventas con seis pavos de esas ganaderías de las que nunca se elimina lo anterior. Ese día, cuando finiquitaba al sexto, uno de Palha, se anegó el ruedo con almohadillas lanzadas desde los tendidos, nada comparable al trato dispensado con los que día tras día se enseñorean de los corrales y abjuran de la deontología taurómaca. Ni cuando en la encerrona de Bilbao en 2012 no hubo cojones a meter más de un tercio del aforo en la  plaza. Incluso el día que salió por la Puerta Grande en Madrid se le reprendió al entrar a matar sin muleta en  lo que para algunos suponía un acto inconsciente y suicida.

Se le pidieron tantas cuentas en vida que ahora queremos apaciguar nuestras deudas con un responso amable - mausoleos con forma de exégesis, panteones cincelados a golpe de teclado-,  algo que nos aplaque interiormente el ninguneo de antaño, nuestra mengua humana que nos impidió decirle cuando vivía lo que sólo ahora sabemos llorarle. Tal fue su honestidad sin solución de continuidad, por mucho que ahora nos atusemos las sienes intentando restituir su destino.

Sé que aquellos que hoy indagamos en lo más profundo de nuestra conciencia acudimos inopinadamente a la llamada de eso mismo: la búsqueda de la redención en lugar de asumir una cuota de culpabilidad.

Si hay una lección indirecta de Iván, si hay un zarpazo que hiere y adiestra, es el de la sublimación de la dignidad por encima del triunfo, de discernir la diferencia entre lo que cuesta y lo que vale, la importancia indeleble de pedir perdón antes que pedir permiso.

Perdónanos, porque alguna vez no supimos lo que hacíamos.


Que la tierra te sea leve, Iván.



Foto: Juan Pelegrín (pinchando aquí hay más fotos de Juan a Iván)